miércoles, 14 de abril de 2021

«Las largas sombras» de Elia Barceló




 

Roca Editorial

¿Puede algo sucedido hace más de treinta años cambiar radicalmente la vida de un grupo de amigas? ¿En qué han quedado los sueños y esperanzas de unas chicas que en 1974 tenían diecisiete años?

«Al final de su vida, se ha dado cuenta de que los secretos destruyen; de que hay que iluminar los rincones para que no haya sombras; que en las sombras se ocultan los monstruos.»

 

Rita, regresa a su pueblo en Alicante después de muchos años de ausencia. Se dirige a casa de Lena, una de las amigas de entonces, pero la posibilidad de un feliz encuentro se ve truncada por una imagen horrible e inesperada: Rita encuentra a Lena muerta en el baño de su casa. Lo que empieza pareciendo un suicidio, se convierte después de algunas investigaciones, en un posible asesinato. Rita decide entonces reunir a las amigas de entonces para hablar de lo ocurrido. A partir de aquí, se iniciará el reencuentro de este grupo de amigas que hace 33 años que no se ven, después de que un terrible suceso las separara y marcara su vida para siempre. Porque el pasado siempre vuelve, siempre está oculto detrás de nosotros, pero a veces se nos muestra como un pliego más del presente.

Elia Barceló (Alicante, 1957)

Se la considera una de las escritoras más versátiles de la narrativa española y es una de las autoras de mayor prestigio en el ámbito del fantástico y la ciencia ficción.

Ha publicado treinta novelas, realistas, criminales, históricas..., unas para adultos y otras para jóvenes, y unos setenta relatos, en España y en el extranjero. Ha sido traducida a veinte idiomas con gran éxito de público y crítica, consolidándose como una de las voces españolas más internacionales de la narrativa actual. Es autora de obras de gran éxito como El color del silencio, El secreto del orfebre, Las largas sombras, El eco de la piel y La noche de plata.

Ha obtenido numerosos premios. Acaba de serle concedido el Premio Nacional de Literatura Infantil y Juvenil 2020 por El efecto Frankenstein.

Durante muchos años fue profesora de Estudios Hispánicos en la Universidad de Innsbruck, en Austria. Ahora se dedica a la escritura a tiempo completo.

Mi opinión:

Esta novela, que abarca treinta y tres años de la vida de un grupo de amigas, «las chicas del 27», es una historia desgarradora, llena de misterios, de secretos guardados muchos años que han ido lacerando la vida de estas mujeres. Pero la historia va mucho más allá, nos perfila, con todos los detalles necesarios, cómo son cada una de las chicas/mujeres con las que nos vamos encariñando según las vamos conociendo mejor.

¡Qué bien sabe Elia Barceló retratar a las mujeres de nuestra edad!, la de ella, la mía, las que nacimos a finales de los cincuenta o principios de los sesenta y vivimos nuestra adolescencia en los años finales de la dictadura franquista, cuando todavía estaba casi todo prohibido pero ya nos empezábamos a abrir al mundo.

La autora nos va narrando, magistralmente, los cambios de esas chicas que vivieron su viaje fin de curso en el verano del 74, antes de despedirse para ir a la Universidad, para realizar sus sueños… Y cómo son ahora, treinta y tres años después, con unas vidas hechas, felices o infelices, arrastrando un pasado que no todas han sabido esconder en su memoria de la misma manera.

Nos va dosificando los secretos, los de antes y los de ahora, inserta unos diálogos magníficos, nos hace reflexionar, ponernos en el lugar de cada una de ellas. ¿Qué habríamos hecho en cada una de las situaciones que cuenta? ¿Cómo habríamos actuado?

Una historia potente, unos personajes magníficos, una ambientación impecable, unos giros de la historia muy buenos y un final que nos deja con la boca abierta y no queriendo cerrar el libro.

Una maravilla que os recomiendo leer.

Almudena Gutiérrez


lunes, 12 de abril de 2021

Recordando a Fernán Caballero

 

LA ENTREVISTA SOÑADA

Doña Cecilia Böhl de Faber y Ruiz de Larrea.Dicho así, a muchos les resultará desconocida, pero si os digo que tengo delante a Fernán Caballero ya será otra historia.

CMA ―Buenas noches y muchas gracias por acceder a esta entrevista. Mi primera pregunta es saber cómo quiere que me dirija a usted.

FC ―Naturalmente, como doña Cecilia o señora Faber      .

CMA ― ¡De acuerdo, doña Cecilia! ¿Dónde y en qué fecha se produjo su nacimiento, porque a pesar de su seudónimo, usted no es…, vamos a decir, española del todo?

FC ― Así es. Nací en Morges, una pequeña ciudad suiza a orillas del lago Leman, muy cerca de Lausana, un 24 de diciembre de 1.796. Mi padre era nacido en Hamburgo y se llamó Juan Nicolás Böhl, él era por entonces el director de  «Bölh Hermanos», empresa fundada en Cádiz por sus padre, que fue un gran hispanista de extraordinaria relevancia para el redescubrimiento del Siglo de Oro, particularmente de su autor preferido: Don Pedro Calderón de la Barca, de cuyas obras hizo varias traducciones. También mi padre fue un hombre muy preparado culturalmente y hábil para los negocios y las relaciones diplomáticas; fue cónsul del Rey de Prusia, Federico Guillermo III, apoderado de las bodegas de Sir James Duff y de su sobrino Mr. William Gordon que se encontraban en el Puerto de Santa María, ciudad que entonces mantenía importantes relaciones comerciales con Hamburgo. Le encantaba Andalucía y fue en Cádiz donde conoció a mi madre: Francisca Javiera Ruiz de Larrea y Aheran, hija de vasco e irlandesa, y conocida como «Frasquita Larrea», que siempre tuvo un gran interés por la lectura, la política y la escritura, lo que la llevo a tener amistad con intelectuales. Ella se había educado en Francia e Inglaterra y su pasión era escribir, siendo la impulsora de las famosas tertulias en aquel Cádiz de las Cortes, tan importante como capital de negocios y muy bien relacionada con ingleses, alemanes, franceses, etc. Cuando se casaron se trasladaron a Morges que, como le he dicho, es donde yo vine al mundo.

CMA ―¿Por qué y cuándo decidió cambiar su nombre?

FC ― A la vista de las dificultades de la época. Las mujeres éramos meros objetos decorativos, lo que suponía que intentar publicar una obra era prácticamente imposible. Un día, viendo un mapa, me encontré con el nombre de Fernán Caballero, población de la provincia de Ciudad Real. Me gustó, sonaba tajante y tenía sabor caballeresco. Nunca supe quién pudo ser aquel personaje que dio nombre a un pueblo, pero seguro que debió de ser importante. Decidí cambiar de cara al público las faldas por las calzas masculinas.

CMA― ¿Le resultó muy duro vivir en España?

FC ― Me gustaba viajar y siempre consideré que el mundo era muy grande como para pertenecer únicamente a un sitio. Cierto que mis primeros años pasaron en Hamburgo, ya que quedé al cuidado de mi padre después del traslado de mi madre y mis hermanos al Puerto de Santa María. No era fácil en ningún lugar luchar contra la misoginia existente, pero Alemania era más elástica que su país.

CMA ― ¿Qué encontró cuando llegó a España y concretamente a Andalucía?

FC ― Como primer inconveniente, la dificultad del idioma, que empecé a estudiar inmediatamente. Pero con lo que no me enteraba de nada era con la jerga de los andaluces, nada que ver con mi primera lengua que era el alemán; también hablaba francés ya que mi padre me había enviado a un pensionado donde únicamente se hablaba aquella lengua. Allí adquirí no sólo el idioma, también el conocimiento y la educación en el catolicismo, aunque la religión era en España mucho más constreñida que en Alemania donde el protestantismo y el luteranismo vivían junto al catolicismo sin que nadie se rasgara las vestiduras.

CMA ― Contrajo matrimonio a los veinte años con Don Antonio Planells y Bardají que, por su carrera de militar con el grado de capitán de infantería, fue destinado a Puerto Rico. ¿Cómo fue su vida al otro lado del Atlántico?

FC ― No duró demasiado la felicidad, pues al poco tiempo de llegar a la colonia falleció mi esposo y quedé totalmente sola, al amparo del Capitán General que me acogió en su casa como a una más de la familia, pero no fui un huésped muy agradable ya que caí en una depresión hasta que pude volver a España en 1.818 y trasladarme a Hamburgo, donde viví bajo los cuidados de mi abuela. Una vez superado aquel período regresé al Puerto de Santa María donde el sol y el carácter andaluz ayudaron a mi recuperación, terapia de la que también formó parte el que sería mi segundo marido, Don Francisco de Paula Ruiz del Arco, Marqués de Arco Hermoso, gran hombre y gran político de ideas liberales. Nos casamos en Sevilla y en nuestra casa de aquella ciudad sosteníamos, ambos, tertulias con personalidades relevantes de la sociedad española y extranjera. Así conocí a Washington Irving. Era simpático y buen conversador, llevaba ese nombre por la admiración que sus padres sentían por el que fue primer presidente de los Estados Unidos, George Washington. Me gustaba escuchar a Irving, que era también un lector empedernido y un magnífico escritor dentro de la corriente romántica; él también se había enamorado de España, convirtiéndose en un apasionado de Andalucía y el primer hispanista extranjero. Su afán investigador entre todas las clases sociales le llevo a Granada, ciudad de la quedó fascinado y donde conoció al que fue su mayordomo, Mateo Jiménez, quien junto a amigos suyos le dieron a conocer los cuentos y leyendas que encerraba la Alhambra, donde tuvo la suerte de vivir. De allí nació su maravilloso libro «Cuentos de la Alhambra».

