miércoles, 14 de abril de 2021

«Las largas sombras» de Elia Barceló




 

Roca Editorial

¿Puede algo sucedido hace más de treinta años cambiar radicalmente la vida de un grupo de amigas? ¿En qué han quedado los sueños y esperanzas de unas chicas que en 1974 tenían diecisiete años?

«Al final de su vida, se ha dado cuenta de que los secretos destruyen; de que hay que iluminar los rincones para que no haya sombras; que en las sombras se ocultan los monstruos.»

 

Rita, regresa a su pueblo en Alicante después de muchos años de ausencia. Se dirige a casa de Lena, una de las amigas de entonces, pero la posibilidad de un feliz encuentro se ve truncada por una imagen horrible e inesperada: Rita encuentra a Lena muerta en el baño de su casa. Lo que empieza pareciendo un suicidio, se convierte después de algunas investigaciones, en un posible asesinato. Rita decide entonces reunir a las amigas de entonces para hablar de lo ocurrido. A partir de aquí, se iniciará el reencuentro de este grupo de amigas que hace 33 años que no se ven, después de que un terrible suceso las separara y marcara su vida para siempre. Porque el pasado siempre vuelve, siempre está oculto detrás de nosotros, pero a veces se nos muestra como un pliego más del presente.

Elia Barceló (Alicante, 1957)

Se la considera una de las escritoras más versátiles de la narrativa española y es una de las autoras de mayor prestigio en el ámbito del fantástico y la ciencia ficción.

Ha publicado treinta novelas, realistas, criminales, históricas..., unas para adultos y otras para jóvenes, y unos setenta relatos, en España y en el extranjero. Ha sido traducida a veinte idiomas con gran éxito de público y crítica, consolidándose como una de las voces españolas más internacionales de la narrativa actual. Es autora de obras de gran éxito como El color del silencio, El secreto del orfebre, Las largas sombras, El eco de la piel y La noche de plata.

Ha obtenido numerosos premios. Acaba de serle concedido el Premio Nacional de Literatura Infantil y Juvenil 2020 por El efecto Frankenstein.

Durante muchos años fue profesora de Estudios Hispánicos en la Universidad de Innsbruck, en Austria. Ahora se dedica a la escritura a tiempo completo.

Mi opinión:

Esta novela, que abarca treinta y tres años de la vida de un grupo de amigas, «las chicas del 27», es una historia desgarradora, llena de misterios, de secretos guardados muchos años que han ido lacerando la vida de estas mujeres. Pero la historia va mucho más allá, nos perfila, con todos los detalles necesarios, cómo son cada una de las chicas/mujeres con las que nos vamos encariñando según las vamos conociendo mejor.

¡Qué bien sabe Elia Barceló retratar a las mujeres de nuestra edad!, la de ella, la mía, las que nacimos a finales de los cincuenta o principios de los sesenta y vivimos nuestra adolescencia en los años finales de la dictadura franquista, cuando todavía estaba casi todo prohibido pero ya nos empezábamos a abrir al mundo.

La autora nos va narrando, magistralmente, los cambios de esas chicas que vivieron su viaje fin de curso en el verano del 74, antes de despedirse para ir a la Universidad, para realizar sus sueños… Y cómo son ahora, treinta y tres años después, con unas vidas hechas, felices o infelices, arrastrando un pasado que no todas han sabido esconder en su memoria de la misma manera.

Nos va dosificando los secretos, los de antes y los de ahora, inserta unos diálogos magníficos, nos hace reflexionar, ponernos en el lugar de cada una de ellas. ¿Qué habríamos hecho en cada una de las situaciones que cuenta? ¿Cómo habríamos actuado?

Una historia potente, unos personajes magníficos, una ambientación impecable, unos giros de la historia muy buenos y un final que nos deja con la boca abierta y no queriendo cerrar el libro.

Una maravilla que os recomiendo leer.

Almudena Gutiérrez


lunes, 12 de abril de 2021

Recordando a Fernán Caballero

 

LA ENTREVISTA SOÑADA

Doña Cecilia Böhl de Faber y Ruiz de Larrea.Dicho así, a muchos les resultará desconocida, pero si os digo que tengo delante a Fernán Caballero ya será otra historia.

