lunes, 28 de diciembre de 2020

Noche de Reyes Magos

 

Este último lunes del año os traemos un relato que se publicó en el periódico La Aldaba (http://laaldaba.es/noche-de-reyes-magos/).

Lo firma Rosa Sánchez de la Vega, colaboradora habitual de esta revista y que, en el próximo número que llegará a vosotros, el día 1 de enero, pasa a formar parte del equipo de redacción.

Aprovechamos para haceros llegar nuestros mejores deseos para los Reyes Magos y para este año al que todos vemos llegar cargado de esperanza.

Noche de Reyes Magos

Miguel permanecía inmóvil bajo las sábanas, no se atrevía ni a respirar, no quería que ningún ruido llamase la atención de los Reyes Magos y que por temor a ser descubiertos, se marchasen sin dejarle un solo regalo de los que había pedido en su larga lista. Con los oídos atentos a cualquier sonido que anunciase su llegada y tapado hasta casi los ojos, que abiertos de par en par recorrían sin descanso todos los rincones de la habitación una y otra vez. Sólo se detenían unos segundos en la ventana y después en la puerta; tenía la seguridad de que en cualquier momento aparecerían. Entonces los cerraría fuertemente y contendría del todo la respiración hasta que se hubieran marchado.

Temblaba nervioso mientas repasaba mentalmente cada juguete, estaba seguro que se había portado muy bien, especialmente los últimos días, esos tan cercanos en los que había obedecido a su madre en la tareas de la casa y hecho los deberes sin protestar. Sonreía bajo las sábanas henchido de felicidad pensando que este año iba a recibirlos todos; sin embargo, intentaba con todas sus fuerzas olvidar lo que había ocurrido esa misma tarde, no quería que ni un solo pensamiento pudiera ser leído por aquellos Magos de Oriente y dejase entonces de ser un niño bueno.

El cansancio hizo que por fin sus ojos se cerrasen y se durmiera. Su sueño sin embargo no fue tranquilo ni sosegado.

«Corría con sus amigos del colegio, feliz detrás de la pelota, cuando una de las patadas de Jaime fue a dar casi a su cabeza, instintivamente se agachó y fue a perderse detrás de un viejo muro. Los amigos de Miguel le gritaban para que fuera a rescatar el balón, pero aquella pared estaba demasiado alta, llena de maleza y no pensaba adentrarse a por él.

— ¡Venga Miguel, no seas gallina!

— ¡Ha sido culpa tuya, enano! ¡Trae de una vez la pelota!

Avergonzado, trepó para saltar el muro, arañándose las rodillas.

Las voces de sus amigos le seguían insultando. Éste tenía la pelota bajo el brazo, y los ojos clavados en los de un pobre animal huesudo y frágil, que le miraba tembloroso tanto o más que él.

Los chicos hartos de esperar también la habían saltado, y pensaban que Miguel se había largado. Pero ahora tenían otra distracción, tiraban piedras y gritaban a un indefenso cachorro. Quiso demostrar que él también era un valiente e hizo lo mismo que la pandilla. La diversión se acabó cuando el pobre perro pudo refugiarse tras una vieja puerta».

Un sudor frío empapa el pijama, el corazón late veloz al compás de la respiración, se despierta agitado y jadeante; mientras, todo está en calma, no escucha un solo ruido, mira hacia la puerta que sigue cerrada y después a la ventana, ha amanecido.

Se levanta y camina de puntillas, baja descalzo las escaleras y mira emocionado todos los regalos envueltos, sonríe lleno de felicidad.

— ¡Mamá, papá, mirar cuántos regalos!

— ¡Hijo, qué alegría!

Algo distrae la atención de Miguel y mira por la ventana: fuera ha empezado a nevar. Diminutos copos caen lentamente sobre el suelo, la alegría se torna en tristeza… recuerda aquellos ojos tristes y aquel cuerpo tembloroso que le miraban. Permanece asomado a la ventana sin moverse.

—Pero hijo, vamos a abrir los regalos.

Se vuelve y los mira un solo instante como si quisiera quedarse con esa imagen de paquetes sin abrir, sube corriendo a su habitación, se calza rápidamente las botas y coge el abrigo. Mientras sus padres no entienden qué hace y le llaman extrañados.

— Mamá, tengo que salir.

— ¿Pero a dónde vas?, está nevando. Tienes que abrir los regalos.

—No puedo, tengo que ir a un sitio. Contesta al tiempo que cierra la puerta.


Miguel ha corrido hasta quedarse sin aliento, pide en su interior que el perro siga allí; salta el muro sin miedo ya a arañarse ni herirse, quiere llamarle pero no sabe su nombre, intenta silbar, pero el frío parece haber congelado sus labios. Toca las palmas, grita y lo busca desesperado.

Se sienta en el suelo, casi se rinde. Cree haber visto un movimiento tras la vieja puerta. Se levanta rápidamente y la abre.

La pequeña distancia que los separa parece infranqueable, ambos se miran, los dos inmóviles, asustados, indefensos y vulnerables. Él quiere leer en los ojos del cachorro cuáles son sus intenciones, piensa si va atacarle enfadado, si dará un salto y le morderá. El miedo le paraliza. No se ha dado cuenta de cómo le mira el pobre animal; con el rabo entre las patas está más asustado que él.

Alarga el brazo al tiempo que da un solo paso, el cachorro se acerca con miedo, hay un momento eterno en el que aproxima despacio su mano para acariciarle, un lametazo es la respuesta cariñosa de quien no guarda ningún rencor.

— ¡Vámonos a casa, pequeño!

De vuelta sus padres siguen sin entender nada. La madre mira con desagrado y recelo al cachorro.

— ¡Saca este animal de casa y abre de una vez los paquetes!

Miguel sin soltar al perrillo, aparta los juguetes y se sienta cerca de la chimenea.

—Esto es lo único que quiero.

—Pero Miguel, este animal está lleno de pulgas y muerto de hambre.

—Mamá no voy a dejarlo en la calle.

—Dile a los Reyes Magos que este es el mejor de los regalos.

Rosa Sánchez de la Vega



Sobre nosotros

 

Somos un grupo de personas a los que nos apasiona leer, escribir o ambas cosas. Vamos a presentarnos.


Mercedes Gallego, nuestra fundadora, gran lectora, siempre soñó con escribir sus propias historias y al final lo consiguió. Con una vitalidad increíble, nos embarcó en el proyecto de la revista, que nos tiene a todas entusiasmados.

Así define su vida actual: «Ser feliz también es una decisión. Hay situaciones inevitables que causan dolor, pero la fuerza para superarlas está en nosotros, porque el apoyo de los demás solo sirve si decides pasar página y empezar de nuevo las veces que sea necesario».

Ahora acaba de empezar una nueva etapa, se ha jubilado.


