martes, 30 de junio de 2020

Asesinos de series de Roberto Sánchez


Esta novela ha llegado a mí porque invité a Roberto Sánchez a participar en mi sección Charlas de mesa camilla, por recomendación de Concha Yunta del blog ¡Qué bello es leer!

Quedé encantada con sus respuestas y decidí que merecía la pena conocer su novela antes de que vea la luz la próxima, de la misma serie, después del verano.

Sinopsis:

«Asesinos de Series» es el nombre del blog de tres jóvenes (Andrés, Marta y Rubén) que viven juntos en Madrid. Adictos a las series, sueñan con crear su gran éxito internacional: una serie de referencia como podría ser «Lost». Andrés se gana la vida escribiendo textos para agencias de publicidad y prospectos de farmacia. Marta es maquilladora en culebrones. Rubén es taxista y, en las largas esperas en el aeropuerto o estaciones, devora todas las series posibles.
Un día, reciben la llamada de una productora de televisión para entrevistarles. En realidad les recibe un subinspector de policía, Héctor Salaberri. El motivo: se están cometiendo unos asesinatos que tienen algo en común: están inspirados en series de televisión. La policía quiere que les ayuden a encontrar nuevas pistas que puedan aparecer en otros casos y, a la vez, ir dibujando el perfil del asesino. Ese mismo día, cuando acuden a la cita, deben dar un rodeo porque el tráfico del centro de la ciudad está imposible. Desde la sexta planta de un hotel ha saltado un hombre. No tiene ningún documento que lo identifique. Se registró la noche anterior con un nombre falso.
Este caso se les encarga a los compañeros de Salaberri, el agente Benítez y la inspectora jefe, Isabel Velasco.

El autor:

Roberto Sánchez Ruiz (Barcelona, 1966) es un periodista radiofónico español vinculado a la cadena SER desde 1988. Entre 1994 y hasta 2012, creó y dirigió durante 18 años Si amanece nos vamos, el primer programa de transición entre la noche y la mañana, valedor de un Premio Ondas, un Micrófono de Plata y una Antena de Oro. Desde septiembre de 2012 colabora en La Ventana de Carles Francino.

En sus comienzos profesionales pasó por Radio Cadena Española, de Radio Nacional de España, y la COPE (Sabadell). En 1993 fue nombrado delegado de Radio Valencia 2. A lo largo de su carrera ha trabajado con profesionales como Iñaki Gabilondo, Carlos Herrera, Andrés Caparrós, Julio César Iglesias, Gemma Nierga o Javier Sardá.

En Televisión ha presentado los programas «Supercampeonesۛ» (Telemadrid) «6,25», (TVE. Espacio dedicado al mundo del baloncesto) y «En el candelabro» (Telecinco, debate de actualidad). Ha sido profesor de Realización y Producción radiofónica en la Escuela Aula Radio de Barcelona.

Mi opinión:

La novela está dividida de una forma muy curiosa, ocho partes estructuradas como si se trataran de capítulos de una temporada de una serie, es decir, 1x01, 1x02, etc.

Es, sobre todo, una novela que parece que estamos viendo en lugar de leyendo y que se disfruta más cuanto más «seriéfilo» se es. Se mencionan muchas series que no conocía y no podía encontrar la similitud de los casos que se están investigando, aunque no por eso pierde interés.

Es muy original, con unos giros importantes y un final impactante.

El perfil de cada uno de los personajes está muy cuidado, los dos policías Velasco y Benítez, muy buenos. Al principio Benítez no me ha caído bien pero su personaje ha ido ganando puntos a lo largo de la narración.

Muchos crímenes, muchos datos, la mezcla de la ficción y la realidad, dos narradores diferentes, hacen que haya momentos que cuesta entrar en la novela, pero la trama es tan interesante que seguimos, aunque tengamos que releer algunos párrafos.

Delitos informáticos, las mafias del boxeo, el blanqueo de dinero a través de bitcoins, el papel del periodismo y los abusos del sensacionalismo, las redes sociales, y muchos otros elementos convierten esta novela en un thriller altamente adictivo. El autor entrelaza los secretos de los personajes y consigue salir airoso, todo un acierto.

Deseando leer su siguiente novela.

Almudena Gutiérrez



lunes, 29 de junio de 2020

LA CAJA





Hoy encontré una caja
con algunos recuerdos.

Unas gafas sin pata,
una cinta del pelo,
una chincheta verde,
una vela, un llavero,
un carrete de hilo,
una pila, un mechero.

¿Quién no guarda una pila,
quién no guarda un llavero?
¿Quién no tiene una caja
repleta de recuerdos?

Mi pasaporte antiguo,
monedas, pegamento,
una canica gorda
que llevaba al colegio,
un corazón de mimbre,
un cascabel muy serio,
botes de brillantina
que se pega a mis dedos,
una cera amarilla
que rotuló un «te quiero».

¿Quién no guarda una cera
que se quedó en silencio,
o funda de móvil,
o un dominó incompleto,
el cordón de un zapato,
o un bolígrafo seco?

¿Quién no guarda un anillo
que le quedó pequeño,
o un pendiente sin otro,
o un collar sin un perro?

¿Quién no tiene una caja
con algunos recuerdos?.
Un yoyó y un tornillo,
un tapón y un pañuelo,
mi nariz de payaso
y una luna de cuero...

¿Quién no guarda en el fondo
de una caja, en silencio,
una foto pequeña
del tamaño de un beso?

¿Quién no cierra los ojos,
y la lleva a su boca
y la aprieta en sus labios
o la asfixia en su pecho?

¿Quién no guarda una foto
del tamaño de un beso...?