CMA ―Buenas noches y muchas gracias por acceder a esta entrevista. Mi primera pregunta es saber cómo quiere que me dirija a usted.

FC ―Naturalmente, como doña Cecilia o señora Faber      .

CMA ― ¡De acuerdo, doña Cecilia! ¿Dónde y en qué fecha se produjo su nacimiento, porque a pesar de su seudónimo, usted no es…, vamos a decir, española del todo?

FC ― Así es. Nací en Morges, una pequeña ciudad suiza a orillas del lago Leman, muy cerca de Lausana, un 24 de diciembre de 1.796. Mi padre era nacido en Hamburgo y se llamó Juan Nicolás Böhl, él era por entonces el director de  «Bölh Hermanos», empresa fundada en Cádiz por sus padre, que fue un gran hispanista de extraordinaria relevancia para el redescubrimiento del Siglo de Oro, particularmente de su autor preferido: Don Pedro Calderón de la Barca, de cuyas obras hizo varias traducciones. También mi padre fue un hombre muy preparado culturalmente y hábil para los negocios y las relaciones diplomáticas; fue cónsul del Rey de Prusia, Federico Guillermo III, apoderado de las bodegas de Sir James Duff y de su sobrino Mr. William Gordon que se encontraban en el Puerto de Santa María, ciudad que entonces mantenía importantes relaciones comerciales con Hamburgo. Le encantaba Andalucía y fue en Cádiz donde conoció a mi madre: Francisca Javiera Ruiz de Larrea y Aheran, hija de vasco e irlandesa, y conocida como «Frasquita Larrea», que siempre tuvo un gran interés por la lectura, la política y la escritura, lo que la llevo a tener amistad con intelectuales. Ella se había educado en Francia e Inglaterra y su pasión era escribir, siendo la impulsora de las famosas tertulias en aquel Cádiz de las Cortes, tan importante como capital de negocios y muy bien relacionada con ingleses, alemanes, franceses, etc. Cuando se casaron se trasladaron a Morges que, como le he dicho, es donde yo vine al mundo.

CMA ―¿Por qué y cuándo decidió cambiar su nombre?

FC ― A la vista de las dificultades de la época. Las mujeres éramos meros objetos decorativos, lo que suponía que intentar publicar una obra era prácticamente imposible. Un día, viendo un mapa, me encontré con el nombre de Fernán Caballero, población de la provincia de Ciudad Real. Me gustó, sonaba tajante y tenía sabor caballeresco. Nunca supe quién pudo ser aquel personaje que dio nombre a un pueblo, pero seguro que debió de ser importante. Decidí cambiar de cara al público las faldas por las calzas masculinas.

CMA― ¿Le resultó muy duro vivir en España?

FC ― Me gustaba viajar y siempre consideré que el mundo era muy grande como para pertenecer únicamente a un sitio. Cierto que mis primeros años pasaron en Hamburgo, ya que quedé al cuidado de mi padre después del traslado de mi madre y mis hermanos al Puerto de Santa María. No era fácil en ningún lugar luchar contra la misoginia existente, pero Alemania era más elástica que su país.

CMA ― ¿Qué encontró cuando llegó a España y concretamente a Andalucía?

FC ― Como primer inconveniente, la dificultad del idioma, que empecé a estudiar inmediatamente. Pero con lo que no me enteraba de nada era con la jerga de los andaluces, nada que ver con mi primera lengua que era el alemán; también hablaba francés ya que mi padre me había enviado a un pensionado donde únicamente se hablaba aquella lengua. Allí adquirí no sólo el idioma, también el conocimiento y la educación en el catolicismo, aunque la religión era en España mucho más constreñida que en Alemania donde el protestantismo y el luteranismo vivían junto al catolicismo sin que nadie se rasgara las vestiduras.