Almudena Gutiérrez, su apodo es «superabuela», pero ella no pasea a sus nietas sin más, sino que nos enseña, al mismo tiempo que a ellas, esos rincones de Madrid que tan bien conoce. 

Su mayor valor es saber estirar el tiempo. Lee todo lo que cae en sus manos y disfruta promocionando la revista en las redes sociales. Para rematar su descripción hay que decir que es rápida como ella sola.

Desde la jubilación de Mercedes, dirige Pasar Página.

Sus pasiones son leer y escribir y su frase define su carácter:

«Sonríe a la vida y la vida te devolverá una sonrisa».


Carmen Martín Audouard, nuestra estudiante, le apasiona la historia y la Universidad la estaba esperando. 

Lee todo lo que puede en el poco tiempo que le dejan libre su trabajo y sus estudios, y escribe mucho mejor de lo que ella cree.

«¿Siempre se ha de sentir lo que se dice? ¿Nunca se ha de decir lo que se siente?» (Quevedo)





Marina Collazo, galleguiña del Vigo rural, ha vivido en un molino. Añora su tierra cuando está en Madrid, y añora Madrid, cuando está en su tierra.

Es nuestra bolboreta (mariposa), lectora infatigable ha ayudado a muchísimos escritores con sus comentarios, sus agendas personalizadas, su presencia en todos los eventos que el trabajo le permitía. Su sueño, vivir en un faro.

Ella es la que se encarga de limpiar, corregir y dar esplendor a nuestras publicaciones para intentar que no tengan ni una pequeña falta.

«Personas normales... Esos seres tan extraños» (Van Gogh)



Carmen Navas, parece una modelo, siempre impecable, bien vestida, bien calzada, es una mujer con una elegancia innata. 

Una de sus aficiones es el gimnasio, y la otra viajar. Lee mucho y escribe relatos.

«Dirige la mirada hacia el sol y la sombra quedará detrás de ti»






Mónica Díaz, joven periodista que lucha por abrirse un hueco en el mundo de la comunicación. 

Algún día recordará con cariño su primer «trabajo» y a este peculiar grupo de compañeros.

«Incluso un reloj roto da la hora exacta dos veces al día»




Rosa Sánchez de la Vega, ha sido la última incorporación y esperamos que sea por mucho tiempo.

Escritora de novela y relato. Lectora empedernida y amiga del micrófono en el que invita a que las historias escritas, sean contadas por sus autores, a los que encandila con su voz y la paz que transmite con sus preguntas y comentarios en la intimidad de la radio, abierta a todos los oyentes.

«Necesito del mar porque no hay límites más allá del infinito»



Susi Dela Torre es, según ella misma dice, una inventora de historias. 

Cree en las sirenas y en todo un mundo de fantasía. ¿O no es fantasía? 

Con Susi nunca se sabe.

«Disculpa, se me ha enquistado el corazón en tu tintero. Lo poseo aquí, bruscamente, entre renglones. ¡Asómate!»





Víctor Fernández Correas, periodista, escritor, enamorado de la Historia y, en especial, de la vida de Carlos I al que, de tanto estudiar sobre él, le llama «su colega Carlos»

Tiene una máxima: escribir y divertirse haciéndolo.

Una frase que le gusta «La vida es sueño, y los sueños, sueños son»






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martes, 22 de diciembre de 2020

«Guardando las apariencias» de Carmela Trujillo

 

Guardando las apariencias recoge la historia de Cándida Pizarro, una diseñadora española que revolucionó la moda nupcial.

La vida de esta mujer emprendedora se nos va mostrando a lo largo de varias décadas y nos iremos encontrando no solo con las claves de su éxito empresarial, sino también con todos los secretos que ella fue guardando en su armario de apariencias: las muertes accidentales de sus maridos y las de aquellos hombres que la maltrataron en algún momento.

La autora

Carmela Trujillo nació en 1966 en Talayuela (Cáceres) y reside en Logroño y en Sabadell. Es licenciada en Filosofía y Ciencias de la Educación. 

Entre sus novelas más recientes se encuentran Martina (ganadora del VII Premio Internacional HQÑ de Harper Collins 2019), Desde el otro lado (Kuei Ediciones, 2019), y la biografía Chavela Vargas. Cuántas luces dejaste encendidas (Libros de Ida y Vuelta, 2019).

Dentro de la literatura infantil y juvenil, ha publicado una veintena de libros en España y en Ecuador, como Pero ¿eso qué es? (Bambú, 2020), Yo quería ser saltimbanqui (Combel, 2019), ¿Castillo? ¿Qué castillo? (Cosquillas, 2018), La niña que quería pasear perros (pequeños) (Algar, 2017), Cuando las vacas toman el té de las 5 (San Pablo, 2011), Esto no puede seguir así (Premio de Narrativa Infantil Vila d’Ibi 2006. Anaya, 2007), etc.

Mi opinión:

Una novela corta, que cuenta la historia de Cándida Pizarro, con una forma de narrar muy particular.

Intercala la segunda persona, contándole a la protagonista lo que está sucediendo: «Tu madrina, Consolación, llora sentada a la mesa camilla, al calor del brasero, y se toma una tila», con las narración en modo imperativo, en el que la segunda persona ordena a Cándida lo que tiene que hacer que es, en realidad, lo que le va a ocurrir: «Métete en Galerías Preciados y compra el nuevo LP de Camilo Sesto, Amaneciendo».

Veinticuatro capítulos que llevan por título el año o la década en la que se desarrollan, más un prólogo, que es en realidad una noticia de prensa, y un epílogo titulado En tu ausencia, nos sumergen en una lectura rápida, casi atropellada, por el afán de saber, de conocer lo que le ha ido ocurriendo a Cándida, que debería haberse llamado Ágata.

En poco más de cien páginas, pasa por nosotros toda una vida mostrándonos, al mismo tiempo, la historia de España desde 1943 hasta la actualidad, porque la historia continua después de la muerte de Cándida Pizarro, sin ella.

Una vida diferente que, por sí sola, resulta buena, pero lo que convierte esta novela en muy buena, es la forma en la que está narrada.

Una lectura que me ha impresionado.

Almudena Gutiérrez


lunes, 21 de diciembre de 2020

Tierra firme

 

«Tengo un faro, pero no hay caminos. Los dibujé en la arena y el mar enfurecido los engulló.

Construí una barca con maderas viejas. Y con sus olas contra las rocas la golpeó.

Lo miré a los ojos y por su enfado le pregunté. Y me contestó que eran celos, que moriría si no estaba a mi lado, besando mis pies.

Insistió en que me quería. En que nadie me amaría nunca más que él.

Y yo le dije que se equivocaba al arrebatarme la libertad.

Que mi amor ahogaría si me mantenía presa. Que no lo volvería a mirar jamás.

