jueves, 4 de septiembre de 2025

«Una dama sin honor» de Arwen Grey

 



Sinopsis

Sir Percyval Huxtable es un caballero que se esfuerza con toda su alma por aparentar ser indolente e insufrible, pero su alma se estremece cada vez que alguien necesita su ayuda. Lo que no se espera es que Prudence Prynne, una mujer alejada de la buena sociedad tras cometer el mayor pecado que puede cometer una joven de buena familia, le pida lo último que él está dispuesto a conceder: su mano.

Prudence tiene argumentos y una personalidad difíciles de ignorar y Percy se verá pronto ante un dilema: aceptar en matrimonio a una dama sin honor o dejar que pierda todo lo que posee a manos de un hombre al que desprecia.

 

Dramatis personae

-Sir Percival Huxtable: un caballero indolente con un insospechado sentido del honor

-Prudence Prynne: una dama sin honor

-Lydia Prynne: su inocente prima

-John Prynne: un caballero con poca vergüenza

-Wilkins: un hombre poco recomendable

-Roderick P.: un abogado preocupado


UNA DAMA SIN HONOR

 

CAPÍTULO 1: LA CARTA

 

Percyval Huxtable estaba repanchingado en su sillón favorito en el club, fingiendo leer el Times, aunque sus conocidos sabían que era su momento favorito para descabezar un sueño, cuando comenzaron los acontecimientos que cambiarían su vida para siempre.

Por supuesto, él no lo sabía. Y, de saberlo, no sabemos si habría actuado como lo hizo. Pero el caso es que lo hizo, así que da igual hacer cábalas sobre qué habría ocurrido si Percy no hubiera estado en el club, o si hubiera decidido no intervenir o, quién sabe, ya estuviera dormido.

La cuestión es que Percyval Huxtable estaba intentando dormir, pero no podía, porque unas voces y unas risitas insidiosas se lo impedían. Durante unos instantes pensó que una algarabía así era indigna de caballeros ingleses y que, por tanto, alguien debería intervenir para que cesara de inmediato. Ni por un momento se le pasó por la cabeza se planteó que ese alguien tuviera que ser él. Al fin y al cabo, estaban en uno de los clubes de caballeros más prestigiosos de Londres, y, por ende, del mundo. Pagaba una cuota astronómica para que el personal se asegurase de que los miembros se encontrasen siempre en una atmósfera civilizada.

Solo por eso, era de lo más inconveniente que se escucharan esas risas estúpidas y escandalosas, y más a una hora tan inapropiada como la de después de comer.

—Escuchad, amigos, esta es mi parte favorita: todavía pienso con ardor en el tacto de tus labios y tus manos en mi cuerpo. Estoy deseando volver a sentirte en mi…

Percy abrió un ojo y lo clavó en el que había hablado.

Reconoció a Wilkins incluso de espaldas. Vestía tan a la moda como era deseable y llevaba tanta pomada en el cabello que sus ondas parecían esculpidas más que peinadas. Ahora había bajado la voz y susurraba para deleite de sus compinches, que reían como hienas.

Dejó el Times a un lado con disgusto. De todas formas, ni lo iba a leer ni lo iba a poder usar como tapadera. Al parecer, ninguno de los que rodeaban a Wilkins se había dado cuenta de que él estaba ahí, a apenas un par de metros de distancia. O quizás sí se habían dado cuenta y les importaba un ardite reírse así de una dama en público.

—¿Volviste a verla, Wilkins? —preguntó uno de los caballeros—. Aunque, si no la quieres para ti, puedes compartirla. Una palomita así de ardiente no se ve todos los días…

Percy apretó la mandíbula al escuchar la voz de John Prynne, un antiguo compañero de Oxford. Durante un tiempo habían mantenido una cierta amistad, pero John había demostrado tener tan pocos escrúpulos como decencia. Le gustaba demasiado el juego y derrochaba el dinero, sin importarle si era el suyo o el de sus amigos o conocidos. Además, gracias a su atractivo, rompía los corazones de las mujeres, sin importarle su clase o ascendencia, si estaban solteras o casadas.

—A lo mejor quieres esperar a que acabe la carta para saber de quién es, Johnny… —respondió Wilkins antes de soltar una carcajada impúdica que hizo que todos los demás lo coreasen.

Después de eso, levantó dicha carta en un gesto ostensivo.

John Prynne trató de alcanzarla, pero Wilkins, mucho más alto y ágil que él, la puso fuera de su alcance.

Desde su asiento, invisible al parecer para los demás, Percy observaba la escena, molesto sin saber muy bien el motivo. Esos hombres le caían mal. De hecho, le caían terriblemente mal. Además, no le gustaba que Wilkins se burlase de una antigua amante leyendo su carta delante de sus amigotes. Tampoco le agradaba que le ofreciera a esa mujer a un hombre sin escrúpulos como John Prynne, aunque fuera una capaz de escribir esas cosas.

