miércoles, 6 de octubre de 2021

RECORDANDO A ISABEL MARTÍNEZ BARQUERO

Hoy es el cumpleaños de Isabel, amiga de esta revista, que nos dejó de manera inesperada el pasado mes de febrero,  y no queremos terminar este día tan señalado sin recordarla con un relato suyo incluido en  Mujeres de otoño: La señorita Clara.

Te echamos de menos, Isabel. Besos y abrazos «chillaos» al cielo.


LA SEÑORITA CLARA

La señorita Clara corta con un hondo suspiro las lágrimas que le han enrojecido los ojos y le han dejado levantada la piel de las mejillas. Lleva tres horas con un llanto incesante, tres horas entregada al desconsuelo causado por la falta de unos de los seres más bellos que ha conocido en su vida, tres horas de desesperación, tres horas de tragedia sin lenitivos, tres horas de congoja para que su mente se haga a la noticia, a la triste noticia del fallecimiento de unos de los cantantes más dulces del mundo de la música.

Recoge con ademanes cansados los libros que han quedado esparcidos sobre la mesa antes de recibir la comunicación de la muerte de Claude, los coloca en los lugares correspondientes de las estanterías y, como una viuda que se prepara para velar el cadáver del esposo difunto, se dispone para escuchar las canciones de Claude, su viejo amor, el que treinta años atrás la cautivó durante tres infinitas noches de sexo y cuatro días magníficos de complicidades y paseos románticos por las calles de la ciudad que nunca volvió a ser la misma tras su partida.

Todo comienza de nuevo en su recuerdo, el lugar intangible que le permite guarecerse en las vivencias de la historia que la reconfortan. Revive su antiguo amor con Claude al compás que la voz melosa de él se esparce por la estancia en penumbra. Mientras domina algunas lágrimas rebeldes y evita que se desborden en una catarata que la suma otra vez en una aflicción inútil, se ve en aquellos tiempos pasados, cuando ella era aún joven y brava, cuando se enamoró de Claude hasta el tuétano.

Se observa a sí misma con claridad. Se ha llevado un gran disgusto. Su novio de entonces, Martín, la ha burlado una vez más: se ha ido de viaje sin anunciárselo. Cuando se entera por teléfono de su marcha imprevista, le pregunta en qué hotel se halla, por el simple gusto de saberlo, le dice, aunque sus intenciones son más arteras. Con los datos obtenidos del confiado Martín, se pone en contacto inmediato con un detective privado de la ciudad donde se halla el joven que empieza a cansarla con sus devaneos continuos y con sus misterios de baja estofa. Está harta de la propensión al engaño del muchacho hermoso con el que ha establecido relaciones. Quiere que el detective siga a Martín y consiga pruebas, las justificaciones obvias de su conducta disoluta, las evidencias inapelables para que su alma de mujer sensible quede satisfecha y jamás pueda suponer que fue movida por el capricho y no por la realidad contrastada.


El detective se pone en funcionamiento. Al cabo de pocas horas, le cuenta las andanzas pretendidamente laborales de Martín, esas que ella sospecha como toscas correrías de entrepierna. Porque las intuiciones de la señorita Clara son ciertas según se desprende de los informes que el investigador privado le suministra: el sujeto vigilado apenas ha salido del hotel unos minutos durante su estancia, los necesarios para aprovisionarse de alcohol en cantidades ingentes. El sabueso lo ha seguido hasta la misma puerta de la habitación y se ha quedado por el pasillo, a la espera de alguna visita o de algún otro indicio que le dilucide con quien piensa compartir el mozalbete el arsenal de botellas subidas. No ha tenido que esperar mucho rato el detective, pues en quince minutos llama a la puerta de la habitación de Martín una hermosa joven de cabellos rubios y piernas tan largas que da vértigo recorrerlas con los ojos. Al investigador no le queda duda alguna sobre la naturaleza de las relaciones del investigado con la rubia cuando escucha los arrullos amorosos mezclados con las melodías del hilo musical. Sonríe satisfecho y se larga del hotel con la sensación del deber cumplido. Un lío de faldas, como tantos otros para los que se requieren sus servicios.

Cuando el detective ha informado a la señorita Clara por teléfono de las acuciantes ocupaciones profesionales de su novio Martín, aquella demuestra su exquisita cuna sin inmutarse lo más mínimo, sin que un quiebro de su voz delate el vendaval celoso que se ha levantado en su fuero interno. Martín ha traspasado con creces la línea de cualquier comportamiento permitido. Tras varias escapadas del mismo estilo en los últimos meses, la señorita Clara no está por la labor de seguir entreteniendo amores con un rufián de calenturas infieles y palabras engañosas, así que resuelve romper con él en ese mismo momento, al margen de la aquiescencia del implicado.

Contenta con su decisión y apaciguada en su dignidad ofendida, la señorita Clara no se explica cómo su cuerpo sigue comportándose como si estuviera metido en medio de una jaula poblada de alacranes. Dispuesto el corte con el infiel Martín, es para que la tranquilidad de ánimo hubiera regresado a su espíritu, pero no hay manera de conseguirla, no obstante, las muy buenas palabras que se dice a sí misma y las recomendaciones de diversión con las que se hostiga, como si el jolgorio fuera la varita mágica que le va a disipar todas las penas producidas por el traidor. No cesan sus agitaciones caóticas, sus hipidos nerviosos, sus furias desatadas. Continúa un buen rato como si estuviera siendo filmada por una mala cámara que acelerara hasta el histrionismo todos y cada uno de sus movimientos. Como una muñeca antigua y trágica, se ve a sí misma en blanco y negro, ridícula e inquieta hasta la extenuación, presa en una película insufrible.

Harta de no hallar quietud en ninguno de los entretenimientos espirituales que suelen acaparar su atención, decide acicalarse a conciencia. Saldrá de caza. Sí, se tirará a la calle para echarse en los brazos de cualquier muchacho que encuentre en su camino. Solo de este modo considerará que Martín y ella están empatados. Porque el torbellino colérico que se ha desatado en su interior por haber sido burlada no la deja tranquila un segundo. Es como si unos dientes se le clavaran con saña, como si un cuchillo se complaciera en hurgarle por los rincones más recónditos de su ser. Tiene bien claro que su alma le exige sangre, venganza, una máxima traición que la ponga a la misma altura de Martín. No podrá descansar hasta que le pague al ingrato con la misma moneda.

Con una coquetería calmosa que hace tiempo que no la visita, se da un baño, se embadurna de hidratante corporal, se viste, se maquilla y se perfuma como si fuera a visitarla un marajá de la India. Se mira en el espejo satisfecha del resultado obtenido. La hora y media que ha invertido en componer la imagen deseada ha merecido la pena: la luna le devuelve a una mujer joven absolutamente irresistible. De blanco vaporoso, con las oportunas transparencias y ceñidos donde conviene, su bronceado playero destaca con sensualidad, lo mismo que su pelo oscuro y brillante. Sus ojos despiden chispas de seducción y su boca jugosa, realzada por el carmín rosáceo, hace la mueca de darse a sí misma un beso. Por muy maricones o flojos que sean los hombres de su ambiente artístico, alguno habrá que no se resista a sus encantos realzados.






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