Magdalena S. Blesa









sábado, 27 de junio de 2020

«No hago planes a tan largo plazo» de Cristina Durán





Un lugar perfecto para empezar una nueva vida. Un lugar perfecto para olvidar el pasado. Un lugar perfecto para creer en las segundas oportunidades

Marcos llega a Ansó para ocupar la plaza de profesor de secundaria. Es la oportunidad que necesita para olvidar que poco tiempo atrás la vida había dejado de importarle. 

Jimena vive en Ansó y es la dueña de una tahona de dulces y repostería. Cuando llegó, cuatro años atrás, lo hizo huyendo de su pasado.

¿Qué tendrá pensado el destino para dos personas que llegaron a esa localidad huyendo de su vida anterior?

La autora:

Cristina Durán nació en Cáceres aunque vive en Madrid.

Le gusta leer desde muy pequeña y ahora se ha animado a dar el salto y escribir su primera novela, que ha autopublicado.

Mi opinión:

Lo primero que quiero resaltar es que es la primera novela de la autora y sabe trasmitir muy bien los sentimientos.

Es una novela romántica que se desarrolla en un paraje precioso, que quizás abuse al describirlo, pero por lo demás, no le sobra ni una coma.

Los personajes son muy cercanos, con sus secretos, sus sufrimientos, su dificultad para darle una nueva oportunidad al amor, después de haber vivido momentos muy complicados.

Sin querer desvelar demasiado, ha sido muy valiente al exponer un tipo de maltrato sobre el que se escribe poco, y parece no existir, pero está ahí.

También me ha gustado como describe lo fácil que es comprar cosas ilegales, cuando el que las vende es mercenario por necesidad y el que compra un desalmado.

La importancia de la amistad y las segundas oportunidades, son los temas principales de esta novela, pero también caben la rabia, el desamor, la desesperación, el miedo, la sumisión… El personaje de Germán me ha cautivado por su complejidad, su historia da para otra novela, así como la historia de Andrei, pero ya no os cuento más. Es lo bueno de una novela bien escrita, que tiene subtramas que interesan al lector y complementan la trama principal.

Una lectura muy recomendable.
Almudena Gutiérrez

lunes, 22 de junio de 2020

35987


Hoy, primer lunes de verano, os dejamos este precioso relato publicado en el número 10 de nuestra revista.
Ahora, casi dos años después, Víctor Fernández Correas ha decidido recopilar algunos de sus relatos en un libro, La vieja calle donde el eco dijo, que podréis encontrar en Amazon https://amzn.to/2YUVebp


35987. Al fin lo había encontrado. Cinco cifras que, impresas en el décimo de lotería que sostenía con la mano derecha, podrían significar infinidad de sueños. Sonriente, lo guardó en la cartera y abandonó el despacho donde, después de recorrer cerca de una docena similar a ese y de preguntar en bares, restaurantes y lugares donde quedase todavía algún décimo de lotería, había encontrado el que buscaba. Un antojo de su abuelo. Un hombre seco, de rostro afable y media sonrisa cuya acuosa mirada en los últimos años nunca se apartaba del horizonte. Y si lo hacía, lo que solía coincidir con las pocas veces que hablaba, abría aún más la boca para sonreír mostrando los pocos dientes que le quedaban. De él sabía Daniel, que era la persona encargada de comprar el dichoso décimo, que lo pasó mal en su juventud; que vivió las dos guerras, la civil y la europea; que vivió mucho tiempo fuera de España; y que cuando regresó se limitó a vivir sin más ansia que el futuro para ver crecer a sus hijos y nietos. ¿La lotería? Una visión, dijo tener.

Al llegar a casa, Daniel mostró el décimo a su abuelo, y en su mirada de océano atisbó un brillo especial; quizás era su manera de mostrar alegría por haber encontrado el décimo. Durante los tres días siguientes, los que faltaban para el sorteo en el que todo el país depositaba sus esperanzas de empezar una nueva vida, intentó en vano extraerle el porqué de esos cinco números. Lo más cerca que estuvo fue cuando, mirándole fijamente, el abuelo musitó la palabra esperanza, que repitió cuatro o cinco veces más hasta, como de costumbre, quedar sumido en su estado habitual de melancolía y consciente ausencia.

La noche anterior al sorteo, Daniel entró en la habitación para desear buenas noches a su abuelo. Le tenía en alta estima. De niño solía colmarle de regalos; era el nieto preferido. Y mientras mantuvo la razón siguió considerándole como tal. Le encontró despierto, con la mirada clavada en el techo. Le besó en la frente y alargó la mano para apagar la lámpara de la mesita de noche. Antes de hacerlo, el abuelo clavó su intensa y azul mirada en los ojos de Daniel y volvió a repetir esa palabra, esperanza, que era lo único que acertaba a decir. Daniel sonrió y apagó la luz cerrando tras de sí la puerta.

A la mañana siguiente, el desayuno se le atragantó. A él y a toda su familia. Apenas salieron las primeras pedreas cuando el mayor premio llenó de gritos el salón en el que se celebraba el sorteo. Las cinco cifras, las que cantaron los niños acompañadas del consiguiente premio económico. Un dineral. Miraron la televisión, en cuya pantalla apareció impreso el número. Ese 35987. El de su abuelo. Se sucedieron los abrazos, los lloros, los gritos de felicidad. En ese instante, el único que reparó en su abuelo fue Daniel, y en su habitación entró para transmitirle la noticia. Encendió la luz y allí le encontró, desnudo, tendido en la cama, con la mirada acuosa mirando hacia el infinito horizonte y la media sonrisa dibujada en sus labios. Para Daniel, la impresión fue brutal. No sólo era consciente de que su abuelo estaba muerto, sino que también era la primera vez que lo veía desnudo. E iba a salir de la habitación para informar a la familia de la triste noticia en un día de inmensa alegría cuando, cerca de la muñeca, tatuado con una tinta que ya había perdido buena parte de su intensidad, atisbó cinco cifras que formaban un número junto a varias letras. Las cinco cifras de la esperanza, como venía repitiendo en las últimas semanas; quizás cuando, consciente de la cercanía del último paso, quiso expulsar de su cuerpo todos los fantasmas que le persiguieron en vida. Como esas cinco cifras y las letras que las acompañaban. El recuerdo de un campo de concentración del que nadie en su familia tenía constancia porque él así lo quiso. Porque eso significaba la esperanza, el deseo de vivir sin mirar al pasado. El último regalo que quiso brindar a su familia.
Víctor Fernández Correas

domingo, 21 de junio de 2020

La vieja calle donde el eco dijo


Con el verano ha llegado a nuestra redacción este libro que os presentamos, un libro al que tenemos un especial cariño porque lo ha escrito nuestro compañero en esta revista el escritor y periodista Víctor Fernández Correas.