Él dudó por un instante, sin comprender. Luego montó en cólera y se embraveció ante mí, salpicándome con una sentencia de sal:

«Antes muerta que dejarte marchar».

Entonces recordé que mi madre me había enseñado a nadar y que aún conservaba un faro para hacerme ver. Sin dudarlo un instante lo levanté y lo agité, aguantando valiente su marejada. Unos pescadores corrieron a socorrerme. Me agarraron de la mano y prometieron no soltarme, pasara lo que pasara. Y yo abandoné aquella isla improvisada que mi mar salvaje me construyó.

Quise pisar tierra firme.

Y con tiempo y entereza, restaurarme el corazón». 

Pilar Muñoz 

Microrrelatos de mujer



lunes, 14 de diciembre de 2020

Entrevista a Javier Correa


En 2019, Javier Correa, después de abandonar su trayectoria laboral como directivo de una gran empresa, iniciaba su carrera literaria con Sombras de niebla, una novela que se va a convertir en trilogía y de la que este mes de diciembre se publica la segunda parte bajo el título de Lazos de luz. En Pasar página hemos querido saber de primera mano qué nos vamos a encontrar en esta entrega. Nada mejor que contactar con el propio autor para ello, y es lo que hemos hecho. 


MC. Bienvenido de nuevo a Pasar página, Javier. Gracias por atendernos de nuevo, esta vez para adelantarnos detalles de tu nueva novela. ¿Qué temas vamos a encontrarnos en ella?   
                                                        
JC. Vais a encontraros una mujer joven, inteligente y segura de sí misma, que tras deambular unos años sin tener claro a qué dedicar su vida, finalmente encuentra un proyecto capaz de darle sentido a sus días. Pero yendo algo más allá, vais a encontrar lo que, a la vez para mí, tiene sentido cuando escribo: compartir reflexiones con el lector. En esta historia, la reflexión girará en torno a la libertad de elección. ¿Verdaderamente son un acto de libertad las decisiones más importantes que tomamos en nuestra vida?

MC. ¿Qué protagonistas tenemos en esta entrega que ya estaban en Sombras de niebla? ¿Y alguno nuevo?

JC. La protagonista principal es Laura, la pequeña que fue abandonada por su padre en Sombras de niebla. Y junto a ella, tres mujeres de carácter y fuertes convicciones: Talía, una mujer jubilada que arrastra vivencias imborrables, Ester, una joven abogada capaz de poner su carrera en juego en pro de la causa, y Elvira, una psicóloga con la emoción a flor de piel, que irá evolucionando a lo largo de la historia (lo que los escritores llamamos un personaje redondo).

MC. De las localizaciones, nos habías adelantado que Zaire no aparecería ya, pero ¿permanecen Lille y San Silvestre de Guzmán? ¿Incorporas algún otro lugar?

JC. Sí, continua el pueblo onubense de San Silvestre de Guzmán, porque en él se da el epicentro de la trama (y de la trilogía, si me permites que te avance), y en esta ocasión también serán importantes Madrid y los municipios gerundenses de Santa Coloma de Farners y Caldes de Malavella.

MC. ¿Qué es lo que más nos va a sorprender en Lazos de luz?

JC. El incontrolable destino. Ese amo de nuestras vidas que acostumbra a permanecer oculto dándonos a entender que poseemos el timón que marca el rumbo de nuestra vida. 

MC. ¿Descubriremos alguna otra faceta «oculta» de Carlos, el protagonista de la historia que desarrollas en Sombras de niebla?

JC. Carlos, como personaje en primera persona, aparece poco en Sombras de niebla, y también en Lazos de luz, pero su sombra, su constante recuerdo, impregna cada decisión de las personas que han vivido con él. Esa influencia es en realidad la que hila todo lo que va aconteciendo a lo largo de las páginas.

MC. ¿Has escrito lo que tenías pensado desde el principio, cuando decidiste hacer la trilogía, o ha cambiado «el guion» a medida que ibas promocionando Sombras de niebla?

JC. Las historias tienen vida propia. Los que escribimos lo sabemos, y aunque a veces intentamos encorsetarlas en la trama que hemos decidido, en ciertas ocasiones es mejor dejarse llevar por la historia que eligen los propios personajes. Sombras de niebla, cumplió el guion, me atrevo a decir que al cien por cien, de la trama y el objetivo que tuve al crearla. Lazos de luz, ha sido algo más anárquica. De hecho, al acabar de escribir Sombras de niebla, me di cuenta de que había quedado embastada la vida de algunos personajes que podía ser interesante desarrollar más adelante: como la vida de Elena, la del Cubano, la de Pablo (del que más de una lectora me ha pedido conocerlo en persona) y la de la propia Laura, que fue la que acabó convenciéndome para ser la protagonista de Lazos de luz. A partir de ahí puse la pluma a disposición de lo que me iba susurrando al oído, y he de decir que he disfrutado narrando el pensamiento y las obras de una mujer con una personalidad de acero.

MC. ¿Cómo está afectando la crisis sanitaria que estamos viviendo a tu carrera literaria, iniciada con Sombras de niebla?

JM. Me alegra responder a esta pregunta, Marina, porque si bien de entrada tuve que cancelar alguna presentación (sin ir más lejos, la que tenía programada contigo en el club de lectura), rápidamente me di cuenta de que no era nada importante, en comparación con lo que estaban, y desgraciadamente, están, y estamos sufriendo, muchas familias. La salud lo es todo, y debería estar siempre presente en nuestro día a día. Y la economía también lo es por el necesario sustento y el consecuente equilibrio emocional que nos aporta. Imagino que no es fácil tomar decisiones que primen una sin perjudicar demasiado la otra. Como escritor, el momento es interesante porque la emoción está a flor de piel en cualquier rincón del planeta, y la literatura es sentimiento y emoción, principalmente. Tengo una historia emotiva pensada que me ronda, y que algún día llevaré a un papel en blanco, pero ahora no es el momento. Ahora necesitamos convencernos a diario de que como sociedad debemos hacer todo lo posible para superar este momento haciendo lo imposible para que se lleve el menor número de víctimas posibles. Y una sola, ya es demasiado, porque detrás de cada cifra hay un nombre y unos apellidos, y una familia, y unas amistades que la van a echar mucho de menos. 

MC. Como escritor, ¿has tenido que cambiar muchos planes por culpa del Covid? ¿Alguno ha resultado más productivo de lo que parecía a priori?

JC. Productivo a nivel literario, no, al contrario. Pero reitero lo que comentaba: al final por encima de la literatura, y de tantas otras cosas, está la salud física y mental de las personas. Sí es cierto que vivir algo así te hace estar más sensible de lo normal, y que la sensibilidad es tinta de calidad para cualquier pluma, así que, para ser optimista, algo bueno podré sacar de este inesperado suceso. Pero intentaré rentabilizarlo cuando podamos hablar de él en pasado. No es momento de hacer leña del árbol caído. 