»Fue un acierto tener tantos amigos porque cuando Francisco falleció a causa del cólera y de una tisis que no pudo resistir y sin haber tenido hijos, fueron los amigos y la escritura lo que me llevaron a superar mi segunda viudez.

CMA ― ¡Ya! ¿Repitió matrimonio?

FC ― Sí, sí, contraje nuevas nupcias porque no quería estar sola. Mis relaciones con mi madre no eran buenas, yo era demasiado independiente para la época, pensaba que sobre mi vida la única que debía decidir era yo, algo con lo que ella no estaba muy de acuerdo.

»Conocí a Don Antonio Arrom de Ayala, dieciocho años más joven que yo, lo que supuso un escándalo, pero sería a través suya como mis obras vieron la luz.

CMA ― Había quedado impresionada por el folclore andaluz y varias de sus novelas están impregnadas de coplas y cuentos. ¿Triunfó al publicar?

FC ― Escribía sobre lo que vivía y observaba. «La Gaviota», por ejemplo, narra la historia de un triunfo y un enorme fracaso. La escribí en francés y se tradujo al español siendo publicada por entregas en El Heraldo, periódico de gran tirada. Quería salir del tópico del romanticismo europeo, ofrecer una imagen de la mujer diferente al prototipo de abnegada esposa y madre. Quería hablar de los campesinos, de su vida sencilla y sus aldeas. En «La familia Alvareda» tuve oportunidad de mostrar los refranes y coplas que tanto me gustaban y, por fin, pude publicar «Clemencia» en un volumen. En esta obra defendía la necesidad de instruir a las mujeres demostrando que la lectura era primordial y necesaria para la instrucción.

CMA ― Pero «Clemencia» no tuvo éxito, ¿qué le aportó ese mal recibimiento?

FC ― Aportó no solo mi desolación, también la ruina económica a mi matrimonio. Ya se había descubierto quién era Fernán Caballero, no importaba si la obra era buena o mala, escrita por hombre o mujer, fue catastrófico. Mi marido enfermó y su tuberculosis, sumada a los problemas económicos, le llevaron al suicidio. Quedé sola, arruinada totalmente y sin saber que hacer; ni tan siquiera podía volver la cara a mi padre que ya había fallecido. Los Duques de Montpensier y S.M la reina Isabel II me protegieron concediéndome una vivienda en el Patio de Banderas del Alcázar sevillano.

CMA ― ¿Qué sintió ante esa terrible situación?

FC ― Fui consciente de que mi hora de escritora había llegado a su fin. Aparecieron autores realistas que cambiaron el panorama literario, según algunas personas eran intelectualmente superiores a todos los que habíamos escrito hasta entonces. Por ello quiero darle las gracias al haberse interesado por mí, me siento orgullosa de que todavía se me recuerde.

CMA ― Doña Cecilia, soy yo quien en nombre de la «Revista Pasar Página», y en el mío propio, quiere darle mis más sinceras gracias.        

FC ― Pasar Página, renovarse y seguir. ¡Me gusta ese nombre! Sigan pasando páginas, ¡por favor! y gracias de nuevo.

Carmen Martín Audouard


Esta entrevista se publicó en el número 19 de la Revista Pasar Página


 

lunes, 5 de abril de 2021

Recordando una entrevista soñada: Francisco de Quevedo

 

Don Francisco, me ha costado mucho trabajo que accediera a esta entrevista, usted siempre tan amable con las damas, pero así y todo quiero darle las gracias, aunque no sé si la primera pregunta va a ser muy de su agrado.




Francisco Gómez de Quevedo Villegas y Santibáñez Cevallos conocido como Francisco de Quevedo, fue un escritor español del Siglo de Oro.  Nació en Madrid el 14 de septiembre de 1580 y falleció en Villanueva de los Infantes, Ciudad Real, el 8 de septiembre de 1645. Fue bautizado en la parroquia de San Ginés, que hoy todavía existe y donde figura una placa haciendo constar el hecho. Su padre era el secretario particular de la princesa María, hija del Emperador Carlos I de España; más tarde lo sería de la reina doña Ana, esposa de Felipe II, mientras su madre era dama de la reina. Usted se formó en el Colegio Imperial de los jesuitas y en la Universidad de Alcalá. Es cierto que usted nació con dos defectos físicos: sus pies deformados y su miopía, lo que le llevaron a una infancia solitaria.

 

CMA — ¿Fue usted una persona acomplejada debido a esos defectos y fueron estos los que marcaron su mal carácter?

FdQ —Yo nunca he tenido mal carácter; he sido un hombre serio, recto, y casi «religioso» Lo que pasó es que nunca toleré que nadie dudara de mi valía intelectual, en cuanto a mis defectos ¿quién es tan cretino que se cree perfecto?

CMA — Es de ahí de donde nace su enemistad con Góngora ¿Por qué? si ustedes eran dos buenos escritores cada uno en su estilo.

FdQ — Mal empezamos señora si usted tiene la osadía de compararme con ese llamado… escritor.

CMA — No puedo creer que todavía al cabo de los siglos dure esa enemistad entre ustedes.

FdQ — Pues durará por los siglos de los siglos. No puedo permitir a nadie que niegue, entre otras muchas cosas que yo, yo, sabía griego y que además lo ponga, vamos a decir en verso, de forma tan hortera ¿por qué supongo que usted habrá leído mi obra, si no toda, sí en parte? Ese verso ridículo burlándose de mi cojera y mis lentes, que nunca olvidaré:

«Anacreonte español, no hay quien os tope

que no diga con mucha cortesía

que ya vuestros pies son de elegía

que vuestras suavidades son de arrope»

Ahí, habla de mis pies y más tarde en el colmo de la vulgaridad dice:

«Decía que no habíais mirado el griego.

Prestádselo un rato a mi ojo ciego,

porque a luz saque a ciertos versos flojos,

y entenderéis cualquier gregüesco luego/»

¿Qué os parece?

CMA —Mal, me parece mal, pero usted había escrito antes un verso insultante para llamarle judío,  que era lo peor que se podía llamar a alguien en aquella época, mencionando:

«Yo te untaré mis obras con tocino

porque no me las muerdas Gongorilla.»

¿Usted quiso en algún momento  minar la reputación de Góngora?

FdQ — Nunca he necesitado mermar la reputación de nadie. Yo he sido, junto a Lope y más tarde Cervantes, creador de lo que se ha llamado el Siglo de Oro, aunque también incluyen a «Gongorilla» entre otros ¿Ha podido alguien igualarnos después?

CMA —Usted tuvo que renunciar a la autoría de algunas cosas de  mal gusto que había escrito y que corrían como la espuma, e incluso denunciarlas a la Inquisición, no solo para impedir que se publicasen, sino para que no se hicieran ricos los impresores. Y escribió una obra que ha llegado a nuestros días La vida del Buscón, donde, con cierto humor escabroso, hay explícitos pasajes que avergonzaban en la época.

FdQ —Yo he escrito lo que se leía, aunque la gente lo negara. El sexo era de tapadillo y sin embargo, no se si hubo o ha habido otra época, donde nacieran tantos hijos que no lo fueran de los maridos de sus madres.

CMA — ¿Fue usted un confabulador a favor del Duque de Osuna?

FdQ —Tuve una gran amistad con Pedro Téllez-Girón, el Gran Duque de Osuna. Le acompañé como secretario por distintas ciudades europeas y me pareció que él debía de ser virrey de Nápoles. Yo estaba integrado entonces en el entorno del Duque de Lerma y le pedí el favor. Cuando volvimos a Italia Pedro me encargó dirigir y organizar la Hacienda del Virreinato de Nápoles y, entre otras, cosas fui muy bien recibido por la «Academia de los Ociosos» que patrocinaba y protegía mi amigo el Duque. La verdad es que en aquella época fui un hombre importante.

CMA —Don Francisco a la caída de Osuna ¿qué pasó con usted?

FdQ — Como hombre de confianza fui arrastrado con él. Me desterraron en 1620 a la Torre de Juan Abad, en Ciudad Real. Mi madre antes de fallecer había comprado con los ahorros de toda su vida el señorío para mí, pero los vecinos no reconocieron la compra y tuve que pleitear interminablemente con el Concejo, sin llegar a ver la resolución a mi favor, que se generó después de mi muerte a favor de mi sobrino y heredero Pedro Alderete.

CMA —Usted que siempre fue misógino, nunca estuvo de acuerdo con que se le otorgara a Teresa de Ávila el segundo patronazgo de España.

FdQ — Mire señora, hay que ser realistas. Una mujer no está llamada a ciertas cosas como son las artes pictóricas, escultóricas o las letras, entre otras muchas. Las mujeres deben dedicarse a llevar sus casas, a sus maridos y a sus hijos, y si quedan solteras, su mejor destino debe ser el convento, donde sus oraciones, que no supuestas visiones, que para eso son ustedes bastante histéricas, y perdone el adjetivo; como le decía, sus oraciones deben valer para la salvación de las almas que han quedado fuera del claustro.

CMA — ¿Qué supuso para usted la llegada de Felipe IV al trono y el válido Conde Duque de Olivares?

FdQ — De momento, el Rey nuestro señor, que Dios tenga en su Gloria, levantó mi castigo y pude volver a la política y a la Corte. Acompañé a S.M., que era muy joven, en algún que otro viaje y correría, que de todo hubo.

CMA —Usted llevaba una vida un poco desordenada, con 50 años se mantenía soltero, le gustaba fumar y mucho, acudía a las tabernas y a pesar de vivir amancebado frecuentaba los lupanares.