Relatos protagonizados por perdedores, por soñadores, por luchadores sin más horizonte que el mañana. Relatos que son una lección de esperanza, de supervivencia, que incitan a beberse esta vida de un trago.

Todos son relatos cuyos protagonistas podríamos ser cualquiera de nosotros. Incluso tú, que ahora lees esta sinopsis.
Relatos de una vieja calle donde el eco dijo, como cantaba Gardel.

En el próximo número le hemos entrevistado y nos cuenta algunas curiosidades sobre esta publicación: « Aún quedan muchos más guardados en una carpeta de uno de mis discos duros. He escogido los que creo que más se acercan a la temática que buscaba, que no era otra que bucear en el alma de las personas para extraer de ellas todo lo mejor y lo peor: sus risas, sus miedos, sus alegrías, sus fobias, sus odios…»


Os invitamos a leerlo, os va a gustar.






lunes, 15 de junio de 2020

Querida abuela...


Magdalena S. Blesa escribe muy bonito, todos sus poemas llegan al corazón. Hoy nos ha cedido esta preciosa poesía, un bello homenaje a todos los abuelos que nos han dejado durante esta pandemia.


Querida abuela...

No he tenido ni un día para llorarte,
discúlpame, mujer, lo voy dejando
porque yo necesito muchos años
para estarte llorando.

Siempre hay gente delante y nunca puedo,
no quiero abochornarlos como mi pena.
Necesito una vida entera a solas
para llorar a una mujer tan buena.

No he tenido ni un día para llorarte,
perdóname mujer, anda pendiente
de desbordarse un mar que hay en mis ojos
y no te lloraré lo suficiente.

Intento sujetar este diluvio
y posponer la fecha de mi duelo,
que quiero hacer un arca gigantesca
porque voy a anegar el mundo entero.

Magdalena S. Blesa



lunes, 8 de junio de 2020

Y después de la venganza, ¿qué?

Hoy nos cede un relato la escritora María José Moreno.
Si queréis conocerla un poco mejor, solo tenéis que visitar su blog 
Su última obra publicada Aquella vez en Berlín, está recibiendo muy buenas críticas, incluída la de esta revista, que podéis encontrar en el número 27



Y después de la venganza, ¿qué?

Le clavó el cuchillo en el pecho por tercera vez y al sacarlo un chorro de sangre le lleno las manos, la ropa y hasta la cara. Ahora sí había entrado con fuerza suficiente para romper el vaso que le llevaría a que se desangrara.

Pocos minutos después, el cadáver de Roberto yacía sin vida y con él terminaba su venganza. Esa venganza planificada al milímetro en cientos de noches insomnes, cuyo fin era terminar con los cuatro malditos violadores que, en una aciaga tarde de fiestas, la habían violado y en el juicio quedaron absueltos porque, según la sentencia, ella era la culpable por haberlos provocado.

Habían transcurrido tantos años desde aquel hecho que ni la policía lo había puesto en relación con ella; toda vez, que llevaba treinta años enclaustrada en un convento de monjas de clausura.

Carla, ahora madre Cecilia, se tumbó en el suelo y respiró hondo un par de veces. Esperaba encontrar esa paz de espíritu tan anhelada, esa tranquilidad del trabajo finalizado, pero algo bullía en su interior, algo que no la dejaba serenarse. Y no era el miedo a que la descubrieran, con eso ya contaba, incluso pensó en entregarse cuando terminara con todos. Cerró los ojos y por su mente pasaron a gran velocidad las imágenes de otras chicas violadas, las noticias en los periódicos, las bajezas a las que son sometidas, esos jueces sin piedad para la víctima que se convierte en acusada...

Se puso en pié, se sacudió el hábito, se cubrió con la gabardina  para tapar la mancha de sangre y estiró la espalda, ya resentida por la edad. Acababa de tomar una decisión libre. Su venganza había terminado, pero seguiría matando, ahora porque quería, porque deseaba causar daño y dolor a todas esas personas intolerantes, inconsecuentes, no empáticas, violadores, maltratadores, asesinos... Dios le había dado una habilidad y un talento especial para el uso del cuchillo y nunca se perdonaría si no lo pusiera al servicio de las más necesitadas.

Salió del almacén y subió a la vieja furgoneta. Tocó la virgencita que colgaba del espejo retrovisor y se persignó. Al ver la hora que era, arrancó, metió las marchas y aceleró; aún podía llegar a Vísperas.




viernes, 29 de mayo de 2020

No hago planes a tan largo plazo


Hoy ha llegado a nuestra redacción una novedad para los amantes de la novela romántica. 



Un lugar perfecto para empezar una nueva vida. Un lugar perfecto para olvidar el pasado. Un lugar perfecto para creer en las segundas oportunidades

Marcos llega a Ansó para ocupar la plaza de profesor de secundaria. Es la oportunidad que necesita para olvidar que poco tiempo atrás la vida había dejado de importarle. 