MC. ¿Algo más que desees añadir, Javier?

JC. Si me permites, Marina, desearía añadir que Lazos de luz está dedicada a todas las personas que, muchas veces en la sombra, en silencio, y en el más absoluto anonimato, hacen un excelente trabajo diario para erradicar la violencia de género de nuestra sociedad. Y tristemente, las cifras horribles que aparecen año tras año ennegrecen toda esa entrega, a veces del todo desinteresada, sin preguntarnos qué cifra de víctimas tendríamos sin ellos. Debemos avanzar como sociedad, y no solo a nivel tecnológico dejándonos ensimismar por la cara dulce de la inteligencia artificial (de la amarga hablo a menudo en los «Pienso que…» de mi web), sino avanzar a nivel humano, como sociedad desarrollada, impidiendo que el virus de la violencia de género siga presente entre nosotros. Y para este virus ya disponemos de las vacunas de la educación, del valor de ejemplo y, sobre todo, la del compromiso para ayudar a erradicarlo, de cada uno de nosotros.

Mis mejores deseos de salud y ánimo a todos tus lectores.

MC. Gracias, Javier. Estaremos atentos a la publicación de Lazos de luz. Desde ya, te deseamos mucho éxito.

Marina Collazo Casal

Esta entrevista se publicó en el número 35 (Diciembre 2020) de la Revista Pasar Página

«Quizá mañana»


Que mal sienta este frío
a los romances corazón,
tal vez no valga la pena
los cubiertos en la mesa
ni unas velas encendidas.

Cuando sobran objetos
y veinte peces de colores
será que nos echa 
en falta el amor.

No más despedidas,
ni inviernos sin flores...

Quizá mañana den sol.
© CarlosMaked




viernes, 11 de diciembre de 2020

«La odisea de Numeratrón»




Hoy llega a nuestro blog un libro muy especial, un cuento dirigido principalmente a niños de entre 7 y 12 años, aunque puede disfrutarlo cualquier lector al que le guste la literatura juvenil. Es un libro escrito con una fuerte base pedagógica que está entre dos mundos: el educativo y el literario.

Con una buenísima maquetación y unas preciosas ilustraciones de José Aguilar-Ykra, David Salvador Sáez, su autor, nos hace llegar una historia en la que se unen «una fuerte base pedagógica y didáctica, puesto que es un libro que está entre dos mundos: el mundo literario y el mundo educativo».

 

Sinopsis

¿Sabías que existe un lugar en el universo, conocido como el planeta Pitagórico, donde vive un dragón de las matemáticas llamado Numeratrón?

Si quieres conocer la historia que tras Numeratrón se esconde, prepara tus maletas para emprender, junto a este simpático dragón, un gran viaje que te va a llevar por los 5 continentes de nuestro planeta tierra en busca de los diez números que han sido robados por un murciélago llamado Eqüatrón. A lo largo de esta fantástica travesía vas a poder descubrir preciosos lugares del planeta azul, además de conocer a los diferentes personajes que ayudarán a Numeratrón en su búsqueda incansable de los números robados. Y todo ello a través de preciosas ilustraciones, llenas de vida y color. ¡No te lo pienses más! Y acompaña a nuestro protagonista en esta aventura única dentro de la literatura infantil.

El autor:

Nacido en Alzira (Valéncia), David Salvador, es actualmente estudiante de un máster en Psicopedagogía, además de diplomado en Magisterio de Educación Infantil y Educación Primaria. Con más de 15 años en el campo de la enseñanza, desempeña su tarea docente desde 2018 en el sistema educativo público de la Comunidad Valenciana. Comprometido con la justicia social, la lucha contra el cambio climático y la protección de los animales, presenta su primer libro de literatura infantil.

El ilustrador:

Nacido en Pamplona, Ykram es un ilustrador que vive en un pequeño pueblo de Navarra llamado Huarte, rodeado de árboles y un río precioso donde se puede ver como juegan las ardillas. Amante de los animales, del café y la buena compañía, pasa las horas dibujando a la sombra de algún árbol junto a sus perros. Graduado en la Escuela de artes y oficios de Pamplona, trabaja en diferentes proyectos como ilustrador para editoriales tanto nacionales como internacionales.

Booktrailer realizado por Cuentos en la nube: https://www.youtube.com/watch?v=K0agNg0FDEc&t=29s

Si queréis más información, podéis visitar la web del autor 

 


 


miércoles, 9 de diciembre de 2020

«Pueblo sin rey» de Olalla García

 

Un pueblo que se siente soberano.

Un reino dividido en dos.

Un gran fresco literario sobre la rebelión de los Comuneros.

Año 1520. Mientras Carlos I se dirige a Alemania para ser coronado emperador, el pueblo castellano se alza en comunidad, reclamando más poder frente al rey y dando comienzo a la Guerra de las Comunidades de Castilla.

Todo el reino se ve envuelto en este feroz conflicto. Guadalajara es el bastión de la Corona en la Castilla del Sur, mientras que Madrid y Toledo son las principales ciudades del bando de los comuneros. En Alcalá de Henares, situada en el núcleo del conflicto, se generarán graves tensiones.

Las vivencias de dos familias vecinas nos guían entre las turbulencias de un momento lleno de peligros: choques militares, espionaje, intrigas políticas, traiciones... Por estas páginas desfilan hombres y mujeres, nobles y plebeyos, oficiales y soldados, religiosos y artesanos: a través de ellos viviremos las esperanzas y temores de una época emocionante y convulsa. Esta es la historia de un conflicto que dividió a un reino en dos. En un lado quedaron los que vestían la cruz blanca y apoyaban al rey. Al otro, los que se bordaron la cruz roja en la pechera.

De su libertad y su lucha surge esta historia.

La autora:

Olalla García nació en Madrid. Durante su infancia vivió además en Castellón, Alcázar de San Juan y Cartagena, antes de que su familia se instalara en Alcalá de Henares. Las sucesivas mudanzas le inspiraron el deseo de seguir descubriendo nuevos lugares y costumbres, pero también le ofrecieron la cualidad de valorar lo ya conocido.

Tras terminar sus estudios de Historia retomó el hábito de los traslados, esta vez a través de Europa. Ha vivido en Nottingham, Bolonia, París, Rávena, Estrasburgo y Dresde. Cada lugar le ha dejado su propia marca, la ha ayudado a atesorar vivencias, a descubrir más sobre la alteridad y sobre sí misma, y a confrontar experiencias.

Cuando está en casa le gusta: beber té, escuchar ópera, leer libros de historia y devorar buenas novelas. También le gusta pasear por el campo y recorrer el casco antiguo de una ciudad. Lo primero oxigena, lo segundo inspira: cada calle es una página del pasado que sigue escribiéndose en el presente.  