FdQ —Veo que ustedes las mujeres a pesar de los años transcurridos, que son bastantes, han cambiado poco. Siguen inmiscuyéndose en la vida de los hombres. Me gustaba mi vida y mi libertad. Yo tenía una barragana, e iba de meretrices porque me apetecía, pero no, siempre aparece alguna queriendo enmendar la plana. La mujer de mi amigo el Duque de Medinaceli le hostigó para que me obligara a casarme y ¡voto a …! que lo consiguió. Me casé con una viuda que tenía hasta hijos, Doña Esperanza de Mendoza se llamaba, pero claro, también quiso cambiar mis hábitos y ¡ah no! Eso sí que no lo consentí. El matrimonio duró apenas tres meses. Yo llevaba una vida cultural muy activa, de la que salieron muchas de mis obras La cuna y la sepultura y la traducción de La introducción a la vida devota, de Francisco de Sales, entre otras muchas.

CMA —Pero ¿usted fue de nuevo detenido?

FdQ — Sí señora mía, la envidia ha sido siempre en España lo más practicado por todo tipo de gentes, desde el pobre analfabeto hasta el más alto de los personajes de la Corte. En 1639, debajo de la servilleta de su Sacra Majestad Felipe, apareció un memorial denunciando la política del Conde Duque de Olivares y yo, como íntimo suyo, fui detenido y llevado al Convento de San Marcos en León. Previamente se confiscaron todos mis libros y estuve en aquel monasterio hasta que me retiré a Loeches en 1613.

CMA — ¿A qué dedicó su tiempo en aquellos cinco años?

FdQ —A rezar y a leer buenos y malos autores; porque no hay ningún libro por despreciable que sea que no tenga alguna cosa buena. De unos y otros procuré aprovecharme, de los malos para no seguirlos y de los buenos para procurar imitarlos. Así y todo a mis 63 años tenía cerca la muerte y procuré meditar buscando consuelo en la filosofía.

CMA — Escribió obras satíricas, morales, festivas, teatro, poesía, obras políticas, ascéticas, filosóficas, crítica literaria, epistolarios, traducciones y no dejó, como diríamos ahora en el siglo XXI, «títere con cabeza». Usted fue un genio ¿lo sabe?

FdQ — Claro, naturalmente que lo sé. Junto con Lope fui uno de los mejores escritores que se dieron en el Siglo de Oro y que no ha tenido parangón, aunque creo que tanto Lope como yo estamos de capa caída.

CMA — Usted y Lope de Vega junto con Don Miguel de Cervantes, no podrán ser nunca olvidados. Sería injusto y una terrible pérdida cultural para las generaciones venideras. Se les recuerda por sus obras, sus estatuas, los ensayos sobre ustedes escritos por grandes hombres de letras contemporáneos, incluso les conocemos a través de los cuadros que les pintaron. Son ustedes los padres de las letras españolas en el mundo entero.

FdQ —Muchas gracias en mi nombre y en el de mis amigos, aunque la verdad es que ni Lope ni yo nos llevamos demasiado bien con Cervantes.

CMA — Ahora que una mujer ha tenido el placer de entrevistarle, junto con el propio valor que da la falta de seso, porque de ustedes han hablado los personajes más eruditos de las ciencias y las letras de todos los siglos, ahora quiero hacerle una última pregunta. Escribió usted una Epístola satírica a Don Gaspar de Guzmán, Conde Duque de Olivares, donde usa el retruécano, figura que me fascina. Esa epístola que me parece de gran moralidad con uno mismo en muchos de sus versos y que en otros es de advertencia a la vez que contesta muchos porqués, es muy larga, pero le diré los primeros versos que sé de memoria:


«No he de callar por  más que con el dedo,

ya tocando la boca o ya la frente,

silencio avises o amenaces miedo.

¿No ha de haber un espíritu valiente?

¿Siempre se ha de sentir lo que se dice?

¿Nunca se ha de decir lo que se siente?»

 

FdQ — Señora, dé usted a leer y pensar esos versos a más de uno, y si uno solo los lleva a cabo, no tenga duda que el mundo habrá ganado un valiente. Y no dude que es más importante para uno mismo, decir lo que se siente que sentir lo que se dice.

CMA —Don Francisco muchas, muchísimas gracias por atenderme y, como decían los autores pidiendo benevolencia de forma más o menos chistosa en las despedidas de los sainetes:

«Y aquí termina el sainete;

perdonad sus muchas faltas»

Personas como usted no deberían morir nunca. Gracias por su legado.

FdQ — En total acuerdo con usted. Siempre a sus pies señora.


Carmen Martín Audouard


Esta entrevista fue publicada en el número 6 de la Revista Pasar Página


 

miércoles, 24 de marzo de 2021

«Nicole en el espejo» de Kate Danon

 



Sinopsis:

Catherine Beckett, hija del conde de Bellshire, ha perdido a su hermana gemela, Nicole, en un desafortunado accidente. O eso parece. Con asombro, Catherine descubre que su hermana se le aparece en el reflejo de un espejo para revelarle que, en realidad, ha sido asesinada. Ahora, la necesita para encontrar al culpable, pues solo así podrá liberarse y proseguir su viaje… Catherine, dispuesta a ayudar a su hermana como sea, recurrirá a un hombre que parece conocer todos los secretos de la alta sociedad londinense, Arrow, un periodista sin escrúpulos capaz de cualquier cosa para llevar a cabo una venganza personal que arrastra desde hace tiempo. Ninguno de los dos está preparado para la atracción que surge entre ambos desde el principio. Juntos, tratarán de averiguar quién mató a Nicole y por qué, envueltos en una trama llena de misterio, falsas identidades y mentiras. En el camino, se dejarán llevar por la pasión que arde en sus corazones y descubrirán el poder del amor en sus muchas facetas. Se darán cuenta de que, a veces, ese sentimiento puede trastocar cualquier vida, elevarte a las más altas cimas de la felicidad, o hundirte para siempre en tu propio infierno.

La autora:


Kate Danon es es pseudónimo de la escritora de infantil y juvenil Victoria Rodríguez (Madrid, 1975).
Fue finalista del premio literario de Amazon con su libro El secreto de Malcom, segundo libro de la saga de los Hermanos MacGregor.
Su último libro publicado ha sido Siete besos.
Si queréis conocer mejor a la autora, os dejo el enlace a su blog: http://katedanon.blogspot.com/



Mi opinión:

Conocí a Kate Danon con El secreto de Malcolm, con el que se presentó al Premio Literario de Amazon. Me pareció una magnífica obra romántica, cuya reseña podéis leer aquí.

Ahora, con Nicole en el espejo,  me ha vuelto a cautivar la forma de escribir de esta autora, que te introduce en la época en la que se desarrolla la trama, el Londres victoriano, con una sencillez muy de agradecer, sin grandes descripciones pero consiguiendo que te sumerjas en la historia y en su entorno.

Una época en la que los convencionalismos sociales, el papel de las mujeres y el honor, estaban por encima del bien y del mal.

La investigación de la muerte de Nicole y una tórrida historia de amor, nos irán absorbiendo página a página.

Unos toques paranormales muy bien resueltos, los secretos inconfesables de la alta sociedad, el amor, los celos, la investigación, el misterio y la ambientación, conforman esta original historia.

En cuanto a los personajes, además de los dos protagonistas, Catherine y Derek, me ha gustado muchísimo la marquesa viuda de Hartington, aunque todos los secundarios son un lujo en esta novela, pero prefiero no hablar de ellos para no hacer ningún spoiler.

Está narrada en tercera persona pero hay unos cuantos capítulos, no numerados, que narra Nicole en primera persona y nos ayudan a entender sus sentimientos y la conexión que existe con su hermana gemela.

Como curiosidad, al haber visto recientemente la serie de televisión Bridgerton, no he podido evitar que, en mi mente, el marqués de esta historia fuese el duque de la otra historia.

Una lectura muy recomendable.


Almudena Gutiérrez


viernes, 12 de marzo de 2021

Recordando: Semblanza de Miguel Delibes

Hoy recordamos a Miguel Delibes en el aniversario de su fallecimiento (12 de marzo de 2010), con un semblante que escribió Víctor Fernández Correas, periodista, escritor y redactor de Pasar Página, y que publicamos en el número 28.



SEMBLANZA

Para hablar de Miguel Delibes ―perdón, Don Miguel― hay que ponerse de pie. Para escribir acerca de él, hay que hacerlo con el respeto ―y admiración, como es mi caso― que merecen su persona y su obra. Ahora es tiempo de recordarlo cuando se cumple el décimo aniversario de su muerte, pero asimismo en cualquier momento del año y época por la que naveguen nuestras vidas. Sus obras son atemporales, imperecederas; y lo más importante: excavan en nuestros sentimientos, desnudan nuestra alma, nos muestran la realidad tal como es.

Antes de acometer estas líneas, me agencié una de las últimas obras dedicadas a su persona ― Cinco horas con Delibes, de Javier Goñi―, en la que, a través de una serie de entrevistas que duran exactamente eso, cinco horas ―parafraseando el título de una de sus obras más célebres, Cinco horas con Mario. Lola Herrera lo borda en la obra teatral. Id a verla―, Javier Goñi nos muestra a la persona tal como es: su infancia, juventud, madurez y senectud; el inicio de su carrera como escritor y también como periodista, ofrecimiento para dirigir El país incluido cuando dicho diario se disponía a dar sus primeros pasos; la vida junto a Ángeles, su esposa, y el derrumbe vital cuando esta dejó de estar a su lado; su conciencia del mundo, de lo que fue y lo que será, su innato pesimismo ante la vida… En definitiva, una joya para saborearla con calma.

Una joya para complementar lecturas y relecturas ya hechas, porque Delibes es uno de esos autores a los que apetece releer de cuando en cuando. En mi caso, un autor en cuyos brazos me echo cuando las necesidades así lo aconsejan, uno a los que acudo cuando las dudas de hacía dónde tirar en mis novelas me embargan, o porque el estado de ánimo me aconseja dejarme guiar por su experiencia, por todo lo que dejó escrito.