Jimena vive en Ansó y es la dueña de una tahona de dulces y repostería. Cuando llegó, cuatro años atrás, lo hizo huyendo de su pasado.

¿Qué tendrá pensado el destino para dos personas que llegaron a esa localidad huyendo de su vida anterior?

La autora:

Cristina Durán nació en Cáceres aunque vive en Madrid.

Le gusta leer desde muy pequeña y ahora se ha animado a dar el salto y escribir su primera novela, que ha autopublicado.






lunes, 25 de mayo de 2020

Antes de dormir de Marina Lomar


Hoy recordamos un relato que Marina Lomar escribió para el número 20 de la Revista Pasar Página.


En el silencio del cuarto oscuro, los niños esperaban. 

Agitados por el tedio de un día rutinario, intentaban permanecer callados y con los párpados abiertos.

El aguijoneo del miedo siempre aparecía con las primeras sombras y, en la soledad de sus camitas que lucían barrotes finos de madera, temían la llegada de los monstruos que se arrastraban bajo sus ventanas y rascaban los cristales. 

El corazón en vilo, aguardaban. Algo se acercaba por el pasillo. Silencio atento. La puerta crujió, tembló y se abrió despacio. 

Permanecieron quietos, abrazados a sus peluches, mientras el clac clac resonaba en el cuarto y ensanchaba sus corazoncitos: portaba canciones, cuentos, un beso, anunciaba a María cuyo taconeo, clac clac, sonaba a ma má allí en el orfanato.







lunes, 18 de mayo de 2020

«El experimento» de Mayte Uceda


Hoy nos ha cedido un relato Mayte Uceda. Si queréis conocer mejor a esta escritora y su obra, solo tenéis que entrar en su página https://mayteuceda.blogspot.com/




Al principio fue solo un débil ruido procedente del tejado, un ligero arrastrar sobre las tejas de hormigón que podía significar cualquier cosa; un pájaro, un gato, la rama de un árbol…, incluso el sueño de la razón que, como en la obra de Goya, producía monstruos imaginarios.

Pero no era nada de eso. Era ella, la criatura de la que habían hablado los informativos esa misma mañana. Según dijeron, se trataba de un perro agresivo que se había escapado de la perrera municipal. ¿Un perro? Esa era una descripción demasiado amable para definir aquello.

Hacía tiempo que corrían rumores en la ciudad sobre un experimento que se llevaba a cabo en el refugio de animales para tratar la agresividad canina, aunque, en realidad, no había evidencia alguna de que eso fuera cierto. Y, si la había, se mantenía en estricto secreto.

   No, esa cosa no era un perro. Tal vez lo hubiera sido en algún momento de su vida, pero de él ya no quedaba nada; ni sus garras ni su hocico ni su extraordinaria envergadura se correspondían con la imagen de un perro, ni siquiera con la representación de un ejemplar de los más grandes.

¿Y qué demonios había en sus ojos? Eran dos hendiduras de sangre y muerte, tan brillantes que parecían capaces de incendiar el mundo.

Vi a la criatura, eso es cierto. Y ojalá no la hubiera visto nunca porque desde entonces me deshago en violentas sacudidas de terror.  Sé que viene a por mí. Y también sé que quiere matarme, como si su cerebro me hubiera marcado como a su presa favorita desde que nuestras miradas se cruzaron en el jardín.

Ocurrió hace unas horas. Ya había oscurecido del todo y yo acababa de aparcar el coche delante de mi casa. Me extrañó el desacostumbrado silencio que me acompañó mientras caminaba hacia la entrada; siempre solía detenerme unos segundos a escuchar los grillos y, sobre todo, la sinfonía de un mirlo cantarín al que no le abrumaba la noche. Pero en esa ocasión solo me llegó la ilusión acústica de mi propia sangre atropellada en las venas, sin duda arrumbada por un mal presentimiento.

Encajé la llave en la cerradura y abrí la puerta al tiempo que un ruido inesperado procedente del jardín me apremió a girarme. Entonces distinguí claramente un par de puntos rojos brillando en el arbusto de la entrada, como si me hubiera dejado olvidadas en el jardín dos pequeñas luces de navidad.
Di un paso hacia el arbusto y me ajusté las gafas en la nariz para observar mejor lo que brillaba entre las hojas. No fue hasta que la criatura salió de su escondite que pude apreciar su espantosa apariencia.
Me quedé paralizado, observando ese par de ojos de pupilas fragmentadas, rojos y rasgados como ranuras de rubí.
La criatura avanzó hacia mí agazapada como un lince, muy despacio, midiendo cada paso con sus garras desproporcionadas, afiladas, dantescas, apoyada sobre sus patas traseras. En comparación con el cuerpo, la cabeza era pequeña y triangular, parecida a la de una serpiente de grandes dimensiones, y las orejas negras y puntiagudas se asemejaban a las de un perro de presa. Su pelaje era oscuro y espeso y, en ese momento, aquella cosa calibraba la mejor manera de abalanzarse sobre mí.
La más efectiva.

Sujeté con fuerza el teléfono que, por suerte, llevaba en la mano izquierda, y cuando intuí que el ataque era inminente, encendí el botón de la linterna para deslumbrarla.

La criatura gimió, con un sonido gutural que me heló la sangre, medio humano, medio animal, y me bastó ese lapsus de tiempo para conseguir atravesar la puerta y cerrar tras de mí.

Y ahora me encuentro a oscuras encerrado en mi dormitorio, escuchando el arrastre de sus patas mientras ella busca la forma de entrar en casa. Persigo con la mirada sus devaneos por el tejado, lamentando la torpeza de haber dejado caer el teléfono antes de cruzar la puerta. 

Estoy solo y no puedo comunicarme con el exterior.

Si salgo, estoy muerto.

Si me quedo...