Aprender lenguas es otra de sus grandes aficiones; de hecho, son imprescindibles para comprender bien la Historia, sobre todo la más antigua. Habla con fluidez cinco idiomas, además de haber estudiado varias lenguas muertas, tanto clásicas como propias de las culturas de Próximo y Medio Oriente. Esto le ha permitido documentar sus novelas acudiendo a las fuentes originales de la Antigüedad, así como revisando las publicaciones de los mejores especialistas contemporáneos.

Ha publicado Ardashir, rey de Persia, Las puertas de seda, El jardín de Hipatía, Rito de paso, En tierra de nadie y El taller de libros prohibidos.

Mi opinión:

El movimiento de los comuneros, del que se cumplen 500 años, es un pedacito de nuestra Historia muy poco conocido que, sin embargo, levantó a la burguesía, formada por comerciantes y artesanos, contra los nobles, en una época en la que gobernaba en Castilla Carlos I, rey de las Españas, que solo se preocupaba del dinero de los castellanos para conseguir convertirse en el emperador Carlos V.

Los burgueses se convierten en políticos para defender sus ideales y sus haciendas pero también se ven obligados a levantarse en armas contra el ejército de la nobleza, leales al rey.

Espionaje, amoríos, envidias, venganza, todo cabe en esta novela.

Como siempre que leo novela histórica, lo que más me gusta es la recreación de la época en la que se desarrolla. Muy bien explicado el papel de las mujeres y su destino: de las órdenes del padre, a las del marido. Comen en mesas separadas, conversan en un tono bajo de voz para no «importunar» a los hombres. Sus progenitores eligen sus futuros maridos y ven con buenos ojos alguna que otra paliza, si en necesaria para reconocer la autoridad del hombre.

Las ropas que visten las señoras, tan diferentes en la nobleza y en el pueblo llano. Sus ideales, que no le interesan a nadie aunque, en ocasiones, puedan inclinar la balanza porque escuchan conversaciones comprometidas… Pero siguen siendo para la mayoría de los hombres, objetos a quien someter.

El clero, unos defendiendo a los comuneros, los menos, y la mayoría a favor de los nobles, para conservar unos privilegios muy alejados de los votos que deberían practicar.

Es una novela con muchísimos personajes, tantos que es fácil perderse, aunque la autora consigue que el lector se meta tanto en la historia que sabemos perfectamente de quién se habla en cada momento, sin necesidad de estar segura de los nombres.

Muy cuidado el lenguaje, que nos traslada al siglo XVI y a las diferentes formas de hablar de nobles y plebeyos.

Los personajes reales se cruzan con los inventados consiguiendo una historia potente para los amantes de este tipo de novelas.

Leonor de Deza, enamorada de los libros y la buena Lucía de León, me han encantado por su complejidad y su sencillez. Lucía teje juguetes para los niños pobres a escondidas de su padre, con las telas que debería utilizar para confeccionar su ajuar, y es conocida por los niños como «la señora de los trapos».

Una novela muy bien escrita y muy bien documentada, un excelente trabajo.



Almudena Gutiérrez



lunes, 7 de diciembre de 2020

«El árbol de los deseos» de Mercedes Pinto

 

Ocho de enero. Un año más tocaba recoger los adornos de Navidad. Suspiró y se puso a la tarea con nostalgia. Solía invadirle cierta tristeza al despedirse de las fiestas familiares; la casa volvía al silencio y al vacío, y sin el calorcito de sus hijos y nietos estaba mucho más fría.

Esas últimas navidades no había podido poner el belén por miedo a que los más pequeñajos se atragantaran con alguna de las figuritas o quisieran comerse el musgo. Pero el Árbol de los Deseos no faltaba nunca. Lo había heredado de su madre, y su madre de su abuela; era todo un símbolo familiar. Cada año lo sacaba de su caja y abría sus ramas hasta que parecían brazos dispuestos a dar cobijo. Nada más: ni bolas ni cintas ni muñequitos ni estrellas; un árbol desnudo al que había que vestir poco a poco con los sueños de cada miembro de la familia y los amigos.

El ritual era sencillo: todo el que lo deseaba cogía un cartoncito, escribía su deseo, lo colgaba en una rama y encendía una vela azul a los pies del Niño Jesús que había en un pequeño Misterio dispuesto al lado del viejo árbol artificial. Artificial, pero con historia y alma.

A ella no le gustaban los bombones, pero cada Navidad compraba una caja, segura de que terminaría vacía y de nuevo le serviría para guardar los anhelos de todos los que habían pasado por casa durante las fiestas. Ese día, como cada ocho de enero, era el momento de recoger los deseos y meterlos en su caja. En el desván debía de haber ya docenas de ellas repletas de sueños cumplidos. En casa decían que el árbol, más que de los deseos, debería llamarse de los milagros, porque con todos los que habían colgado sus deseos había sido más que generoso.

Recordó cuando su hijo mayor, hacía ya doce años, pidió que le aprobaran la última asignatura de la carrera, y se lo concedió; o cuando una de sus nueras escribió su deseo de que un familiar superara una grave enfermedad, y se lo concedió. También concedió trabajos a parados, la casa a quien la necesitaba, hubo reconciliaciones familiares… El veterano árbol había concedido todos los deseos. Todos menos uno: que su hija Sara consiguiera ser madre. Tal vez porque nadie se había decidido a colgarlo de sus ramas. Hacía una década que lo deseaba más que nada en el mundo, pero el médico le había dicho que nunca podría tener hijos por un problema de salud, así que ningún miembro de la familia se atrevía a pedirle al Árbol de los Deseos que Sara se quedara embarazada, como asumiendo que simplemente era un imposible.

Ese año ella lo había pedido. Fue casi un impulso, una tontería, pero lo hizo. Estaba arreglando el salón, se quedó mirando el árbol cargado de sueños escritos en pequeñas cartulinas doradas y plateadas y pensó que tal vez su hija Sara nunca se había quedado embarazada porque nadie se lo había pedido al milagroso árbol. Escribió su deseo en secreto, como si estuviese cometiendo un pecado: «Deseo que mi hija Sara sea madre». Luego lo colgó en la parte de atrás, de cara a la pared, escondido, donde nadie pudiera verlo, y encendió una vela azul a los pies del recién nacido, como mandaba el ritual.

Suspiró una vez más y, antes de guardarlos en su caja de bombones, uno a uno los fue cogiendo del árbol y los leyó para sí. «Deseo que mi empresa me traslade a mi ciudad»; «Deseo salud y prosperidad para toda mi familia»; «Deseo aprobar este año la selectividad»; «Deseo que mi hermano encuentre trabajo»; «Deseo que mi amiga halle la felicidad y la paz»; «Deseo que mi tía salga bien de su operación de cadera»; «Deseo…». Sonrió al ver la tierna letra de uno de sus nietos: «Querido arbo, quiero que mama y papa siempe sean felises». «Qué familia más linda tengo», pensó.