Que es mucho y diverso. Pues en Delibes se observa una evolución como novelista ―no como persona. Esa ya venía formada de serie― que le lleva a prestar atención a los más desfavorecidos, hacia ese campo que languidece, que se vacía y pierde su alma a pasos agigantados ― ¿suena la historia? ―, buscando en la naturaleza las respuestas para un mundo que se movía más rápido que lo que deseaba.

Fruto de ello son personajes inolvidables protagonistas de novelas imprescindibles para conocernos mejor a nosotros mismos. Daniel «el Mochuelo», Roque «el Moñigo» y Germán «el Tiñoso» de El camino; «El Nini», el niño sabio de La ratas que habitaba en una cueva y que tenía el don ―y la sapiencia innata― de interpretar los designios de la naturaleza; el consuelo que se dan dos almas gemelas como son el viejo Don Eloy y la doméstica Desi en La hoja Roja; la ya eterna Menchu de Cinco horas con Mario; o las desdichas familiares de Paco «el Bajo» de Los santos inocentes; y mi preferido, ese Señor Cayo de El disputado voto del señor Cayo ―la habré leído docena de veces―, al que ningún político podía enseñarle nada que ya no supiera, que era todo.

Sin olvidar esa gran joya que nos legó antes de partir, El hereje, que me devoré de cabo a rabo, y unas cuantas veces, antes de ponerme a dar mis primeros pasos como novelista con La conspiración de Yuste. Aquel Valladolid del siglo XVI tan bien construido y reflejado fue del que bebí; y aquella novela, como todas las demás, le deben mucho a Miguel Delibes.

Perdón, a Don Miguel Delibes.

Víctor Fernández Correas




lunes, 8 de marzo de 2021

Recordando a Emilia Pardo Bazán

 

«Yo soy una radical feminista; creo que todos los derechos que tiene el hombre debe tenerlos la mujer».

Hoy, Día Internacional de la Mujer, recordamos en el blog la entrevista que nuestra redactora Carmen Martín Audouard le hizo a Emilia Pardo Bazán, dentro de la sección «La entrevista soñada».



LA ENTREVISTA SOÑADA

Siempre es un honor entrevistar a un escritor pero este mes es un sueño hecho realidad. Tengo conmigo a Doña Emilia Pardo-Bazán, novelista, ensayista, poetisa, catedrática, conferenciante, introductora del naturalismo en España, luchadora y defensora a ultranza de la mujer y sus derechos, lo que si hoy es difícil, a finales del siglo XIX era una utopía.

Doña Emilia nació en La Coruña, no voy a decir la fecha, eso lo veis en los libros de historia de la literatura. Primera mujer en presidir la sección de literatura del Ateneo de Madrid y la primera también en ocupar la cátedra de Literatura en la Universidad Central de Madrid.

CMA. Muchas gracias Doña Emilia por aceptar esta entrevista, en la que por falta de espacio no podré preguntarle todo lo que nos gustaría saber. ¿Usted tenía que ser lo que fue?

EPB. Gracias a las mujeres como vosotras por acordaros de mí, que ya tenéis mérito. Yo fui lo que quise ser, sin imposiciones de nadie. De mi madre, Amelia de la Rúa-Figueroa y Somoza, heredé el carácter independiente, y de mi padre José María Pardo-Bazán y Mosquera, mi gran afición a la lectura y a los estudios. Para la época en la que viví ninguno de los dos me puso nunca trabas. Siempre hice lo que quise en todos los aspectos de mi vida.

CMA. Como correspondía a la época usted se casó muy joven.

EPB. Sí hija, sí, Me casé en Meiras a los diecisiete años con José Antonio de Quiroga, dos años mayor que yo y que todavía era estudiante de derecho. Nuestra boda fue muy bien vista por nuestras familias. Tuvimos tres hijos: Jaime, María de las Nieves, a la que llamábamos Blanca y por último Carmen.

CMA. Su matrimonio acabó en aquella época en separación ¿cierto?

EPB. Cierto, cierto… Pero mira, la vida es como es y no hay más. Nos quisimos a rabiar, estuvimos un año de viaje de novios por Europa, pero no solo por conocer todas las ciudades, que conocimos, sino porque yo también quería conocer aquella corriente del naturalismo, de la que tanto había oído hablar. Conocer a Hugo, a Zola y a muchos otros. Sabes que el naturalismo, sobre todo literario, está emparentado con el realismo y basado en la reproducción de la realidad, tanto en lo más sublime como en lo más vulgar y Zola ya había expuesto sus fundamentos teóricos.

CMA. Con veinticinco años, aunque ya ha escrito y publicado en muchos sitios, da a conocer su primer trabajo Estudio crítico de las obras del Padre Feijoo, y además ganó un premio compitiendo nada menos que con Doña Concepción Arenal.

EPB. A mí el Padre Feijoo siempre me ha parecido una persona y un escritor admirable, aparte de un luchador incansable de la reforma universitaria. Leí sus obras siendo muy joven y me gustaba su libertad de pensamiento, aunque no tuvo toda la que le hubiera gustado. Aquí la Ilustración, como casi todo, llegó un poco más tarde, pero su proclama, que supongo tallada en piedra: «Yo, ciudadano de la República de las letras, ni esclavo de Aristóteles ni aliado de sus enemigos, escucharé siempre con preferencia de toda autoridad  privada, lo que me dicten la experiencia y la razón», me pareció algo tan maravilloso que me cautivó.



CMA. Pero su admiración por esta corriente le trajo problemas, entre ellos su separación matrimonial. Aunque ese método que tantos disgustos le causó culminó con Los Pazos de Ulloa, su novela más famosa que la consagró como una de las grandes escritoras de la literatura española.

EPB. Pues es cierto. Mi manera de ser, que consideré siempre como un realismo propio, me llevó a publicar en la revista La Época  artículos sobre Zola y la novela experimental. Todo eso lo reuní en un volumen que titulé  La cuestión palpitante,  publicado con prólogo de Clarín y donde yo defendía el realismo «a la española» tanto de Galdós como de Pereda. Causó un gran escándalo, llegándose a considerar como «el alegato indecente de una mujer casada y respetable a favor del ateísmo y la pornografía francesas». Mi marido me impuso que dejará de publicar esas cosas y entre eso, y la intransigencia de tanto meapilas como había suelto, me costó el matrimonio y muchos sinsabores, pero al fin fui reconocida en un mundo de hombres. Hombres que habían hablado de mí con desprecio como Juan Valera, quien dijo que lastrada por la lactancia y el embarazo no podía entrar en la Academia, o Clarín que se permitió el comentario de que el día que yo me muriera habría fiesta nacional.

CMA. ¿Es cierto que usted tuvo una relación con D. Benito Pérez Galdós?

EPB. Sí, es cierto, pero también le tuve que aguantar lo suyo. Nuestra relación comenzó siendo puramente literaria, pero después fue amorosa. ¿Nos enamoramos? Yo creo que no fue enamoramiento. Fue pasión y sexo. Yo era rebelde y ambiciosa, él era un tipo tímido, pero los dos teníamos una opinión abierta de las relaciones sexuales. Yo tuve con Lázaro Galdiano un error momentáneo, fruto de los sentidos y de las circunstancias, y eso a Benito le dolió, pero lo subsanamos en un viaje que decidimos hacer por Alemania. Le quise mucho, incluso cuando ya nos habíamos separado no dude en pedir para él el premio Nobel. Me quedé muy triste cuando él falleció. Aunque yo le seguí pocos meses después a consecuencia de una gripe que se complicó. Fui a buscarlo. Me sentía suya y le sentía mío.

CMA. Doña Emilia, no sabe cuánta pena me da tenerle que dar las gracias por su amabilidad, porque ello significa que esta entrevista ha llegado a su fin. Pero me alegro muchísimo de haber oído sus palabras y de que haya respondido a mis preguntas. Gracias de parte de muchas mujeres de este siglo XXI que todavía luchan por su independencia, gracias por sus libros y sus enseñanzas. ¡Gracias por atenderme! ¿Me permite que le dé un beso?

EPB. Gracias a vosotras, por acordaros todavía de mí, a los casi cien años de mi muerte. No dejéis de luchar nunca, nadie os regalará nada. Levantad la cabeza y siempre adelante. Ah, y no te vayas sin darme ese beso.

Carmen Martín Audouard


Esta entrevista se publicó en el número 3 de la revista Pasar Página.

domingo, 7 de marzo de 2021

«Las niñas» por Marian Peyró






Anoche, en la celebración de la edición número 35 de los Premios Goya del cine español, la cinta premiada como mejor película fue «Las niñas» de Pilar Romero.

Os dejamos a continuación, la reseña que sobre esta película hizo nuestra colaboradora Marian Peyró para el número 34 de la Revista Pasar Página.

Las niñas, recientemente galardonada con la Biznaga de Oro en el Festival de Málaga, promete convertirse en una de las sensaciones del cine español de esta temporada. Escrita y dirigida por la zaragozana Pilar Romero, que debuta en el largometraje, la película se centra en Celia, una niña de once años que, en pleno 1992 —año que tan bien recordamos aquellos que pasamos ya de los cuarenta—, vive con su madre y estudia en un colegio femenino de monjas de Zaragoza. Durante el curso, Celia conocerá a Brisa, recién llegada de Barcelona, a quien se sentirá unida por un vínculo que, hasta ahora, no compartía con ninguna de sus otras compañeras: ambas son huérfanas, si bien los padres de Brisa fallecieron en un accidente de tráfico y el padre de Celia lo hizo “de repente” antes de que ella naciera.
 