CMA ― Contrajo matrimonio a los veinte años con Don Antonio Planells y Bardají que, por su carrera de militar con el grado de capitán de infantería, fue destinado a Puerto Rico. ¿Cómo fue su vida al otro lado del Atlántico?

FC ― No duró demasiado la felicidad, pues al poco tiempo de llegar a la colonia falleció mi esposo y quedé totalmente sola, al amparo del Capitán General que me acogió en su casa como a una más de la familia, pero no fui un huésped muy agradable ya que caí en una depresión hasta que pude volver a España en 1.818 y trasladarme a Hamburgo, donde viví bajo los cuidados de mi abuela. Una vez superado aquel período regresé al Puerto de Santa María donde el sol y el carácter andaluz ayudaron a mi recuperación, terapia de la que también formó parte el que sería mi segundo marido, Don Francisco de Paula Ruiz del Arco, Marqués de Arco Hermoso, gran hombre y gran político de ideas liberales. Nos casamos en Sevilla y en nuestra casa de aquella ciudad sosteníamos, ambos, tertulias con personalidades relevantes de la sociedad española y extranjera. Así conocí a Washington Irving. Era simpático y buen conversador, llevaba ese nombre por la admiración que sus padres sentían por el que fue primer presidente de los Estados Unidos, George Washington. Me gustaba escuchar a Irving, que era también un lector empedernido y un magnífico escritor dentro de la corriente romántica; él también se había enamorado de España, convirtiéndose en un apasionado de Andalucía y el primer hispanista extranjero. Su afán investigador entre todas las clases sociales le llevo a Granada, ciudad de la quedó fascinado y donde conoció al que fue su mayordomo, Mateo Jiménez, quien junto a amigos suyos le dieron a conocer los cuentos y leyendas que encerraba la Alhambra, donde tuvo la suerte de vivir. De allí nació su maravilloso libro «Cuentos de la Alhambra».

»Fue un acierto tener tantos amigos porque cuando Francisco falleció a causa del cólera y de una tisis que no pudo resistir y sin haber tenido hijos, fueron los amigos y la escritura lo que me llevaron a superar mi segunda viudez.

CMA ― ¡Ya! ¿Repitió matrimonio?

FC ― Sí, sí, contraje nuevas nupcias porque no quería estar sola. Mis relaciones con mi madre no eran buenas, yo era demasiado independiente para la época, pensaba que sobre mi vida la única que debía decidir era yo, algo con lo que ella no estaba muy de acuerdo.

»Conocí a Don Antonio Arrom de Ayala, dieciocho años más joven que yo, lo que supuso un escándalo, pero sería a través suya como mis obras vieron la luz.

CMA ― Había quedado impresionada por el folclore andaluz y varias de sus novelas están impregnadas de coplas y cuentos. ¿Triunfó al publicar?

FC ― Escribía sobre lo que vivía y observaba. «La Gaviota», por ejemplo, narra la historia de un triunfo y un enorme fracaso. La escribí en francés y se tradujo al español siendo publicada por entregas en El Heraldo, periódico de gran tirada. Quería salir del tópico del romanticismo europeo, ofrecer una imagen de la mujer diferente al prototipo de abnegada esposa y madre. Quería hablar de los campesinos, de su vida sencilla y sus aldeas. En «La familia Alvareda» tuve oportunidad de mostrar los refranes y coplas que tanto me gustaban y, por fin, pude publicar «Clemencia» en un volumen. En esta obra defendía la necesidad de instruir a las mujeres demostrando que la lectura era primordial y necesaria para la instrucción.

CMA ― Pero «Clemencia» no tuvo éxito, ¿qué le aportó ese mal recibimiento?

FC ― Aportó no solo mi desolación, también la ruina económica a mi matrimonio. Ya se había descubierto quién era Fernán Caballero, no importaba si la obra era buena o mala, escrita por hombre o mujer, fue catastrófico. Mi marido enfermó y su tuberculosis, sumada a los problemas económicos, le llevaron al suicidio. Quedé sola, arruinada totalmente y sin saber que hacer; ni tan siquiera podía volver la cara a mi padre que ya había fallecido. Los Duques de Montpensier y S.M la reina Isabel II me protegieron concediéndome una vivienda en el Patio de Banderas del Alcázar sevillano.