A punto de bajarle los brazos al árbol para que cupiera en su caja, sonó el teléfono.

––Hola, hija ––dijo cuando descolgó al ver en la pantalla de su móvil la foto de Sara––. ¿Qué haces llamándome antes de irte a trabajar? ¿Va todo bien?

––Sí, creo que sí.

–– ¿Cómo que crees que sí? Dime, ¿qué pasa?

––No te lo vas a creer… Acabo de hacerme unas pruebas de embarazo y…

–– ¡Dios mío, estás embarazada! –– exclamó la madre sin poder contener la emoción––. Pero… ¿estás segura?

––Me la he hecho tres veces, ¡tres! En todas, dos rayitas; eso es que estoy embarazada, ¿no?

––Madre mía, madre mía… Claro, sí, sí, es positivo. Pero si tú no podías…

––Ya lo sé, pero lo estoy, mamá, voy a ser madre. No me lo puedo creer, estoy tan nerviosa e ilusionada…

––Felicidades, cariño, lo has conseguido.

––Tengo que irme a trabajar, nos vemos después.

––Claro, luego lo celebraremos como se merece. Ay, qué emoción, verás cuando se lo diga a tu padre. Hasta luego, hija.

––Hasta luego, mamá.

Con lágrimas en los ojos y temblando de emoción decidió guardar el árbol en su caja. Pero al bajar una de sus ramas se dio cuenta de que aún colgaba, muy escondida, una tarjeta. Antes de meterla en la caja de bombones leyó: «Deseo que mi hija Sara sea madre».



viernes, 4 de diciembre de 2020

«Antoine». La increíble historia del creador de «El Principito».

 


En estos momentos en los que la cultura está sufriendo tanto las consecuencias de la crisis sanitaria nuestra labor es fomentar que la gente siga participando en este sector que tanto enriquece a la sociedad. Por eso, quiero compartir mi experiencia y opinión sobre la obra teatral Antoine, recién estrenada en Madrid y que estará en cartel, en principio, hasta el 10 de enero de 2021. El Teatro Cofidis Alcázar la acogerá hasta el 13 de diciembre y luego se trasladará al el EDP Gran Vía desde el 19 del mismo mes.

La pieza, desarrollada en formato musical, trata sobre la vida de Antoine de Saint-Exupéry, el célebre autor de El Principito. Sobre el escenario se plasma la increíble historia de este escritor que, en realidad era piloto, y cómo su vida estuvo marcada por la aventura, la poesía y las ganas de conocer mundo. Para ello, mezcla su vida con la del protagonista de su afamada novela y lo hace de una forma de lo más original. Así, con este montaje, consigue contar a través del «pequeño príncipe» cuáles eran las motivaciones del autor que buscaba ensalzar la grandeza del ser humano por encima del individualismo.

En mi casa, El Principito siempre ha sido uno de los libros de cabecera, por lo tanto, no podía perderme la oportunidad de disfrutarlo sobre las tablas. Y fue todo un acierto. No sé si por la situación actual o por la conexión personal con el libro, pero el espectáculo verdaderamente me emocionó. La forma en la que está desarrollada hace que entres en la historia de una manera muy especial. Pese a que, realmente es una biografía, el hecho de que una la vida real con la ficción de El Principito la hace de lo más atractiva.

Antes de ver la obra yo sabía más bien poco acerca de la vida del autor, nunca me había parado a informarme sobre ella y la verdad que ha sido todo un descubrimiento. Su vida en sí, era una novela y el «pequeño príncipe» un cierto reflejo de si mismo. La verdad es que resulta paradójico que, a pesar de ser El Principito el segundo libro más traducido de la historia después de la Biblia, la vida de su autor sea tan desconocida, más aún cuando sus propias vivencias son las que dan sentido a su exitoso trabajo.

El espectáculo apela al niño que todos llevamos dentro y anima a adoptar la inocencia de los más
pequeños. Actualmente, en el momento que vivimos, este ejercicio es una buena medicina para dejar de lado un buen rato lo que hay más allá de la puerta del teatro y recorrer los diferentes mundos de Antoine y El principito.

El elenco está formado por Javier Navares, Shuarma, Beatriz Ros, Alberto Vázquez, Carmen Barrantes, Paula Moncada y Víctor Massán. Con su interpretación consiguen trasladar al público la dimensión del personaje y de su historia.

Música, humor, pasión y aventuras trasladan al espectador al universo de Antoine y le descubren los aspectos de su vida que marcaron su personalidad. Así, se hace un homenaje al que es uno de los artistas más relevantes del siglo XX.


Tuve la oportunidad también de, una vez concluida la función, poder escuchar las palabras tanto de su director, Ignassi Vidal, como de su productor, Darío Regatierri. Y la verdad, fue imposible no emocionarse. Si los sentimientos ya habían aflorado gracias a la magia de Antoine, ver en el rostro de los actores la emoción y escuchar las tan agradecidas palabras de sus creadores hacia el público ante la situación que vive la cultura, fue realmente conmovedor.

Por ello, os animo a que acompañéis a la compañía en este viaje y os dejéis seducir por el maravilloso mundo de Antoine. Y desde aquí hago también un llamamiento a seguir ocupando las butacas de teatros, cines y salas de conciertos, a seguir recorriendo las exposiciones o a continuar comprando en las librerías. Porque la cultura nos necesita y nosotros la necesitamos a ella.



Mónica Díaz


 

 

 

 

lunes, 30 de noviembre de 2020

«La última sesión»

Una vez más, Fernando Martínez López nos cede un relato para esta sección. Un homenaje al cine de barrio, a los abuelos y al amor.


El día que a mi abuelo le anunciaron el cierre del cine respiró una nube de tristeza, y después, desde los pulmones se le transmitió a la sangre, a los huesos, más encorvada su figura, también a la mirada, tan afligida que los párpados los cerraba de continuo, como si fueran el telón que daba por finalizado el espectáculo de lo que constituía la ilusión de su vida. Y es que él había sido el proyeccionista del cine de mi barrio desde que la sala abrió sus puertas en los años cincuenta, aureolada por el brillo de lo que aún era la época dorada de Hollywood y de los emergentes directores europeos. Allí, en aquella pequeña habitación de luz mortecina y abigarramiento de rollos y carteles de películas, conectaba el proyector y su halo luminoso atravesaba el universo oscuro de la sala para recrear sobre la pantalla las más hermosas historias.