De la mano de Brisa, Celia sentirá por primera vez la curiosidad de la adolescencia, y junto con el descubrimiento de la música, el alcohol, el propio cuerpo y los chicos como marco de ese nuevo mundo, comprenderá que se puede dudar de todo lo que creía cierto y cuestionarse cosas como su propia identidad y su lugar en la familia y en esa sociedad que se vende como el súmmum de lo moderno (Olimpiadas, Expo).

La película hace una crítica a esa otra España, la que procura ocultarse pero que aún existía —existe—, incluso en una vibrante capital de provincias como Zaragoza. La España que no refleja la televisión; la que muchos —entre los que me incluyo— no supimos ver, quizá por haber recibido una educación que juzgaba desde lo académico y no desde lo religioso. No he podido evitar sorprenderme por el hecho de que mi propia educación y visión del mundo fue más moderna diez años antes, y que mientras yo tenía una asignatura de “Coleccionismo” e iba con calentadores de colores a clase, aún había niñas que llevaban leotardos blancos y daban clase de costura una década después.

Siento especial predilección por el cine y la literatura que retratan el paso de la niñez a la adolescencia; también por las obras que reflejan esos otros saltos —igual de vertiginosos— de la adolescencia a la vida adulta y después a la ancianidad, acaso —este último— el más doloroso y definitivo de todos. Los anglosajones definen este proceso como un coming of age, expresión de lo más certera, debo decir, pues la edad siempre nos sobreviene. A pesar de ello, el cartel de la película —cosas de los departamentos de márquetin— resulta algo equívoco, en mi opinión, ya que Las niñas no es una película de lolitas; no va de crías hipersexualizadas ni de “guapis” ni tiktokeras de los noventa, sino que narra algo mucho más oscuro; algo que late en los silencios de la madre y en los ojos de su protagonista —interpretada de un modo maravilloso por Andrea Fandós—. Y lo hace con una dulzura inesperada y una mirada muy personal. Los hombres, por su parte, son meras sombras en esta historia. Planean y condicionan la vida de las mujeres, pero no están —ni falta que hacen—. Debemos aplaudir también la brillante interpretación de Natalia de Molina en el papel de madre, y el trabajo del resto de niñas que pueblan la cinta. No estamos ante una historia de silencios, aunque los haya —algunos muy sonoros y significativos—. Tampoco es esta una película en la que pasen muchas cosas, al menos en apariencia. Lo que sí es, en cambio, es una cinta plagada de un humor tierno que te arranca una sonrisa tras otra y en la que conviven lo más terrible con esa maravilla brillante que es convertirse en mujer.

Muy recomendable.

Marian Peyró


Los Goya desde mi butaca

 



«Para vivir la vida hay que mirar al futuro y, para entenderla, mirar hacia atrás» (Antonio Banderas).

Un año más, vuelvo a escribir las impresiones que me ha producido la ceremonia de los premios Goya del cine español.

Me alegra, por una vez, poder hacer una crítica positiva de esta 35 edición que pudimos contemplar anoche.

El teatro Soho de Málaga fue el escenario para una ceremonia sin público, que convirtió a la orquesta sinfónica de Málaga en una de las grandes protagonistas, junto a la emoción, la sobriedad, el homenaje y el recuerdo.

En un año en el que las pantallas de ordenadores y teléfonos se han convertido en indispensables en nuestras vidas, el cine ha sabido unirse con una gala vía zoom, en el que casi todos estaban, como nosotros, en los salones de sus casas.

No ha habido, casi, alfombra roja, y no la hemos echado de menos, no ha habido, casi, discursos políticos, y no los hemos echado de menos, no ha habido chistes, y no los hemos echado de menos. Eso sí, hemos vivido en primera persona la emoción de los premiados y la cara de pena de los perdedores, rodeados, en la mayoría de los casos, de sus parejas y sus familias.

Antonio Banderas, en su correctísimo discurso de presentación, quiso homenajear a las miles de personas que viven del cine y que nunca veremos encima de un escenario, pero que lo están pasando muy mal con el parón de la industria cinematográfica, también fue muy emotivo el minuto de silencio por todas las víctimas de esta pandemia, y el sentido In memoriam con la voz de fondo de Vanesa Martín, arropada por una maravillosa orquesta.

Desde el homenaje a Berlanga, en el año que se cumple el centenario de su nacimiento, las versiones,con más o menos acierto, de La violetera y Happy Days Are Here Again (Los días felices han vuelto), el ballet que recibió a una elegantísima y emocionada Ángela Molina para recibir el Goya de honor, todo fue bonito.

Hubo muchos guiños que no pasaron desapercibidos: El elenco de directores que, en lugar de dar los grandes premios, entregaron esos pequeños que llamamos técnicos, en los que no nos fijamos, de los que no hablamos, pero tan necesarios en una película: maquillaje, vestuario o peluquería, sonido y efectos especiales, entre otros.

El PREMIO con mayúsculas, el que homenajea a la mejor película, lo entregó, en nombre de todos los sanitarios, Ana Ruíz, una enfermera que quiso hablar en su discurso del poder sanador del cine, de la cultura «Hoy es la noche del séptimo arte, uno de los grandes cuidadores del prójimo y que ofrece cuidado y consuelo al espectador. Déjense cuidar».Como seguidora de Los Goya, año tras año, edición tras edición, tengo que dar mi enhorabuena a Antonio Banderas y María Casado, por la dirección y presentación de esta gala virtual, y a todos los técnicos que la hicieron posible.

No voy a decir la lista de premiados, la podréis encontrar en cualquier periódico, solo voy a citar la película ganadora, Las niñas dirigida por Pilar Palomero, desde aquí, mi enhorabuena.

En una gala en la que lo que más me ha dolido ha sido el silencio tras la entrega de cada premio, la ausencia de aplausos, hago mías las palabras con las que acabó Antonio Banderas: 

«Recordemos esta gala como la que encendió la llama de la recuperación»


 Os dejo el enlace de la canción ganadora: Que no, que no de Rozalen (La boda de Rosa)


Almudena Gutiérrez


 

miércoles, 24 de febrero de 2021

El espejo de las almas de Mario Escobar

 

Un thriller histórico que te dejará sin aliento.

Una comunidad de mujeres al margen de la sociedad

Una acusación de herejía

Una serie de muertes cada vez más violentas

Lovaina, comienzos del siglo XIII. En una floreciente comunidad de beguinas -mujeres laicas que decidían vivir juntas apartadas de los hombres, consagradas a sus labores intelectuales y al cuidado de los desamparados- una serie de muertes alteran repentinamente la paz. El primer asesinato parece accidental, pero el segundo ya muestra claras señales de ensañamiento y llama rápidamente la atención de la Inquisición, que lleva tiempo buscando una excusa para cerrar la comunidad. Será entonces cuando la Gran Dama mande llamar a la beguina Martha, considerada la mujer más inteligente de su tiempo, para que se haga cargo de la investigación.

A través de una impecable trama de intriga, Mario Escobar nos sumerge en el fascinante y poco conocido mundo de las beguinas, una asociación de mujeres laicas que llegó a sumar decenas de miles de miembros y a extenderse por toda Europa.

El autor:

Mario Escobar, licenciado en Historia, es novelista, ensayista y conferenciante. Apasionado por la Historia y sus enigmas, publica asiduamente en las revistas Más Allá y National Geographic Historia. Es autor de las novelas Conspiración Maine, El papa ario, El secreto de los Assassini, Sol rojo sobre Hiroshima, El país de las lágrimas, El círculo, Canción de cuna de Auschwitz y Recuérdame, entre otras. Su obra ha conquistado a cientos de miles de lectores en todo el mundo y ha sido traducida al chino, japonés, inglés, ruso, portugués, danés, francés, italiano, checo, polaco y serbio. En 2020, ha ganado el Premio Empik de novela de Polonia.

Si queréis conocer mejor al autor, podéis visitar su página web http://www.marioescobar.es/

Mi opinión:

Siempre digo que leer a Mario Escobar es un valor seguro por lo magníficamente que narra, pero sus novelas históricas tienen el añadido de ser didácticas en temas muy poco conocidos pero muy interesantes.

Este es el caso de «El espejo de las almas», en el que no solo nos narra la historia de las beguinas, reconstruyendo el modo de vida de estas comunidades, sino que nos explica el contexto histórico en el que se desarrollan los hechos, tanto en el ámbito social como religioso en una época muy convulsa para la religión.

La investigación de los asesinatos que se producen en el beaterio de Lovaina, por parte de la beguina Martha, con su ayudante, Constance, recién llegada a la comunidad, nos recuerda muchísimo a «El nombre de la rosa» de Umberto Eco, haciendo un homenaje a las mujeres de esa época.

Constance es la narradora, en primera persona que, ya en la vejez, nos cuenta los acontecimientos que sucedieron en el beaterio en 1310.

Pero «El espejo de las almas» es mucho más, hay un debate teológico importante, nos explica las tácticas de la Inquisición, las luchas internas dentro de la iglesia, el Concilio de Vienne, y la pugna entre franciscanos y miembros de la jerarquía católica. Nos habla de grandes amores y reflexiona sobre la muerte, todo ello envuelto en un interesante thriller, en una historia que nos deparará muchas sorpresas.

La ambientación y la descripción de cada uno de los personajes, os aseguro que nos ayudan a pasear por el Beaterio y la ciudad de Lovaina, sintiendo el frio, los olores, la nieve y el miedo, queriendo y odiando y, sobre todo, aprendiendo muchísimo al mismo tiempo que disfrutamos de una magnífica lectura.


Almudena Gutiérrez


jueves, 18 de febrero de 2021

EL INFILTRADO. La puerta del cielo de Marta Querol

Hace unos meses, reseñábamos esta novela sin desvelar la identidad de la escritora que se escondía bajo el pseudónimo de M.S.Quebec.