CMA ― ¿Qué sintió ante esa terrible situación?

FC ― Fui consciente de que mi hora de escritora había llegado a su fin. Aparecieron autores realistas que cambiaron el panorama literario, según algunas personas eran intelectualmente superiores a todos los que habíamos escrito hasta entonces. Por ello quiero darle las gracias al haberse interesado por mí, me siento orgullosa de que todavía se me recuerde.

CMA ― Doña Cecilia, soy yo quien en nombre de la «Revista Pasar Página», y en el mío propio, quiere darle mis más sinceras gracias.        

FC ― Pasar Página, renovarse y seguir. ¡Me gusta ese nombre! Sigan pasando páginas, ¡por favor! y gracias de nuevo.

Carmen Martín Audouard


Esta entrevista se publicó en el número 19 de la Revista Pasar Página


 

lunes, 5 de abril de 2021

Recordando una entrevista soñada: Francisco de Quevedo

 

Don Francisco, me ha costado mucho trabajo que accediera a esta entrevista, usted siempre tan amable con las damas, pero así y todo quiero darle las gracias, aunque no sé si la primera pregunta va a ser muy de su agrado.




Francisco Gómez de Quevedo Villegas y Santibáñez Cevallos conocido como Francisco de Quevedo, fue un escritor español del Siglo de Oro.  Nació en Madrid el 14 de septiembre de 1580 y falleció en Villanueva de los Infantes, Ciudad Real, el 8 de septiembre de 1645. Fue bautizado en la parroquia de San Ginés, que hoy todavía existe y donde figura una placa haciendo constar el hecho. Su padre era el secretario particular de la princesa María, hija del Emperador Carlos I de España; más tarde lo sería de la reina doña Ana, esposa de Felipe II, mientras su madre era dama de la reina. Usted se formó en el Colegio Imperial de los jesuitas y en la Universidad de Alcalá. Es cierto que usted nació con dos defectos físicos: sus pies deformados y su miopía, lo que le llevaron a una infancia solitaria.

 

CMA — ¿Fue usted una persona acomplejada debido a esos defectos y fueron estos los que marcaron su mal carácter?

FdQ —Yo nunca he tenido mal carácter; he sido un hombre serio, recto, y casi «religioso» Lo que pasó es que nunca toleré que nadie dudara de mi valía intelectual, en cuanto a mis defectos ¿quién es tan cretino que se cree perfecto?

CMA — Es de ahí de donde nace su enemistad con Góngora ¿Por qué? si ustedes eran dos buenos escritores cada uno en su estilo.

FdQ — Mal empezamos señora si usted tiene la osadía de compararme con ese llamado… escritor.

CMA — No puedo creer que todavía al cabo de los siglos dure esa enemistad entre ustedes.

FdQ — Pues durará por los siglos de los siglos. No puedo permitir a nadie que niegue, entre otras muchas cosas que yo, yo, sabía griego y que además lo ponga, vamos a decir en verso, de forma tan hortera ¿por qué supongo que usted habrá leído mi obra, si no toda, sí en parte? Ese verso ridículo burlándose de mi cojera y mis lentes, que nunca olvidaré:

«Anacreonte español, no hay quien os tope

que no diga con mucha cortesía

que ya vuestros pies son de elegía

que vuestras suavidades son de arrope»

Ahí, habla de mis pies y más tarde en el colmo de la vulgaridad dice:

«Decía que no habíais mirado el griego.

Prestádselo un rato a mi ojo ciego,

porque a luz saque a ciertos versos flojos,

y entenderéis cualquier gregüesco luego/»

¿Qué os parece?

CMA —Mal, me parece mal, pero usted había escrito antes un verso insultante para llamarle judío,  que era lo peor que se podía llamar a alguien en aquella época, mencionando:

«Yo te untaré mis obras con tocino

porque no me las muerdas Gongorilla.»

¿Usted quiso en algún momento  minar la reputación de Góngora?