Yo, desde pequeño, fui el ratón que conocía cualquier recoveco de aquella sala de incómodos asientos de madera. Abría todas las tardes salvo los lunes, pero eran principalmente los fines de semana cuando se convertía en centro gravitatorio del barrio, algarabía de la muchachada en la sesión de tarde, mucho más calmosa la de la noche con los adultos, seductor James Dean en Rebelde sin causa, grandiosos Anita Ekberg y Marcello Mastroianni en La dolce vita, frío e infalible Cleant Eastwood en el spaghetti western. Con El baile de los vampiros de Roman Polanski di mi primer beso de amor a principio de los años setenta, a mis catorce, amparado por la penumbra de la sala y los sobresaltos que la película producía en Laura, y eso que más bien se trataba de una parodia del género de terror tan en boga en aquellos días. A mí eso me daba igual, lo que me interesaba era la cercanía de Laura, indiferente si los vampiros bailaban un minueto o si la silla se me incrustaba en los huesos. Veía a un joven Roman Polanski y al despistado profesor Abronsius sin que yo entendiera exactamente qué hacían por Transilvania, por qué tenían que rescatar a una bella Sharon Tate, y Laura cada vez más cerca, hombro con hombro, su mano posándose sobre la mía y luego las pupilas engarzadas, iluminadas por el reflejo de la pantalla antes de que nuestros labios se unieran blandamente por primera vez. «Eso también es la magia del cine, cuántos besos furtivos no se habrán dado en este patio de butacas. Acabarás siendo un galán como Paul Newman», me dijo mi abuelo sonriendo cuando le conté lo que había pasado, convencido de que no revelaría el secreto a mis padres, tal era nuestro grado de complicidad.

Aquella fue esa época feliz que cada uno atesora con cariño en el cofre de su memoria, a la que nos aferramos cuando llegan los días que se asemejan a farolas apedreadas, como los que sobrevinieron en los años ochenta. Por aquel entonces se hizo famosa la canción del grupo The Buggles El vídeo mató a la estrella de la radio, pero lo cierto es que no solo acabó con ella, sino que fue devorando paulatinamente la asistencia a los cines, la comodidad de elegir qué película ver en casa aunque careciera de la calidad y la atmósfera inimitable de una sala como en la que trabajaba mi abuelo. Eso fue solo el anuncio de lo que se avecinaba. Resultaba desolador comprobar cómo los fines de semana había pocos espectadores, casi nula la asistencia en jornadas laborables, y nuestro cine de barrio transformándose en una inmensa catedral vacía, demasiado espacio hueco donde las voces de los actores se convertían en algo así como espectrales psicofonías procedentes de un ultramundo próximo a extinguirse. Aquello fue mermando el ánimo del abuelo. Él, que ya se había jubilado de su trabajo habitual, oficinista, pero que nunca lo haría de su pasión, el cine, acariciaba el proyector que por aquella época estaba en funcionamiento, un modelo Victoria de la marca italiana Cinemeccanica, y lo revisaba y le cambiaba la lámpara como el cirujano que coloca una prótesis en un cuerpo que paulatinamente se va haciendo inservible.

De alguna manera, aquellas tinieblas se fueron expandiendo y contagiando, al menos Laura y yo fuimos víctimas de su nefasta acción vírica. Tras un noviazgo precoz, también nos casamos demasiado jóvenes sin atender los consejos de mis padres y los suyos, tan apasionado era ese amor que germinó durante la película de Polanski. Luego, la convivencia diaria, por alguna extraña razón, lo fue enfriando, más distanciados los besos, las caricias, las risas que antes brotaban con frescura de manantial. El nacimiento de nuestro hijo incluso, lejos de mejorar la situación, la agravó. Tal vez comprendimos que con nuestro compromiso prematuro nos echamos encima una losa de responsabilidad y dejamos de saborear la inconsciente diversión propia de la juventud, esa de la que disfrutaban nuestros amigos. Comenzamos a contemplarnos como extraños, nosotros, que nos habíamos querido tanto, y eso era tan desagradable como la muerte de una golondrina. A mis padres no les dije nada, solo a mi abuelo, mi confidente, mi mejor amigo, y entonces él, apartando su propio desánimo, me comentaba que sería una crisis pasajera, y me hablaba de las películas en las que en una situación semejante el final había sido feliz, como si la ficción pudiese influir en la realidad.


Un funesto día, durante una comida familiar, fue cuando el abuelo nos anunció que el dueño del cine había decidido cerrarlo, que ya no era rentable y que tenía una oferta imposible de rechazar para derruirlo y construir allí un edificio. Ahí fue cuando respiró aquella nube de tristeza que lo transmutó en persona alicaída, un espejismo de lo que él siempre había sido. Lo pasó tan mal que somatizó la depresión, y todo se le volvió achaques y una peligrosa montaña rusa en la tensión arterial. Sin embargo, cuando se aproximó la fecha del colofón, su actitud cambió en cierta medida y nos invitó a la que sería la última sesión de aquel cine tan entrañable, no solo a la familia, sino a todo aquel que quisiera asistir: había convencido al dueño de que la última proyección, como homenaje a lo que había supuesto el local en la historia del barrio, fuese gratuita. Laura, con la distancia que mediaba entre nosotros, se mostró reacia a acompañarme, tenía que cuidar del niño, comentaba, pero ante la ilusión y la insistencia de mi abuelo terminé por convencerla argumentando que podíamos dejarlo con algún amigo durante unas horas.

Aquel sábado el cine de barrio resucitó, regresó la alegre aglomeración de antaño como si de un viaje en el tiempo se tratara, el patio de butacas abarrotado, jóvenes y mayores, nostálgicos de una época que ya agonizaba, parejas que allí se habían dado ocultos besos como Laura y yo. El abuelo también parecía resucitado, su mejor traje, ese vapor ilusionado en la mirada como el de los niños que descubren el mundo. Él mismo había seleccionado la película, una que supuso gustaría por igual a todos los públicos, Asesinato en el Orient Express. Sin embargo, cuando se hizo la oscuridad y el halo de luz del proyector se materializó en el aire, no fue ese el título que se mostró en la pantalla. Al principio hubo algunos silbidos y protestas, pero enseguida se silenciaron para disfrutar de una sesión de cine por la que no habían pagado nada, una sesión que sería la última, y allí estaban de nuevo un joven Roman Polanski, un despistado profesor Abronsius y una bellísima Sharon Tate interpretando sus papeles en El baile de los vampiros. No pude evitar que se me humedecieran los ojos ante el detalle del abuelo, que se tragó su propia tristeza para intentar que yo no tuviera que beberme la mía, y me asaltó la memoria aquel lejano día en que, ante la misma película, Laura y yo nos tomamos por vez primera de la mano, anudamos nuestras miradas y nos besamos, esa Laura cuya piel ahora me evitaba, la misma a la que sorprendí emocionada, retrotraída seguramente a un hermoso pasado que sin razón justificada habíamos decidido enterrar. Fue entonces cuando se repitió aquella lejana escena, cuando posó su mano sobre la mía, volvió la cabeza y de nuevo se encontró la carne de nuestros labios, un sabor casi ya olvidado, bendito abuelo, bendito cine que habían obrado una vez más la magia.