Ahora, después de que Marta Querol haya explicado las razones que le llevaron a tomar la decisión de firmar su obra con otro nombre y presentarla al Concurso Literario de Amazon 2020, nos alegramos al conocer la noticia de que una nueva edición, esta vez bajo el sello editorial Sargantana y el verdadero nombre de su autora, ha visto la luz esta semana.

Nos parece interesante recordar la reseña que escribimos en su día, e invitaros a que leáis esta novela, no os defraudará.



Sinopsis

En Arlodia, un pueblo tranquilo de algún lugar perdido en Centro Europa, han convivido durante siglos con las almas de los recién fallecidos antes de que emprendan su último viaje y crucen la Puerta del Cielo. Es un lugar tranquilo, donde la vida y la muerte conviven en paz y sus habitantes cumplen un importante papel en el equilibrio de fuerzas entre el Bien y el Mal.
Pero la apacible existencia de los lugareños se va a ver alterada por la llegada de un misterioso y encantador viajero que los enfrentará a situaciones desconocidas y pondrá a prueba su esencia más profunda.

Una intrigante trama dónde los dilemas morales se mezclan con lo sobrenatural y el thriller. ¿Seríamos los mismos si nuestras circunstancias hubieran sido otras?

La autora

Nace en Valencia, España; estudia Ciencias Económicas y Empresariales, se especializa en Gestión del Comercio Internacional e Ingeniería y Gestión de la calidad. Tras más de veinte años en el mundo empresarial, un golpe emocional le abre los ojos a su verdadera vocación, la literatura.

Ha publicado la saga familiar de los Lamarc, compuesta por El final del ave Fénix, su ópera prima y una de las diez finalistas en el Premio Planeta 2007, Las guerras de Elena y Yo, que tanto te quiero, un fresco emocionante sobre el papel de la mujer en España a lo largo del siglo XX. Escritora también de relatos, en 2019 publica la antología Breverías. Relatos para lectores impacientes.

Su obra más reciente, El infiltrado. La Puerta del Cielo, publicada originalmente bajo el seudónimo de M. S. Quebec, supone un cambio de género en cuanto a la ambientación y la trama, pero mantiene el trasfondo de realismo y actualidad que caracteriza a la autora.

Compagina su trabajo como escritora con la colaboración en distintos medios de comunicación, publica una columna en la revista literaria Zenda bajo el título de «Tinta invisible» y ejerce como profesora de literatura y creación literaria en el CEU San Pablo-AUEX y la Universidad Jaime I de Castellón.


Mi opinión:

Estamos ante una novela de ocultismo, un trhiller sobrenatural, que ha supuesto un experimento para su autora y que le ha salido redondo.

No soy lectora de historias fantásticas, pero esta me ha cautivado desde la primera página. He paseado por Arlodia y los bosques que la rodean, he conversado con sus habitantes y me he encariñado con ellos. Esto ha sido así, porque las descripciones de paisajes, lugares y personajes, son magníficos, todos tienen su voz, y a todos llegamos a conocerlos perfectamente por insignificante que parezca su historia dentro de la trama.

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En cuanto al fondo del argumento, no es solo un thriller sobrenatural, como dice la sinopsis, es una reflexión filosófica, amablemente llevada, sobre el bien y el mal, esa dicotomía que radica en cada uno de nosotros, y la posibilidad de ser y actuar, de una u otra manera, dependiendo de nuestras decisiones y del ambiente que en el que vivimos.


Aborda la muerte con una sencillez que nos hace olvidar nuestra ideología al respecto, asumimos lo que se plantea en la novela, sin ir más allá, lo que sucede en Arlodia, se queda en Arlodia y, cuando leamos la última línea, volveremos a nuestras creencias pero sin olvidar que todo puede cambiar en cualquier momento.


El ritmo de lectura es muy rápido, otro de los aciertos del autor, que no se entretiene en descripciones innecesarias y el giro argumental de las últimas líneas, suficiente para cerrar un final redondo.

El matrimonio compuesto por Gabriela y Albert Narden, me ha encantado y la dulzura de una conversación que mantienen en el dormitorio, se me ha quedado grabada.

Una lectura muy recomendable, en la que nada es lo que parece... o sí.

Almudena Gutiérrez



miércoles, 10 de febrero de 2021

Recordando a Isabel Martínez Barquero

 

No podíamos imaginar que cuando comenzamos esta serie de entradas recordando las publicaciones más interesantes que hemos realizado durante todos estos meses en la revista, tuviésemos que buscar una para publicarla in memoriam.

Desde aquí nuestro homenaje a la escritora Isabel Martínez Barquero, colaborada y amiga de nuestra revista y de muchos de los que formamos el equipo de redacción.

ENTREVISTA ISABEL MARTÍNEZ BARQUERO – REVISTA PASAR PÁGINA

Descubría Isabel Martínez Barquero con su novela Aroma de vainilla y desde entonces sigo su trayectoria literaria. En la revista Pasar página, nos ha acompañado un par de veces en los últimos meses con relatos de su autoría, y hoy se sienta con nosotros para hablar largo y tendido de su novela La epidemia del siglo, actualidad por la pandemia que nos está tocando vivir, y para conocer un poco más de ella y de su faceta de escritora. Poneros cómodos que empezamos.

Marina Collazo. Querida Isabel, bienvenida a Pasar página, estoy encantada de recibirte en estas páginas y poder departir contigo un rato. Lo primero que te pediría es que le cuentes a los lectores que no te conozcan, quién eres.


Isabel Martínez Barquero. ¡Gracias a ti, Marina, por permitir que me asome de nuevo a vuestra excelente revista!

Nací en Murcia a finales de la década de los cincuenta del siglo XX, en una madrugada de principios de otoño. Durante más de veinte años viví en diversas ciudades de la geografía española. Ahora resido entre Murcia y Guardamar del Segura (Alicante).

Licenciada en Derecho. Con un master a cuestas, ejercí de asesora jurídica, abogada, redactora de documentos legales y administrativos, profesora ocasional, árbitro y oficial de notaría.

En la actualidad, aprendo a ser equilibrista sin red en un mundo desquiciado y, cuando puedo, ejerzo de mí misma en lo que más me gusta: la escritura, un vicio que me acompaña desde que tengo uso de razón.

Tengo publicados diez libros: tres de relatos, Linaje oscuro, El cauce de los días y Mujeres de otoño; dos poemarios, Lunas de ausencia y El nervio de la piedra; y las novelas La historia de los mil nombres, Aroma de vainilla, Diario de una fuga, La gloria venidera y La epidemia del siglo. Algunos más permanecen inéditos.

Cuento con algunos premios literarios y colaboro asiduamente en diversos medios, en numerosos libros antológicos y en revistas literarias, así como en páginas culturales de internet.

MC. Estamos todavía en medio de una pandemia que ha tenido al mundo en jaque-y mate- y, unos meses antes de que esto empezase, tú publicas La epidemia del siglo, tu quinta novela, muy premonitoria. ¿La «veías venir»?

IMB. No, no me figuraba que podría producirse de inmediato la pandemia tan terrible que aún soportamos, no soy catastrofista. Lo que sí experimenté fue una urgencia a partir de marzo de 2019: quería que la novela se publicara antes de que concluyera el año. No me explico la razón de dicha urgencia, ya que llevaba luchando por ella desde hacía tiempo. Pese a haber sido una de las seis finalistas en la categoría de narrativa del prestigioso premio Fray Luis de León de Creación Literaria 2017, tuve muchos problemas para que alguna editorial la publicara. Y me entró la urgencia a la que he aludido de forma muy viva. La novela debía publicarse antes de que finalizara el año, no sabía el motivo (estoy acostumbrada a tener bastante obra inédita), pero así debía ser. Dado el retraso en la respuesta de una editorial que se mostró interesada, me dirigí a la misma en septiembre de 2019 y, al no obtener contestación en quince días, decidí de inmediato la autopublicación. Vio la luz pública en la segunda quincena de noviembre de 2019, antes de toda la alarma por el coronavirus.

MC. ¿Crees, Isabel, que hemos aprendido algo de esta crisis sanitaria, tanto como sociedad como individualmente?

IMB. En un principio, tuve la esperanza de que aprendiéramos la lección de humildad que toda epidemia implica. No somos omnipotentes, sino muy frágiles. Me hacía ilusión que el mundo entero se volviera más solidario, menos despiadado, que surgiera una nueva era donde partiéramos de cero, con otros principios más allá de los estrictamente económicos, que prevaleciera el ser y no el tener. Pero con el paso de las semanas perdí toda esperanza: aun cuando algunas personas habían aprendido o recordado valores, ni desde una perspectiva social ni individual hemos asimilado nada. Basta con ver los ánimos crispados de los políticos y de la sociedad, habitantes de comunidades de vecinos dejando mensajes a sanitarios que residían dentro de ellas para que se largaran, el desabastecimiento inicial de ciertos productos por el egoísmo de algunos, la contaminación presente de las aguas con mascarillas y guantes y un largo etcétera. Por desgracia, el hombre sigue siendo un lobo para el hombre, como indicó Thomas Hobbes en el siglo XVII. Y es una pena que se imponga el aspecto oscuro de la naturaleza humana, ya que somos capaces también de albergar lo mejor, lo más luminoso.

MC. La epidemia del siglo es una novela que se aparta un poco de lo que habías escrito hasta ahora. Se trata de una distopía con gran carga social que transcurre entre 2049 y 2050. ¿Cómo te llega la idea y en qué momento decides convertirla en novela?