Sé que acabará entrando. En sus ojos pude ver un rastro agudo de inteligencia asomado al instinto asesino que proyectaba su cuerpo contrahecho.
Nadie vendrá a ayudarme, porque nadie sabe que necesito ayuda.

Nadie… Nunca me pareció tan vacío y terrible el significado de esa palabra.

La criatura se desliza por el tejado. Cada vez la siento más cerca, como si entre los dos se hubiera creado una conexión irracional que solo los dos podemos comprender. Yo la presiento y ella me presiente a mí.

Sabe dónde me escondo.

Ya la intuyo cerca de la ventana del dormitorio. El miedo no me deja pensar, el sonido de sus garras en la madera me bloquea la mente y me paraliza los músculos.

De repente, el ruido cesa; percibo ese silencio como un preludio del final, porque sé que sigue ahí y que no va a marcharse hasta que consiga cazarme.

¿A qué espera?

Tras largos segundos de quietud, los nervios me traicionan.

—¡Vamos! —le grito en la penumbra, deseando que, para bien o para mal, todo acabe pronto.

Sujeto en la mano la lámpara de la mesilla de noche.

La luz no le gusta.

Tal vez tenga una oportunidad.

—¡Vamos! —vuelvo a gritar, armándome de coraje.

Entonces descubro el brillo de sus ojos asomando al otro lado del cristal; rojos, líquidos, fluidos de sangre. Se aferra a la madera de la ventana con las cuatro patas y con los garfios de sus garras resquebraja el cristal. El sonido me produce una arcada. Paladeo en la boca el sabor amargo de la bilis cuando los cristales quedan desparramados por el suelo.

Está dentro.

Dios mío...

La figura horripilante avanza hacia mí con su mirada demoniaca. Yo estoy de pie, llorando y temblando frente a la ventana, esperando el momento propicio para encender la lámpara. Reprimo el impulso de gritar y de huir de allí, pero ninguna de las dos cosas me serviría de nada.

Cuando la tengo delante, a solo unos centímetros, no puedo moverme. Ni siquiera soy capaz de encender la lámpara. Su mirada me inmoviliza. También puedo sentir cómo me controla la mente.

En medio del delirio de terror, convertido en piedra, solo soy capaz de escuchar mi respiración entrecortada y un gorgoteo extraño en el fondo de su garganta.

Siento un terrible dolor en la cabeza cuando la criatura manipula mis recuerdos para traerlos al presente. 

Una vez tuve un perro. Se llamaba Kayla, una hembra de dóberman, dócil y preciosa, que me acompañaba a todas partes. Puedo verla saltando junto a mí, durmiendo a mi lado, lamiendo mi mano... Fue hace mucho tiempo, tal vez seis años. Un día desapareció sin dejar rastro. La busqué por todas partes, con desesperación, pero jamás volví a verla. Su pérdida me entristeció tanto que nunca quise tener otro perro.

La criatura deja de mirarme y sale de mi mente. Poco a poco su cuerpo de extremidades deformes se va encogiendo y replegando sobre sí mismo hasta quedar acurrucado a mis pies, como si de pronto fuera un animal viejo y cansado que regresa a casa después de una larga lucha.

Aún sin salir de mi asombro, dejo caer la lámpara y me arrodillo en el suelo.

—Kayla…




martes, 12 de mayo de 2020

El recuerdo del olvido de Karen Peralta



Tras una muerte inesperada, Luciana se ve obligada a cumplir con la última voluntad de su abuela: localizar a tres mujeres y devolverles objetos personales de gran valor sentimental; una alianza matrimonial, un relicario y un anillo de compromiso. Para lograrlo, deberá revolver un pasado que no es el suyo y, al hacerlo, moldeará su presente y transformará su futuro. Ayudada por el diario de su abuela y las pericias de un investigador local, Luciana descubrirá a las voluntarias: cuatro mujeres que se atrevieron a desafiar al destino, entregando sus vidas al servicio de otros, como enfermeras de la Cruz Roja, en tiempos de la Segunda Guerra Mundial.

La autora:


Nacida en Ciudad de México en 1976, es licenciada en Relaciones Internacionales y especializada en Comercio Internacional. Su carrera giró en torno al sector comercial hasta que, en 2011, se trasladó a Hamburgo y surgió su vocación por la literatura.
Su amor por los idiomas, los viajes y la cultura la llevaron a vivir en diferentes países hasta que en 2011 se enamoró de Hamburgo, ciudad en la que reside actualmente. Esta es su primera novela.



Mi opinión:

Acabé de leer esta novela el día que se cumplían 75 años del fin de la II Guerra Mundial. Mucho se ha escrito sobre esta guerra y sus horrores, aunque muy poco sobre las mujeres que jugaron, en diferentes ámbitos, un papel crucial en la contienda. Enfermeras, religiosas, espías, amas de casa que se incorporaron a las fábricas, mujeres que trabajaron activamente en la resistencia contra el nazismo o las que se tuvieron que prostituir para satisfacer al enemigo a cambio de su vida.

En esta novela se nos cuentan la historias de cuatro mujeres que ven unidos sus destinos cumpliendo su labor como enfermeras de la Cruz Roja Internacional, al mando del capitán John Milton.

Cada una de ellas arrastra una historia muy diferente que, sin embargo, les ha llevado a compartir su destino. Un destino que seguirá unido, de una u otra manera, hasta el final de sus días.

Juntas, vivirán los horrores de la guerra, aprenderán y perfeccionarán su profesión de enfermeras y, sobre todo, estrecharán los lazos de una AMISTAD con mayúsculas.

Paralelamente, la autora nos cuenta la historia actual, la de Luciana, contada en primera persona. Una mujer que todavía no ha madurado ni como hija ni como hermana ni como compañera y, mucho menos, en el amor. Una mujer que se ha apoyado en Nona, su queridísima abuela, que acaba de fallecer y de la que desconoce casi todo su pasado.