Lo extraño sucedió cuando finalizó la película, porque las luces de la sala no se encendieron. Pensé que el abuelo había decidido prolongar el postrer momento y proyectar tal vez otra película, pero nada de eso ocurrió. Alarmado, subí a la cabina y allí lo encontré derrengado en el suelo. Más tarde el médico aseguró que se había tratado de un infarto, esos problemas con la tensión arterial, y que apenas tuvo tiempo de sufrir. De eso tengo certeza, que apenas sufrió, porque en el momento que lo descubrí aún mantenía dibujado en su cara un rastro de felicidad, el mismo que gastaba cada vez que recreaba fantásticas historias en la pantalla, el mismo que me mostró aquella remota fecha en que le confesé mi primer beso durante la proyección de El baile de los vampiros.

Fernando Martínez López



 

lunes, 23 de noviembre de 2020

«Relato de otoño» de Pilar Muñoz

 


Pregunto a los árboles si me recuerdan, porque los he sentido estremecerse al verme pasar. Han hecho oscilar sus ramas, como si me saludaran. Y han dejado caer sus hojas para besarme la piel. El sol se despereza a mi espalda y noto su aliento en mi nuca, tibiando mis sentimientos para arrebatarles el frío que infunde la soledad. Me detengo y miro a mi alrededor. Se me antoja estar inmersa en una acuarela otoñal en la que el negro de mi vestido es un intruso entre ocres, el borrón que un desalmado hubiera trazado en este cuadro pintado con tanto gusto. Con tanto esmero. El suelo crepita, la brisa mece mi pelo y un «te quiero» me alcanza en un susurro imaginado. Es tu voz. Que me llega del cielo, del corazón o del alma. O tal vez del desván de la memoria, que guarda reliquias sin yo saberlo. Maldito mes de septiembre que me apartó de ti, que diluyó mi vida como si fuera una de tantas hojas muertas de las que ahora piso. Y bendita esta valentía que me ha empujado a volver aquí, a enfrentar un paisaje que me baña de nostalgia y de recuerdos enmarcados. Los de ti junto a mí. Mirándonos. Besándonos. Pensándonos en silencio bajo el calor de un abrazo.

Observo una sombra que acierta a reproducir tus perfiles. Estoy soñando, lo sé, pero no me importa. Porque siento que podré tocarte y hablarte y despedirme de ti como nunca pude hacerlo. Dejaré que a mis pies caiga este manto de pensamientos muertos que no me dejan vivir. A ver si este otoño los pinta con tonalidades nuevas. A ver si la brisa los acuna y adormece...

O que el sol los haga germinar con savia nueva al llegar la primavera.

Pilar Muñoz





viernes, 20 de noviembre de 2020

«La noche de plata» de Elia Barceló

 


Sinopsis

Viena 1993. Una niña desaparece en un mercadillo de Navidad

Viena 2020. La policía encuentra un esqueleto infantil en el jardín de una casa de las afueras.

Carola Rey Rojo, especialista en secuestros y homicidios infantiles, y madre de la niña desaparecida veintisiete años atrás, ahora en excedencia de la policía española, vuelve a Viena con el encargo amistoso de deshacer la biblioteca de un marchante de arte recientemente fallecido.

Junto con su amigo y colega, el inspector-jefe Wolt Almann, se verá envuelta en una trama que pondrá en evidencia que nadie es lo que parece y que uno nunca acaba de conocer a los demás, ni siquiera a sí mismo.

Lo que parecía un cold case se complica cuando, ahora que todo parecía casi definitivamente superado, otra niña desaparece en el mercadito de Navidad de la ciudad imperial de Viena, la esplendorosa ciudad de la música y el arte que oculta tras las fachadas de sus bellas casas los más oscuros secretos.

 

La autora:


Elia Barceló (Elda, Alicante, 1957) es una autora traducida a diecinueve lenguas, con varios best sellers internacionales en su haber, en los que combina elementos de la novela de misterio y del género negro con historias realistas. Esta mezcla de géneros, junto con un exquisito trabajo de ambientación histórica y creación de personajes, es su marca de fábrica. Considerada una de las escritoras contemporáneas más versátiles en lengua española, se la ha llegado a llamar «la dama de los mil mundos»

Es considerada una de las tres autoras de ciencia ficción más importantes en lengua española.

Ha obtenido varios prestigiosos premios literarios y ha sido galardonada con el Premio Nacional de Novela Infantil y Juvenil, 2020, concedido por el Ministerio de Cultura de España.

La noche de plata es su última novela publicada.

Mi opinión:

Es una novela con unos buenísimos personajes, creíbles, cotidianos que, como cualquiera de nosotros, están llenos de dudas y se equivocan.

Carola, la protagonista, lucha contra sus fantasmas, los más antiguos y los más recientes, vive la dificultad de dejar volar a los hijos y de sufrir sus equivocaciones, de sentir que no los conocemos como creíamos, que ya no son nuestros niños. Con un perfil psicológico complicado, busca amistad donde otros quieren ver algo más, pero le alaga sentirse deseada, habiendo dejado ya atrás los sesenta años. Carola es una mujer con una losa de la que no ha podido desprenderse, arrastrándola con mayor o menor ímpetu en las diferentes etapas de su vida.

¡Qué bien describe la autora a las mujeres que ya han dejado atrás la juventud!

Los secundarios son interesantísimos, y van tejiendo las subtramas, iguales de interesantes que la principal, que se van entrelazando, como no podía ser de otra manera.

Paseando por Viena, sentimos frio y vivimos el horror de los abusos cometidos con niños, en algunos momentos con descripciones muy duras, aunque necesarias. Unos hechos que calan en el lector porque sabemos que estamos leyendo sucesos que ocurren, no vale mirar para otro lado, están ahí y los leemos con la certeza de saber que la realidad supera a la ficción

Una novela llena de detalles, pequeñas pinceladas que nos va dejando la autora para que vayamos «atando cabos», eso sí, a la velocidad que ella quiere que los atemos. que sirven para ir encajando todas las piezas con unos giros inesperados y varias casualidades, la vida está llena de casualidades, aunque es verdad que hay una que riza el rizo, pero pienso que solo acelera el desenlace que, de otra manera, llegaría al mismo sitio pero dando más rodeos.

No quiero contar nada que pueda suponer desvelar algo interesante, así que aquí lo dejo.

Una lectura muy agradable sobre todo por la prosa de Elia Barceló.

Almudena Gutiérrez

Almudena Gutiérrez