FdQ — Nunca he necesitado mermar la reputación de nadie. Yo he sido, junto a Lope y más tarde Cervantes, creador de lo que se ha llamado el Siglo de Oro, aunque también incluyen a «Gongorilla» entre otros ¿Ha podido alguien igualarnos después?

CMA —Usted tuvo que renunciar a la autoría de algunas cosas de  mal gusto que había escrito y que corrían como la espuma, e incluso denunciarlas a la Inquisición, no solo para impedir que se publicasen, sino para que no se hicieran ricos los impresores. Y escribió una obra que ha llegado a nuestros días La vida del Buscón, donde, con cierto humor escabroso, hay explícitos pasajes que avergonzaban en la época.

FdQ —Yo he escrito lo que se leía, aunque la gente lo negara. El sexo era de tapadillo y sin embargo, no se si hubo o ha habido otra época, donde nacieran tantos hijos que no lo fueran de los maridos de sus madres.

CMA — ¿Fue usted un confabulador a favor del Duque de Osuna?

FdQ —Tuve una gran amistad con Pedro Téllez-Girón, el Gran Duque de Osuna. Le acompañé como secretario por distintas ciudades europeas y me pareció que él debía de ser virrey de Nápoles. Yo estaba integrado entonces en el entorno del Duque de Lerma y le pedí el favor. Cuando volvimos a Italia Pedro me encargó dirigir y organizar la Hacienda del Virreinato de Nápoles y, entre otras, cosas fui muy bien recibido por la «Academia de los Ociosos» que patrocinaba y protegía mi amigo el Duque. La verdad es que en aquella época fui un hombre importante.

CMA —Don Francisco a la caída de Osuna ¿qué pasó con usted?

FdQ — Como hombre de confianza fui arrastrado con él. Me desterraron en 1620 a la Torre de Juan Abad, en Ciudad Real. Mi madre antes de fallecer había comprado con los ahorros de toda su vida el señorío para mí, pero los vecinos no reconocieron la compra y tuve que pleitear interminablemente con el Concejo, sin llegar a ver la resolución a mi favor, que se generó después de mi muerte a favor de mi sobrino y heredero Pedro Alderete.

CMA —Usted que siempre fue misógino, nunca estuvo de acuerdo con que se le otorgara a Teresa de Ávila el segundo patronazgo de España.

FdQ — Mire señora, hay que ser realistas. Una mujer no está llamada a ciertas cosas como son las artes pictóricas, escultóricas o las letras, entre otras muchas. Las mujeres deben dedicarse a llevar sus casas, a sus maridos y a sus hijos, y si quedan solteras, su mejor destino debe ser el convento, donde sus oraciones, que no supuestas visiones, que para eso son ustedes bastante histéricas, y perdone el adjetivo; como le decía, sus oraciones deben valer para la salvación de las almas que han quedado fuera del claustro.

CMA — ¿Qué supuso para usted la llegada de Felipe IV al trono y el válido Conde Duque de Olivares?

FdQ — De momento, el Rey nuestro señor, que Dios tenga en su Gloria, levantó mi castigo y pude volver a la política y a la Corte. Acompañé a S.M., que era muy joven, en algún que otro viaje y correría, que de todo hubo.

CMA —Usted llevaba una vida un poco desordenada, con 50 años se mantenía soltero, le gustaba fumar y mucho, acudía a las tabernas y a pesar de vivir amancebado frecuentaba los lupanares.

FdQ —Veo que ustedes las mujeres a pesar de los años transcurridos, que son bastantes, han cambiado poco. Siguen inmiscuyéndose en la vida de los hombres. Me gustaba mi vida y mi libertad. Yo tenía una barragana, e iba de meretrices porque me apetecía, pero no, siempre aparece alguna queriendo enmendar la plana. La mujer de mi amigo el Duque de Medinaceli le hostigó para que me obligara a casarme y ¡voto a …! que lo consiguió. Me casé con una viuda que tenía hasta hijos, Doña Esperanza de Mendoza se llamaba, pero claro, también quiso cambiar mis hábitos y ¡ah no! Eso sí que no lo consentí. El matrimonio duró apenas tres meses. Yo llevaba una vida cultural muy activa, de la que salieron muchas de mis obras La cuna y la sepultura y la traducción de La introducción a la vida devota, de Francisco de Sales, entre otras muchas.