Un pasado que tendrá que recorrer para cumplir la última voluntad de Nona y que la ayudará a conocerse a sí misma, a los que la rodean y, por supuesto, a conocer el amor.

Karen Peralta va alternando el pasado y el presente, el narrador omnisciente con la narradora en primera persona, tejiendo unas historias con otras para que todo encaje perfectamente, para que conozcamos a cada uno de los personajes de los que nos está hablando, por pequeño que sea su papel.
No es una historia de guerra, aunque nos cuente la guerra, no es una historia de amor, aunque narre preciosas historias de amor. Es una historia de superación, de esperanza, de nuevas oportunidades y, sobre todo, un canto a la amistad.

Como curiosidad, me han llamado la atención palabras que son muy distintas a las que nosotros utilizamos en España, y que me han hecho pensar en la riqueza de nuestro idioma, y lo diferente que se habla en los distintos lugares hispanohablantes. He anotado la palabra «subsecuentes» que nosotros utilizaríamos como «sucesivos» y la frase «en un tronar de dedos» que podríamos utilizar para sustituir «en un abrir y cerrar de ojos».

Es una novela muy bonita, una lectura muy recomendable.

Mi agradecimiento a Silvia Fernández de Roca Editorial, por hacérmela llegar.

Almudena Gutiérrez



lunes, 11 de mayo de 2020

Fotos amarillas


Hoy nos ha cedido un entrañable relato Nina Peña.




La veo venir de lejos. Me ha avisado que llega en cinco minutos y me asomo a la calle con la sensación de estar espiando su llegada, consciente de la incomodidad que produce ser observada de lejos, mientras caminas, con las manos en los lados y paso lento. Expuesta al escrutinio voraz de los balcones. A mi propia mirada.

El sol del mediodía me hiere las pupilas al apartar una cortina tras la cual ver la calle vacía. Desde un tejado se oyen las voces vecinales que hablan a gritos, igual que hace un rato se oían las voces de los niños que salían. El mundo parece haberse dividido en turnos, en edades, en riesgos. En franjas de tiempo. Pleno en nuestras manos y vacío en la cotidianeidad de los actos. En rendijas de luz que se van moviendo a medida que el sol avanza en el cielo.

La veo venir y adivino su gesto serio ya de lejos. Está concentrada en cada paso que da. Cuando se acerque me sonreirá, dirá mi nombre y me preguntará cómo estoy. Me contará sus paseos, me enumerará las distancias recorridas, las esquinas dobladas, los encuentros fortuitos que alivian la soledad durante esa hora. Hablará de mi sobrino que, la mañana antes, al verla, salió corriendo abrazarla y tuvieron que frenarle. Me contará de la voz de mis sobrinas desde el otro lado del teléfono. Tan dulces, tan niñas.

Hablaremos de números, de etapas, de nosotras, de nosotros. No hablaremos de mi padre ni de lo duro que se ha hecho estar encerrada sin él, sin la compañía que la ha cobijado durante casi cincuenta años. Ni siquiera hablaremos de él para ver todo lo que está ocurriendo desde su perspectiva, siempre voraz, de la realidad. Hay temas que no se pueden tocar a viva voz en medio de una calle, sino en la intimidad de una conversación cara a cara, frente a un café y un pañuelo.

Será un momento fugaz de paseo interrumpido para tener un mínimo de contacto con la familia. Un instante antes de proseguir con el itinerario marcado al albur de la gente: ir por donde menos personas vayan.

Luego la veré irse, caminando despacio, diciendo adiós con la mano. Volviéndose para echar al aire un beso de despedida con el que decir adiós a mi hija que también se asoma para verla, sin importar que la mascarilla entorpezca el gesto. De lejos su figura se irá difuminando poco a poco entre los coches aparcados y los salientes de los balcones que la van tapando a medida que se aleja.

De lejos es una mujer más mayor que la que veo cuando la tengo delante, cuando la miro a los ojos y hablo con ella. De lejos mi madre comienza a tener la edad que tiene realmente y no la que le da mi propio pensamiento de hija. Su caminar lento, sus pasos vacilantes, con ese miedo a caer que la acompaña siempre y que hace que le guste cogerme del brazo cuando paseamos juntas. De lejos es la mujer desconocida con la que muchos se cruzan mirando su mascarilla y sus zapatillas deportivas color rosa, regalo de mi hermana en los últimos Reyes, tan llamativas como si fuera una runner.

De lejos es ya una desconocida que gira una esquina y que se lleva con ella el recuerdo de días mejores. De días felices. De días de mayo cuando me levantaba para ir a clase con ramos de rosas. De tardes de frío debajo de una mantita viendo la televisión. De mañanas soleadas de playa y canciones de verano, cuando ella era joven y yo niña. Aquellos sabores y olores de otro tiempo, regresan con ella durante un segundo y se desvanecen en lo etéreo, como pequeñas motas de polvo brillando entre un rayo de sol. Dejando, únicamente, un rastro tan familiar como inaprensible.

Llegará el día en que todos los recuerdos serán fotos amarillas en un álbum de papel que nadie verá. Escondido en lo recóndito de un tiempo y de un lugar que, seguramente, habrá dejado de existir. Somos tenues, leves, como el polen de esta primavera, como dientes de león. Somos un suspiro en el tiempo. Un segundo de eones. Una fugacidad intensa, como el resplandor del relámpago. Mientras, vivimos. Aunque no seamos conscientes de nuestra fragilidad, de nuestra escasa importancia, de nuestro irrisorio valor. Vivimos. Como si fuéramos indispensables, únicos, rotundos.

Mientras la veo llegar, sé que nuestra fugacidad es lo trascendental y que, lo que quedará de nosotros, solo será la leve memoria del amor que damos y los gestos que hacemos a quienes nos suceden, heredados desde lo más lejano e inmemorial. Como una repetición de gestos y sentimientos haciendo eco por las vías sanguíneas. Impregnados en nuestro ADN, igual que el color de los ojos o del cabello.