—Sigue, pues. Estoy deseando saber quién es la fierecilla que se ha atrevido a poner por escrito todo eso. En persona tiene que ser como la pólvora —dijo John, con ese tono de sátiro que tantas veces había sufrido Percy en sus tiempos universitarios y aun después, hasta que sus caminos se separaron.

Wilkins no se hizo de rogar. Alisó el papel, que parecía de buena calidad, y se aclaró la garganta para deleite de sus compinches.

Amado mío

—La tenías bien atrapada, ¿eh, truhan?

—¿Quieres saber más o qué, maldito seas? Amado mío… Me prometiste que me enseñarías muchas cosas y me dijiste que no debía ser impaciente, pero… —Wilkins volvió a callar ante los silbidos y las risas de sus amigos. Había hecho una pausa y los miraba como un actor o un poeta a su público, deseoso de atención. Volvió a levantar la carta y abrió la boca, listo para leer—: Oh, no sabes cómo deseo volver a verte y…

Para entonces, Percy ya había decidido que tenía bastante, de modo que abandonó su mullida butaca, se alisó el chaleco y la levita y se acercó al grupo, que estaba tan atento a las palabras de Wilkins que ni siquiera notó su presencia justo tras ellos.

—Me temo que va a tener usted que entregarme esa carta, señor Wilkins.

Wilkins, que había seguido leyendo, pareció durante unos instantes ajeno a sus palabras, hasta que vio la mano de Percy justo ante sus ojos. Entonces, resiguió su mano, su brazo, pasando por su hombro hasta llegar a su rostro, donde se detuvo, estupefacto.

—Lárgate, Huxtable. ¿No ves que nos estamos divirtiendo?

El coro de loros que rodeaba a Wilkins rio su chiste, aunque había perdido algo de brillo.

—Deja que Percy se una a nosotros. Seguro que le viene bien un poco de diversión. Hace siglos que ha olvidado de lo que se siente.

Percy se encogió al notar la palmada de John en la espalda, pero ignoró el comentario y siguió con la mano extendida hacia Wilkins.

—La carta, señor Wilkins, por favor. Comprenderá usted que no es digno de caballeros leer la correspondencia privada a viva voz, y más cuando se trata de damas. —Pudo ver cómo las mejillas de Wilkins enrojecían, aunque estuvo seguro de que no por vergüenza—. Démela, o me temo que tendré que retarlo a duelo.

Wilkins arrugó la carta en un puño y la guardó dentro de uno de sus bolsillos. Levantó la barbilla y lo miró con gesto petulante.

—Los duelos son ilegales. ¿Va a saltarse la ley un tipo como tú por una mujer a la que ni siquiera conoces?

Percy se preguntó cómo se había metido en aquello.

Solo había ido al club a echarse una siesta, como cada día, porque en su casa era imposible, con los niños de su hermano correteando por todas partes. Podría haberse hecho el dormido, podría haberse quedado callado, como habrían hecho la mayoría de los hombres… Pero él, a saber por qué, se había levantado y había retado a duelo a ese idiota por una mujer desconocida.

Se encogió de hombros y esbozó una sonrisa torcida.

—En efecto, voy a hacerlo. Aunque también podría usted entregarme esa carta y disculparse… Estaría comportándose como un caballero y todo acabaría bien y sin problemas para los presentes.

Pudo ver cómo la duda corría por el semblante de Wilkins. De no haber estado rodeado de amigos, todos y cada uno tan estúpidos como él, habría cedido, pero no podía hacerlo y quedar como un cobarde delante de ellos y de John Prynne.

Y así fue cómo Percyval Huxtable fue a su club a echar la siesta y se encontró retando a duelo a un idiota.

Y también fue así como comenzó esta historia en la que un caballero aburrido pensaba que salvaba a una dama, pero resultó que ella también lo salvaba a él.

 

*       *      *

 

Prudence Prynne se ajustó los anteojos para contemplar mejor el grabado que acababa de recibir desde Francia. Había apartado con desdén la nota en la que se le advertía que no era apta para todos los ojos, en especial los de una dama joven e inexperta y blablablá… Ella era joven, aunque cada vez menos, al menos a los ojos de la sociedad, aunque lo de inexperta…

Apartó ese pensamiento y volvió a centrarse en la lámina. Mostraba el aparato reproductor masculino en toda su gloriosa belleza. Había visto dibujos antes, pero jamás ninguno con tanto detalle. Era magnífico, aunque no comprendía el porqué de las advertencias a las damas. Al contrario, todas las mujeres, y también los hombres, deberían formarse todo lo posible.

Ella tenía la suerte de poseer una cierta fortuna y una biblioteca a su alcance donde poder contemplar y estudiar cuanto desease, y sin interrupciones. Era mejor no pensar en que esa calma no había sido del todo deseada en algún momento, aunque ahora se había acostumbrado y no la cambiaría por nada.

