lunes, 13 de enero de 2020

Líneas al pasado


Hoy nos cede este relato María Reig, periodista y escritora, autora de la novela Papel y Tinta.


Líneas al pasado

Cuando se despertó aquel día, no sabía que terminaría escribiendo unas líneas a su pasado. A la persona que solía ser cuando tenía dieciocho años. A esa niña inquieta con más incógnitas que certezas. Se sentó en el escritorio y alcanzó una de las últimas libretas que habían llegado a su colección. Se trasladó a aquella noche de abril, regresando de Madrid en el coche de una amiga, escuchando The One That Got Away de Katy Perry. Comenzó a escribir:

Me dirijo a ti, sí, a ti. Sé que estás demasiado ocupada reflexionando, mirando por la ventanilla del asiento trasero, dejando que la melodía te cuente lo que llevas tiempo sospechando. Entiendo que estás asustada, te acabas de dar cuenta de que la historia de supuesto amor a la que llevas meses dando tu energía no tiene más futuro que ese trayecto en coche. Esa noche también te han dado una mala noticia que te ha hecho despertar del letargo de la adolescencia. No era de nadie excesivamente cercano, pero has pensado, de pronto: «esto de vivir va en serio».
Sé que llegarás a casa y seguirás en ese coche. Y volverás a repasar tus conclusiones. Estás en lo cierto, no hay nada que hacer. Pero te prometo que las lágrimas que te acompañarán cuando, por fin, tengas el valor de afrontar que aquel que solía hacerte reír robó tu corazón en vano, serán pasajeras. Se esfumarán como la breve historia que quedará en tu mente después de todo. Y las risas no tardarán en aparecer. Aunque te parezca increíble.

Quiero que aprendas de cada tropiezo, pero que no te bloquee la inseguridad. Sabes que es nuestra perenne compañera, aunque, con los años, tiende a aparecer de forma menos constante. Te esperan los mejores y peores episodios en los próximos tiempos. Cada cual, con sus grises. No te olvides nunca de los grises. Recuerda siempre dónde están los importantes, las personas que cuentan, que no restan. Porque suelen ser el denominador común de la felicidad. Y, sobre todo, no tengas miedo a sentir. Porque de sentimientos y emociones es de lo que están hechos nuestros recuerdos. De hecho, es de lo que estás hecha tú. Mi recuerdo de mí.

María Reig



lunes, 6 de enero de 2020

DEL 4 DE ENERO DE 2020

Hoy nuestro relato es el diálogo que ha mantenido Eduardo Valero con Benito Pérez Galdós, en el día del centenario del fallecimiento del insigne escritor.





DIÁLOGO DE UNO CON GALDÓS

¡Don Benito, pare ya! ¡Que le ha entrado la risa floja y le va a dar algo!

Claro que es para reírse, y son muchos los motivos para que esté usted tan pletórico, aunque algunas cosas le causen poca gracia.

Sí señor, solo dos guindillas con traje de gala custodiaron su réplica en piedra. Una coronita, mil fotos, un discursito y Echanove dando voz a sus textos. Luis, como siempre agradeciendo, o poniendo en su sitio al que mea fuera del tiesto.

¿La Banda municipal? Ya imaginaba usted que no estaría…, son otros tiempos Don Benito. Veo que no le sorprende. Bueno, en su lugar de reposo al menos hubo un chelo.

Pudo haberse hecho mejor siendo la celebración de su paso a la eternidad y su regreso al corazón del pueblo; también pudo no haberse hecho o pasar sin pena ni gloria, pero… Comprendo que no le importe. Visto lo visto, a estas alturas nada ha de sorprenderle.

Sí, sé perfectamente lo que opina de la política y los políticos.

¿Qué siempre le estoy dando la razón? ¡Por supuesto! Siempre la tuvo usted y, por desgracia, la seguirá teniendo.

¿Qué es ese brillito en los ojos, señor? Ah, los chiquillos…, los retoños que se fueron sucediendo después de su María. Entrañables, ¿verdad? Depositando un librito de los suyos en la biblioteca popular con esas manitas inocentes y mirada de asombro. Sí, sí, también creo que le sentían a usted. Muchos le han sentido cerca, tanto como lo estuvo de su bisnieto y sus tataranietos; tanto como lo estuvo de sus admiradores; tanto como lo estamos usted y yo desde hace tiempo.

¿Otra vez la risa? ¡Hoy está usted que se sale!

Ya sé por dónde va. Tengo la costumbre de indicar el lugar que ocupó el día de la inauguración del monumento. Dan un brinco cuando les digo que están parados sobre el punto exacto donde usted estuvo. ¡Jajajaja! Ríase, ríase.

Tiene razón otra vez, ha sido un día feliz. En el cocido en su honor los comensales así se mostraron. Todos felices, alegres, emocionados. ¿Qué usted también? ¡Me alegro mucho!

Cuánto hablamos entre cucharada y sorbo. Cuánto aprendimos y cuánto enseñamos.

Sí que fue muy acertado el comentario de M De Los Angeles sobre la capacidad de German contando historias. ¡Cuánta erudición! ¡Y qué lejos viajó nuestra imaginación intentando recrear sus aventuras!
Coincido con usted en que su bisnieto estaba henchido de satisfacción, contento, feliz de lo que ocurrió durante este día. Y qué decir de Pilar, que festejó su cumpleaños por triplicado, como mínimo.

Qué bueno es vivir, Don Benito; qué bueno que usted viva en nosotros.

¿Qué cuántas veces brindamos? Pues, no lo sé, he perdido la cuenta; creo que seis o siete veces o más. Con morapio madrileño, sí, y con cerveza, café y cava.

¡Bueno, hombre!, de alguna manera teníamos que aclarar la garganta después de tanto nombrarle.

Una docena de personas en rededor de la mesa, en el epicentro de su Madrid, hablando de usted, queriéndole a usted, respetándole y defendiéndole, como lo hizo usted con este pueblo.

Sí, ya lo sé…, los banquetes son un coñazo. Sabe usted bien que esta no era una de esas comilonas de sus tiempos sino un íntimo y humilde reencuentro con su descendencia y con unos cuantos amigos enamorados de Madrid y de usted.

Permítame que le recuerde que se apunta usted a cada uno de los que convoca Juan Carlos y este menda. Intuyo que en esta ocasión le ha resultado especialmente emotivo.

Don Benito, son más de las cinco de la madrugada del 5 de enero. Ya pasó el trance. En pocas horas el pueblo madrileño se acercará a ver la quieta y fría figura del que fue gloria nacional. Van a despedirse de usted los que ahora también son espíritus. ¿Le duele? Ya lo sabía yo…, a todo se acostumbra cuerpo y alma.

¿Qué no quiere marcharse? ¡¿Pero cuándo se ha marchado usted?! ¡Le tuvieron escondido, Don Benito! Esa panda de mentecatos, de zoquetes que el Altísimo tenga en su gloria.

Usted siempre está.

Mire allí. Observe aquella esquina, aquella calle y esos edificios. Eche un ojo a esa jovenzuela que transita y a esos dos pollos pera que se lucen; al tendero de este comercio ya irreconocible y al que bajo cartones duerme su pena. Todo eso es Madrid, de arriba abajo, de puerta a puerta, de tierra a cielo. Todo eso es la historia, la intrahistoria en cientos de páginas, la realidad nunca mejor contada.

Todo eso es usted Don Benito.

Jamás marchó de aquí.

¿Fumamos?

Eduardo Valero