Sin embargo estamos aquí, ahora, y este es el tiempo que nos ha tocado vivir.

Mira hacia arriba y me asomo al balcón. Deja de mirar el suelo y de fijarse en sus pasos para verme asomada. Ya sonríe. No ha adivinado que está conmigo desde hace mucho, desde que la he visto venir de lejos, girando una esquina de repente. Incluso antes. Llega hasta mi altura y desde aquí huelo su perfume, arrastrado por el viento de una primavera robada.

–Hola, mamá




lunes, 4 de mayo de 2020

EL PISITO de Mónica Rouanet

Un lunes más, publicamos un relato de los que la escritora Mónica Rouanet está escribiendo durante el confinamiento de los ciudadanos por el estado de alarma.




Al Sospe, al Piro, y al Bipo les ha tocado vivir esta pandemia juntos. Llevan un año compartiendo piso.

—Tíos, he encontrado un pisito libre de puta madre en el barrio. Tiene cuatro habitaciones y salimos a muy poca pasta cada uno. ¡Va a ser la hostia, todo el día de juerga! Aunque igual es una mierda y nos aburrimos como morsas. O lo pasamos de muerte. O nos odiamos y no nos dirigimos la palabra, o…

—¿Tiene cocina de gas o es vitro? Me gustan las cocinas de gas, con su llamita y su controlador de intensidad de fuego.

—¡Yo me apunto! Pero hasta que me conozcan los vecinos no me dejéis solo en la escalera o tendremos todo el día a la policía en casa.

—Vale, ¿y qué hacemos con la cuarta habitación?

La primera en ocuparla fue La Bajo.

—Bajo, ¿hoy tampoco te levantas?

—No, prefiero quedarme aquí tirada, en pijama, sin hablar con nadie. No me apetece hacer nada, solo escuchar música de cantautor y fumar.

Los chicos se reúnen.

—¡Como vuelva a encender ese mecherito le prendo el pelo!

—Vamos a darle una oportunidad, seguro que cuando la conozcamos bien descubriremos que es majísima. O igual es una bruja y nos amarga la vida. O, tal vez, sea súper divertida y nos descojonemos sin parar todo el día, o…

—Yo ya me he cansado de que se pegue a la pared cada vez que nos cruzamos por el pasillo y me implore que no la agreda.

La cuarta habitación se queda vacía.

Dos meses después llega El Fascis.

—Fascis, ¿Podrías bajar el volumen de tu despertador? Escuchar el himno de España a ese volumen a las 6 de la mañana me hace soñar que estamos jugando el mundial de fútbol y que lo vamos a perder, aunque igual lo volvemos a ganar y me da subidón, pero luego me acuerdo de lo difícil que es pasar de cuartos y me agobio soñando que nos eliminan, y luego…

Los chicos se reúnen.

—¡Como vuelva a colgar la bandera del aguilucho en el balcón, se la quemo!

—Y yo ya estoy agotado de que me cachee cada vez que entro en casa y me pregunte en qué bando estaba mi familia. Diga lo que le diga nunca me cree.

—Sí, es un poco extremista, aunque igual luego es un tío de puta madre y nos lo pasamos en grande con él, pero, bueno, también puede ser que sea un antipático y nos retire la palabra a todos, o a lo mejor es maravilloso convivir con él…

La cuarta habitación se queda vacía.

Tres meses después llega El Pertur.

—Pertur, ¿es tuyo el reloj que había en el baño?

—¡Trae para acá! ¡El reloj es mío, solo mío. Tan brillaanteee, tan precioosssso, mi tesoooooro!

Los chicos se reúnen.

—¡Como vuelva a decir que no nos conoce o a comer con los pies, le achicharro el relojito ese de los cojones!

—Bueno, tampoco es para tanto. Solo es cuidadoso con sus cosas y no quiere perderlas, aunque igual eso de comer con los pies es de psicópata asesino, pero no, cuando se nos queda mirando con el cuchillo en la mano lo que quiere es pelar naranjas para una magnífica macedonia, o, a lo peor, nos lo quiere clavar hasta el fondo, aunque…

—Y yo estoy harto de que quiera ser mi amigo y me suplique que le deje acompañarme cuando salga a buscar mi próxima víctima. Dice que quiere que yo sea su maestro.

La cuarta habitación se queda vacía.

Dos meses después viene El Yonki

—Yonki, ¿has vuelto a coger el papel de plata?

—¡Uno más, solo uno más, de verdad! ¡Uno más y lo dejo! ¡El último, de verdad, te lo juro, este es el último! ¡Cuando deje de movérseme la pierna lo dejo, de verdad!

Los chicos se reúnen.

—Oye, ¡y a mí que me relaja ver cómo quema el papel de plata!

—Pero le dará el mono y nos matará a todos, aunque igual deja las drogas y se vuelve trabajador y responsable y vivimos aquí con él de puta madre, o, quizás, se convierta en acordeonista para sacar dinero con el que comprarse las drogas y ensaye en casa y esto sea aún peor, aunque puede que lo toque de puta madre y esto sea una fiesta continua, o…

—Y yo me niego a que vuelva a registrar mis cosas en busca de heroína, cocaína, pastillas o cualquier mierda de esas. ¡El tío está convencido de que soy camello profesional! El otro día se me acercó para preguntarme si le pasaba unos cogollitos de marihuana a buen precio, por eso de ser compañeros de piso, de buen rollo.

La cuarta habitación se queda vacía.

Dos semanas después viene El Anar

—Anar, por favor, ¿podrías respetar las normas de la casa y echar la basura en el contenedor y no esconderla debajo de tu cama? El olor llega hasta aquí.