IMB. El primer fogonazo lo tuve en 2013 con un microrrelato. La idea que contenían esas pocas líneas escritas se quedó en mi cabeza y, cada poco, volvía a mí. Me extrañaba que un tema semejante acaparara mi atención, ya que suelo tender hacia la escritura intimista. Entre la persistencia de la idea y el disgusto por la corrupción política en medio de una crisis que aún sufrimos y que no ha hecho más que agrandar la actual pandemia, comencé a escribir despacio, sin mucha fe, con abandonos frecuentes y reiterados. Perola idea regresaba a mí una y otra vez (es bien sabido que en la mayoría de las ocasiones son los temas los que eligen al escritor y no al revés, por lo que es tontería resistirse a lo que se te impone), por lo que un buen día de 2015 empecé a escribir partiendo de cero y deseché lo poco que había plasmado hasta entonces. En 2016 concluí la novela.

MC. ¿Te imaginas el planeta dentro de 30 años tal como lo plasmas en la novela o después de lo vivido estos últimos meses cambia en algo tu percepción, para bien o para mal, respecto a cómo lo planteas en La epidemia del siglo?

IMB. Con lo que estamos viviendo aún, creo que mi novela es hasta optimista sobre nuestro futuro próximo. En La epidemia del siglo el mal llega desde arriba, desde unos cuantos poderosos secundados por esbirros políticos. Ahora existe a muchas escalas, no solo de acaudalados que intentan mantener su estatus, sino también de políticos enfrentados que solo se ponen de acuerdo en lo referente a sus sueldos y prerrogativas, de empresas farmacéuticas que pretenden lucrarse con la desgracia mundial e incluso de legiones de agoreros y oportunistas que aprovechan la pandemia para hacer negocio.

MC. ¿España será una «sociedad uniforme» en 2050?

IMB. No lo sé, la verdad. El mundo cambia de un día para otro y no se puede emitir una afirmación categórica. Sí parece, al menos en este país, que nos quieren uniformar algunos, aunque sea empobreciéndonos a todos, igualándonos en la miseria, y que solo unos pocos descuellen (algo muy propio de regímenes totalitarios).Desde otra perspectiva, lo que nos ha demostrado el coronavirus es que una situación de emergencia ya no se produce en un territorio sin repercusión en el resto del mundo. Estamos muy globalizados, lo que ocurre en una parte de nuestro planeta nos afecta a todos. No creo que la pandemia nos haga retroceder en este proceso de globalización, no obstante las secuelas del confinamiento y el subsiguiente miedo al contagio que nos llena de aprensiones hacia los extraños.

MC. ¿Las nuevas tecnologías avanzan a una velocidad de vértigo?¿Iremos todos con microchip en ese futuro? Bueno, irán, porque nosotros ya no lo veremos…

IMB. Tampoco lo sé, Marina, aunque ya se está hablando muchos estos días del asunto del microchip, sobre todo por esa teoría de la conspiración que afirma que nos lo inocularán con la vacuna contra la Covid-19 para tenernos a todos controlados. Según le he leído a algún científico, parece que no serán posibles estos tipos de microchips hasta la segunda mitad de este siglo. Como señalas, nosotros no lo veremos, jajaja.

MC. ¿Hay alguna manera de paliar esos conflictos futuros que narras en la novela?

IMB. Claro que sí. Es preciso regenerar la sociedad desde sus cimientos. Soy optimista y creo que con un serio cambio de valores y actitudes podremos evitar los conflictos que pueden intuirse para el futuro. Aunque también me sale una voz interna que me lleva la contraria y me advierte de la dificultad de que el ser humano cambie; también de que la maldad existe y de que estamos compuestos de luz y sombra, y cuando la sombra prevalece…

MC. ¿El fin justifica los medios en algún caso, Isabel?

IMB. Nunca. Para mí no vale cualquier camino, por mucho que lleve a un buen resultado. Parafraseando la célebre frase de Maquiavelo, diría que un fin ético solo se consigue con unos medios éticos. Si los medios no son limpios, están corruptos, contaminan el fin.

MC. En la realidad, ¿vencerá la reivindicación de Leopoldo Rubio, el protagonista de La epidemia del siglo, de que no es posible un futuro sin «viejos»?

IMB. Ojalá sea así. Me da auténtico terror lo que ha pasado en la actual pandemia, donde el grueso de los fallecidos son ancianos. Incluso me alteré cuando escuché en la televisión que eso implicaba menos carga pasiva en pensiones con el consiguiente alivio financiero. Detesto la lógica mercantilista que sostiene que solo valen los que son productivos para el sistema. Hay muchas lógicas, muchas miradas, y la más humana y moral es aquella que atiende a la dignidad del ser humano con independencia de sus años, de su color, de su dinero y de otra serie de circunstancias adjetivas y no sustantivas. Somos iguales en la aventura vital y nadie debe arrogarse la potestad de decidir sobre nuestra valía en atención a los años que tengamos.

MC. Actualmente, ¿ cuáles son las «epidemias» que más afectan a nuestra sociedad?

IMB. Egoísmo, ansia de poder, avaricia, falta de cultura… Son bastantes. El sistema fomenta unos valores materialistas que llevan a los individuos a aplicar lo que indicaba Maquiavelo: el fin justifica los medios. No se piensa, no se va más allá de lo que pregonan como bueno unos cuantos en atención a sus intereses, y es que tampoco les interesa el pensamiento crítico a los que están arriba, sean de la ideología que sean, que en esto son sospechosamente parecidos. Si tuviéramos un pensamiento crítico no seríamos todos corderos que no protestan por tanto ERE, por tanto ERTE, por tanto despido, por tanta bajada de sueldo en los meses anteriores, mientras que los que nos rigen han seguido cobrando lo mismo, o más por dietas de desplazamiento que no han tenido lugar, sin ajustarse el cinturón como todos, o que los miembros de la actual casta queden blindados con unos pocos años de desempeño de un cargo público, en ocasiones con unas semanas o unos meses, y los demás teman por sus pensiones, por las que han cotizado toda su vida. Porque esta es otra de las materias en la que los políticos se ponen de acuerdo en un santiamén: sus sueldos, dietas, manutenciones, prerrogativas y privilegios varios. Existe mucha hipocresía en la sociedad. Juega el haz lo que yo te diga, que yo haré lo que quiera, con lo que cualquiera que pueda actúa pensando que si no se aprovecha en un momento concreto, lo harán otros. Corrupción por todos lados. Solo desde un compromiso ético podremos erradicar la podredumbre de principios que no hacen más que refrendar la ley de la selva, la del más fuerte, la del sálvese quien pueda.

MC. Tus personajes son siempre muy redondos, perfectos, incluso en esta historia de ciencia ficción. ¿El proceso creativo ha sido igual que en tus otras obras? ¿Cómo te metes en la piel de unos personajes de dentro de 30 años? Cuéntanos, por favor.

IMB. Muchísimas gracias por ese piropo literario. No soy muy consciente del proceso de creación de mis personajes, surgen sin más. Soy escritora de brújula, no de mapa. No me gusta planificar. Empiezo a escribir con una vaga idea de lo que quiero, aunque sin tenerlo muy claro. Me resulta apasionante ir descubriendo poco a poco la trama y el carácter de mis personajes. Estos últimos puedo enfocarlos en un principio de una manera y, después, llevarme sorpresas. En muchas ocasiones parece que son los personajes los que te guían, los que te susurran la historia, los que se divierten con tus prejuicios o ideas previas, como si ellos te estuvieran escribiendo a ti y no tú a ellos. El personaje más difícil desde mi punto de vista es siempre el narrador, que es quien imprime el tono a la historia.

Sí, en La epidemia del siglo el proceso creativo ha sido lo mismo que en mis otras obras. Meterme en las entrañas de una persona que vivirá dentro de 30 años, como hacerlo hacia atrás en los años o en los siglos, no difiere esencialmente, porque nuestra naturaleza, nuestras preocupaciones existenciales y nuestras grandes preguntas son siempre idénticas a lo largo del tiempo. Lo que sí me resultó más complicado fue el esfuerzo de imaginar una sociedad futura, de ahí que me moviera con pies de plomo, pues mi formación no es científica y no deseaba meter alguna pata garrafal.

MC. ¿Cuál es la parte más difícil de escribir en una novela? ¿En La epidemia del siglo también fue la misma?

IMB. Para mí es siempre el inicio. Soy lenta en arrancar, en decidirme por el tono adecuado a lo que pretendo contar, cosa que también es muy elástica, aunque sí parto de nociones previas que pueden ser contradichas en cualquier momento. No empiezo a escribir hasta que tengo claras unas cuantas cosas: en qué quiero centrarme o, dicho de otra manera, qué quiero contar y qué tono yritmo deseo imprimirle a la historia. Pueden ocurrírseme muchas historias al cabo de un día. Sólo alcanza a ser una novela aquella historia que se me impone por encima de cualquier otra hasta casi la obsesión. Y puede llevarme tiempo escribirla o, bien, hacerlo en muy breve espacio de tiempo. En esto de la escritura nunca se sabe, no existen normas fijas ni dos más dos son cuatro, unas veces sufres parones y otras veces ni los ves en el horizonte.

Con respecto a La epidemia del siglo, como he contado antes, tuve unos principios lentos y después volé.

MC. Tienes una rutina diaria de escribir o ¿ cómo organizas tu tiempo de escritura?

IMB. Como habrás adivinado por la respuesta anterior, no soy de muchas disciplinas, aunque, paradójicamente, resulto disciplinada sin proponérmelo. Intento sacar tiempo a diario para escribir, sobre todo cuando estoy lanzada, pero no siempre lo consigo por obligaciones o imprevistos que se cruzan y mandan al traste mis deseos. Tampoco hay que hacer una tragedia por esto, pues cuando puedo me meto de lleno y puedo pasar horas y horas sin sentir cansancio. Por otra parte, hay ocasiones, aunque sean pocas, en las que no me apetece escribir y, entonces, no escribo. No pasa nada por no escribir durante un tiempo, ya que la mente puede necesitar un descanso y, después, nos recompensa con creces.