CMA —Pero ¿usted fue de nuevo detenido?

FdQ — Sí señora mía, la envidia ha sido siempre en España lo más practicado por todo tipo de gentes, desde el pobre analfabeto hasta el más alto de los personajes de la Corte. En 1639, debajo de la servilleta de su Sacra Majestad Felipe, apareció un memorial denunciando la política del Conde Duque de Olivares y yo, como íntimo suyo, fui detenido y llevado al Convento de San Marcos en León. Previamente se confiscaron todos mis libros y estuve en aquel monasterio hasta que me retiré a Loeches en 1613.

CMA — ¿A qué dedicó su tiempo en aquellos cinco años?

FdQ —A rezar y a leer buenos y malos autores; porque no hay ningún libro por despreciable que sea que no tenga alguna cosa buena. De unos y otros procuré aprovecharme, de los malos para no seguirlos y de los buenos para procurar imitarlos. Así y todo a mis 63 años tenía cerca la muerte y procuré meditar buscando consuelo en la filosofía.

CMA — Escribió obras satíricas, morales, festivas, teatro, poesía, obras políticas, ascéticas, filosóficas, crítica literaria, epistolarios, traducciones y no dejó, como diríamos ahora en el siglo XXI, «títere con cabeza». Usted fue un genio ¿lo sabe?

FdQ — Claro, naturalmente que lo sé. Junto con Lope fui uno de los mejores escritores que se dieron en el Siglo de Oro y que no ha tenido parangón, aunque creo que tanto Lope como yo estamos de capa caída.

CMA — Usted y Lope de Vega junto con Don Miguel de Cervantes, no podrán ser nunca olvidados. Sería injusto y una terrible pérdida cultural para las generaciones venideras. Se les recuerda por sus obras, sus estatuas, los ensayos sobre ustedes escritos por grandes hombres de letras contemporáneos, incluso les conocemos a través de los cuadros que les pintaron. Son ustedes los padres de las letras españolas en el mundo entero.

FdQ —Muchas gracias en mi nombre y en el de mis amigos, aunque la verdad es que ni Lope ni yo nos llevamos demasiado bien con Cervantes.

CMA — Ahora que una mujer ha tenido el placer de entrevistarle, junto con el propio valor que da la falta de seso, porque de ustedes han hablado los personajes más eruditos de las ciencias y las letras de todos los siglos, ahora quiero hacerle una última pregunta. Escribió usted una Epístola satírica a Don Gaspar de Guzmán, Conde Duque de Olivares, donde usa el retruécano, figura que me fascina. Esa epístola que me parece de gran moralidad con uno mismo en muchos de sus versos y que en otros es de advertencia a la vez que contesta muchos porqués, es muy larga, pero le diré los primeros versos que sé de memoria:


«No he de callar por  más que con el dedo,

ya tocando la boca o ya la frente,

silencio avises o amenaces miedo.

¿No ha de haber un espíritu valiente?

¿Siempre se ha de sentir lo que se dice?

¿Nunca se ha de decir lo que se siente?»

 

FdQ — Señora, dé usted a leer y pensar esos versos a más de uno, y si uno solo los lleva a cabo, no tenga duda que el mundo habrá ganado un valiente. Y no dude que es más importante para uno mismo, decir lo que se siente que sentir lo que se dice.

CMA —Don Francisco muchas, muchísimas gracias por atenderme y, como decían los autores pidiendo benevolencia de forma más o menos chistosa en las despedidas de los sainetes:

«Y aquí termina el sainete;

perdonad sus muchas faltas»

Personas como usted no deberían morir nunca. Gracias por su legado.

FdQ — En total acuerdo con usted. Siempre a sus pies señora.


Carmen Martín Audouard


Esta entrevista fue publicada en el número 6 de la Revista Pasar Página