—Es que yo no soy partidario de las reglas que vosotros tres, como monopolio de fuerza de este piso, me estáis imponiendo. Estoy en contra de la autoridad social y a favor de la libertad del individuo, y si quiero tirar la basura en mi habitación, que es mi territorio, lo haré. Tapaos la nariz si os molesta, nadie os lo impide.

Los chicos se reúnen.

—Estoy hasta las narices de que sospeche todo el rato de mí y me diga que pertenezco a los Skinhead. Asegura no creerse que esto sea una calva de verdad. O que me llame comunista. O dictador de cualquier bando.

—Pues yo, como vuelva a cambiar de sitio los muebles del salón para oponerse al orden establecido le abraso su libertad individual.

—Seguro que al final nos vuelve a todo locos y esto es un caos, aunque puede que seamos felices y comamos perdices y todo sea maravilloso, pero lo más seguro es que sea una auténtica mierda todo, y…

La cuarta habitación se queda vacía.

A principios de marzo llega el Gafas

—Oye, pues de momento no va tan mal la cosa, aunque de pronto puede volverse horrible y ser nefasta la convivencia y morir todos, pero seguro que no, que va a ser genial.

—Sí, el tipo no me mira raro ni sospecha de mí, como hacen todos los demás. Lo que no entiendo es por qué le llaman el Gafas si no lleva gafas.

—Mmmm… a lo mejor se las han quemado.

—Os estoy oyendo y no me llaman El Gafas sino El Gafe. Y, por cierto, hace un par de minutos ha dicho Pedro Sánchez en la tele que entramos en confinamiento hasta nuevo aviso. ¡Ah! Y se acaba de romper la cisterna del baño.



Podéis leer todos los relatos en la página de la autora https://monicarouanet.com/ o escucharlos en la voz de Carmen Ramírez de Cadena Díal

miércoles, 29 de abril de 2020

Nunca fuimos héroes de Fernando Benzo





Sinopsis:

Gabo es un comisario de policía retirado que ha dedicado toda su carrera a la lucha contra el terrorismo. Harri es un terrorista que ha pasado los últimos veinte años en Colombia tras conseguir escapar de numerosos intentos de captura.

Cuando los servicios de inteligencia españoles descubren que Harri ha vuelto a Madrid, el comisario general de Información le pide a su antiguo amigo y subordinado, Gabo, que averigüe extraoficialmente el motivo de su regreso. Aunque se había prometido mantenerse alejado de su antigua vida, la vieja fijación por detener a Harri y saldar cuentas pendientes arrastra a Gabo a iniciar una investigación en la que se cruzará con las redes internacionales de narcotráfico, el crimen organizado, el yihadismo y el oscuro mundo de los confidentes.

El policía, atrapado en una vigilancia obsesiva, establecerá una perturbadora relación personal con el terrorista que le hará revivir un pasado que ha luchado por olvidar. Las viejas heridas se reabrirán. La frustración de los atentados, la tensión de las operaciones, los compañeros que quedaron en el camino, los años de la guerra sucia y una historia de amor nunca olvidada regresarán a su memoria.
Una joven inspectora de Estupefacientes, Estela, ayudará a Gabo en su búsqueda, conscientes de que se les está agotando el tiempo para impedir que Harri cometa un nuevo crimen.

Nunca fuimos héroes es una apasionante novela policíaca de ritmo e intriga creciente, un emocionante recorrido por nuestro pasado más doloroso y una reflexión profunda y conmovedora de los últimos cuarenta años de la historia de España.

El autor:

(Madrid, 1965). Desde que a los 23 años publicara Los años felices (Premio Castilla-La Mancha), no ha dejado de escribir. Durante algunos años se centró en el relato. Tras recibir numerosos premios, sus principales cuentos quedaron reunidos en el libro Diez cuentos tristes. Regresó a la novela con Mary Lou y la vida cómoda (Premio Kutxa – Ciudad de Irún) y desde entonces ha publicado La traición de las sirenas, Después de la lluvia (Premio Ciudad de Majadahonda), Los náufragos de la Plaza Mayor, Nunca repetiré tu nombre y Las cenizas de la inocencia. En los últimos años se ha dedicado a la gestión cultural pública y ha sido subsecretario de Educación, Cultura y Deporte y secretario de Estado de Cultura. Nunca fuimos héroes fusiona su pasión por la novela policiaca con sus experiencias y conocimientos de la lucha antiterrorista, en una mezcla inseparable de ficción y realidad.

Mi opinión:

A pesar del tema de la novela, la historia de un policía retirado que ha vivido en activo lo más crudo de la lucha contra ETA en el País Vasco, es un thriller, que va alternando la investigación que lleva a cabo Gabo, en la actualidad, con sus recuerdos.

Pero no estamos ante una historia más sobre el tema, porque no es tanto el relato de unos acontecimientos cercanos, sino los sentimientos de sus protagonistas, el compañerismo, el amor, el odio, el miedo, la frustración, la venganza, la envidia, la amistad.

Una novela dura, difícil de leer, con una mezcla de realidad y ficción tan bien creada que es difícil de distinguir, en la que se nos plantean situaciones tan complicadas que marcarán a sus protagonistas para toda la vida. La lealtad enfrentada a la culpabilidad, el deber enfrentado al miedo.

El perfil de los personajes, sobre todo de Gabo, es magnífico, conseguimos conocer hasta sus más íntimos pensamientos.

Tampoco deja de lado el terrorismo yihadista, las conexiones entre el terrorismo internacional y el terrorismo de Estado.

Consigue una historia sólida, con varios giros muy buenos. Según se va «agotando» la narración de los recuerdos de Gabo, va creciendo la intensidad de la trama policiaca, cerrando con un buen final.

Es una novela muy interesante. Merece la pena.


Almudena Gutiérrez