MC. Te calificas como una persona insegura, dubitativa y con tendencia a la insatisfacción a la hora de escribir. ¿No eres muy exigente contigo misma?

IMB. Sí, nunca estoy segura de lo que hago, aunque me lo pase muy bien haciéndolo. Sobre todo, cuando corrijo me lleno de dudas y de miedos. Esos miedos me tuvieron paralizada durante muchos años para publicar, pero me aligeró un consejo que me dieron: que no me condenara a mí misma cuando escribiera o corrigiera, que fueran otros quienes asumieran esas funciones. Desde entonces voy más suelta y, aunque el terror escénico no se pierde del todo, sí queda reducido y no entorpece la publicación. 

MC. Escribes relatos, poesía, novela… ¿Cuál es el género más cómodo para ti como escritora? Y ¿ qué temas te atraen más?

IMB. Me siento cómoda en el género que escribo en cada momento. Últimamente al que más me dedico es a la narrativa, ya sean relatos o novelas.

En cuanto a los temas, nunca los tengo establecidos de principio, ya que no me planteo escribir sobre un tema u otro, sino que es de la propia historia que narro de la que se deducen sus ejes temáticos. Por lo que llevo escrito hasta ahora, creo que son muchos los temas que me atraen, no me pongo límites, aunque sí observo que tiran mucho de mí las relaciones humanas, ese mundo de arenas movedizas donde a veces se dicen unas cosas y se piensan o se sienten otras. Otro tema que veo muy presente en mi obra es el del paso del tiempo.

MC. Por cierto, ¿hay algún autor «culpable» de que seas escritora?

IMB. No soy muy consciente de ello. Sí puedo decirte que ya desde pequeña me gustaba mucho leer y leía todo lo que caía en mi mano. Sobre los ocho o nueve años descubrí a Enid Blyton y me hice adicta a sus libros de aventuras de los cinco. Leyéndola, fue la primera vez que pensé en el poder de la imaginación, que te transportaba a un mundo distinto al real. Me hizo sentir que era muy bonito ser escritora, pues con las palabras se despertaban muchas emociones, se aprendía y era muy divertido evadirse de la realidad.

MC. ¿Eres exigente como lectora? ¿Qué lees normalmente?

IMB. Sí, bastante exigente. Aunque leo de todo y no tengo prejuicios previos, lo que más son obras de literatura pura y dura, esas que no necesitan acogerse a géneros determinados para brillar, sino que, en cierto modo, los contienen todos por ser un reflejo de la vida. En la vida hay suspense, terror, miedo, romance y un largo etcétera, ¿por qué ceñirse cuando se puede abarcar bastante? Pero, como he dicho al principio, intento leer de todo: poesía, relato, novela, ensayo, filosofía…, lo que me tiente en un determinado momento.

MC. Eres Licenciada en Derecho, pero te conocemos más como escritora. ¿Qué es la Literatura para ti?

IMB. Todo, la Literatura lo es todo para mí. Me acompaña desde siempre y no concibo mi vida sin ella. Hasta traicioné al Derecho por ella, y no me arrepiento, pese a la pérdida de capacidad económica.

MC. Eres una autora híbrida: has publicado con editorial y por tu cuenta, ¿con qué te quedas? ¿Lo mejor y lo peor de cada opción?

IMB. Difícil pregunta esta, la verdad. Supongo que un autor que publica con una gran editorial que lo cuida y lo mima, que le ha ofrecido un contrato digno y no leonino, que cumple con sus funciones de corrección y maquetación de forma pulcra, que lo promociona más allá de los primeros 15 días, que le distribuye los libros ampliamente y lucha por su visibilidad en las librerías, que le satisface los derechos generados por su obra con limpieza y sin ocultamientos, diría que prefiere siempre a la editorial, como yo también la preferiría de estar en este caso. Pero esta es una situación idílica que se da en contadas ocasiones. Como la inmensa mayoría de los autores de este país, he publicado con pequeñas editoriales y no siempre han cumplido lo que prometieron en un inicio. Eso sí, destacaría la labor más que loable de algunas pequeñas editoriales independientes que bregan sin ayudas ni reconocimiento en el mar bravío de un negocio que, en España, se reparten muy pocos.

Ya se autopublique, se publique con una editorial pequeña o, incluso, con una grande si no se ha alcanzado mucha fama, implica perderse en la frondosidad de un bosque donde resultamos invisibles, sin medios para la promoción y distribución adecuada de la obra. Hoy solo destacan los grandes nombres consagrados. Existe mucha oferta, sí, pero es indiscriminada. Los grandes sellos editoriales solo apuestan por el negocio y no corren el más mínimo riesgo.

Por lo expuesto, no descarto la publicación con una editorial, sea grande o pequeña, por sus indudables ventajas. Pero no pierdo de vista la autopublicación, a la que no le tengo ninguna manía y hasta puede ser muy aconsejable para no perder el control sobre la totalidad de la obra, aparte de otras ventajas como que no jueguen con el tiempo del autor ni lo sometan a tediosas esperas para publicar o no ser juzgado en un meritoriaje previo, si es que lo hay, al que lo somete alguien con más criterios mercantiles en su cabeza que estrictamente literarios en muchísimas ocasiones. La autopublicación ha existido siempre y a ella han acudido nombres señeros de la literatura universal.

MC. ¿Cómo ves tú el apoyo que se le da en este país a la cultura en general y a la Literatura en particular? ¿Existe realmente ese apoyo? ¿En qué fallamos y en qué acertamos como país en este asunto? Porque algo haremos bien… ¿o no?

IMB. Insuficiente. El mundo del libro está cada vez más olvidado, como el de la cultura en general. Desaparecen de los planes de estudio asignaturas humanísticas como la Filosofía o la Literatura. Parece que no interesara que los escolares de hoy desarrollen un pensamiento crítico, solo destrezas técnicas.

Pero quedan faros en medio de la tempestad, como el esfuerzo de muchas bibliotecas públicas que fomentan la lectura y los grupos de lectores (los llamados clubs de lectura). También existen ayuntamientos y algún que otro organismo que convocan premios literarios. Uno de los sectores que veo más sostenidos es el del cine. Existen apoyos, sí, pero son insuficientes, quizá por dedicarse pocos fondos económicos a esta labor. Tampoco considero razonable una cultura absolutamente subvencionada, ya que suele dar resultados muy pobres y es una puerta abierta a que se beneficien unos pocos avispados, no siempre los mejores. En un término medio está la virtud.

Y claro que hacemos cosas bien. Vuestra revista, que se nutre de vuestro esfuerzo, es un ejemplo de fomento de la cultura. Para los escritores el mayor apoyo, el mayor bien, es contar con lectores. Sin esas personas individuales que nos sostienen, creo que ningún autor se plantearía publicar, porque uno escribe y quiere ser leído. También es reseñable el esfuerzo de muchas pequeñas librerías que fomentan la lectura y amparan a los autores, con independencia de si cuentan o no con distribuidores profesionales, que las grandes superficies se las traen a este respecto y no admiten un libro que no les sea llevado por un distribuidor oficial, con la consiguiente condena a los autores locales que se han autopublicado.

MC. No quiero terminar sin preguntarte una curiosidad de tu novela más conocida, y más extensa: Aroma de vainilla, una maravillosa joya literaria que recomiendo sin dudar. ¿Cuánto tiempo tardaste en terminarla, es verdad que te llevó quince años? Cuéntanos, por favor.

IMB. Aroma de vainilla fue escrita ya en la madurez y me acompañó durante muchos años, dieciocho exactamente, aunque no estuve dieciocho años escribiendo, ya que tuve años de no acercarme a ella, pese a que anduviera por mi cabeza. En un principio surgió la primera parte de la historia, la de la relación de Segundo Ortega con Julia Abellán. Estos dos personajes calaron en mí de manera honda, por lo que, al poco de escribir ese primer germen, ya andaba preguntándome qué habría sido de la vida de Segundo y de su descendencia a partir del momento en que acabé de narrar. La curiosidad, el placer de ejercitar la imaginación y el propio gusto por escribir me hicieron continuar con la historia de esta familia.

Tardé tantos años en escribir la novela porque no contaba con demasiado tiempo libre a consecuencia del trabajo (trabajaba por la mañana, por la tarde y, en muchas ocasiones, hasta por la noche), por lo que la novela se fue formando a impulsos, de manera lenta a costa de robarle horas al sueño y de dedicarle los días libres que podía. Muchas veces, hacía tantos años que había escrito alguna de las escenas, que tenía que retroceder para volver a situarme. Además, en esta novela me planteé narrar de manera clásica, con abundantes hechos y no demasiadas digresiones. En su redacción, aprendí de forma intuitiva la paciencia de la que debe proveerse un escritor, el manejo de los tiempos narrativos, la importancia de la imaginación, la necesidad de documentarse cuando se sitúa la trama en una determinada época histórica y la humildad de las correcciones permanentes. Porque la corregí mucho. También la reduje en las revisiones, ya que partía al principio de casi 1000 páginas, lo que me pareció un exceso; la dejé en poco más de la mitad y, posteriormente, aún corté algo más hasta ajustarla a las cuatrocientas y pico páginas que hoy tiene. Como he dicho alguna vez, con Aroma de vainilla aprendí a ser novelista.

MC. Isabel, ¿algo más que quieras contarle a nuestros lectores?

IMB. Uf, nada más, que ya deben andar aburridos con esta charlatana. Solo una cosa: gracias por leerme.

MC. Gracias infinitas, Isabel. Ha sido un verdadero placer conversar contigo; tanto como leerte, que es una delicia.

IMB. Gracias a la revista y a ti, Marina. Hacéis una gran labor de fomento de la lectura y de la cultura en general. Que no decaiga, valientes.

Marina Collazo Casal

Entrevista íntegra publicada en el número 31 de la Revista Pasar Página