—Acaba de llegar una nueva carta del abogado.

Prudence tapó el grabado para que Lydia no lo viera. Su prima no era tan abierta de mente como ella, por muy partidaria de la educación que fuera. Las dos habían abierto una pequeña escuela para las niñas del pueblo y daban clases cada día, no solo de escritura, lectura, literatura inglesa, francés y bordado, que era lo que ellas habían estudiado con su institutriz, sino que trataban de abarcar todos los conocimientos que poseían, aunque fueran pocos: música, astronomía, economía, política e incluso deportes. Aunque los padres de las chiquillas se habían mostrado algo reacios al principio, las madres habían accedido con gusto a enviar a las niñas, sobre todo al saber que, además de clases, las Prynne les daban el almuerzo.

—¿Y qué dice esta vez? Espera, no me lo digas: señorita Prynne, cásese o lo perderá todo —dijo con voz grave y ostentosa.

Lydia rio y se sentó a su lado en el banco acolchado, aunque en realidad era demasiado pequeño para las dos.

Con los anteojos, Prudence veía a Lydia demasiado cerca y un poco deforme, con los ojos azules tal vez un poco demasiado juntos y la nariz muy grande, la boca muy pequeña y, en definitiva, aspecto de duende. Y, aun así, tendría más posibilidades de casarse que ella.

—Ha dicho eso, más o menos —concedió Lydia, tratando de parecer optimista, aunque había pocos motivos para serlo—. Y también ha dicho algo más… Creo que no debería haber abierto la carta. Iba dirigida a ti.

Prudence se quitó los anteojos para ver a Lydia bajar la mirada, sonrojada. Fuera lo que fuera que había dicho el dichoso abogado, tenía que haber sido muy estúpido para que Lydia no fuera capaz de mirarla a la cara.

Tomó la carta que su prima le tendía y la leyó con creciente incredulidad.

Se levantó de la banqueta, sin saber muy bien si sentirse indignada o triste. Tuvo que releerla para comprender lo que decía.

 

Querida señorita Prynne,

Espero que se encuentre usted bien.

El motivo por el que me dirijo a usted es para recordarle que el tiempo apremia para solucionar sus asuntos. Sé que no está usted abierta a la solución más evidente, pero le ruego que vuelva a pensárselo o poco podremos hacer antes de que todo esté perdido.

Sin embargo, hay otro asunto que me gustaría tratar con usted, y me temo que se trata de algo grave. Recientemente se ha presentado en mi oficina un caballero que asegura que tuvo con usted cierta… intimidad. Exigió una cantidad de dinero a cambio de su silencio. Cuando le pedí pruebas de lo que decía, lo vi vacilar y salió huyendo. Al hacerlo, vi que cojeaba.

Me tomé la libertad de averiguar quién era y supe que se había visto envuelto recientemente en un duelo. No fue difícil averiguar cuál era la causa de tal hecho y quién su contrincante: el rival del caballero del que hablamos lo retó a duelo por defender del honor de la dama autora de cierta carta. Y venció.

Señora mía, sé que es usted reticente al matrimonio, pero en apenas seis meses perderá usted todo lo que posee si no pasa por la vicaría. Y, por desgracia, pasará a las manos de su primo John.

Le adjunto las señas de sir Percival Huxtable, el hombre que retó a duelo al caballero que difamó a cierta dama autora de cierta carta. Tal vez tenga usted algo que proponerle.

Atentamente,

Suyo,

Roderick P. abogado

 

Prudence apartó la carta de Roderick P. abogado y suspiró. La lectura había sido sin duda confusa y había muchas lagunas en los acontecimientos, sin embargo, lo esencial estaba claro: tenía que casarse y el tiempo apremiaba. Lo demás poco importaba.

Volvió a leer el nombre del hombre que había retado a duelo a Phillip Wilkins, al parecer para defender su honor. Percival. Percy. Era un nombre bonito para un marido. Si es que él aceptaba como esposa a una mujer sin honor, claro.

 

 CAPÍTULO 2: LA PROPUESTA


        El saloncito que daba al oeste se había ido convirtiendo, con el paso de los años, en el refugio de Prudence.

        Oh, ¡cómo había odiado esa casa cuando la habían exiliado allí, hacía diez años!

        Al fin y al cabo, ¿qué pecado había cometido? Nada distinto al que cualquier hombre de cualquier clase social cometía cada día. Sin embargo, sus padres no pensaban lo mismo.

        Su padre, sir Joshua Prynne, que mantenía una amante en Covent Garden de un modo reconocido, la había encerrado en su dormitorio durante una semana y había jurado matar a su seductor en cuanto supiera quién era. Sin mucha convicción, solo porque creía que era su deber, pero lo había hecho. Su madre se había limitado a llorar, porque siempre había soñado con casarla con un duque, algo que siempre había estado fuera de su alcance, por falta de fortuna y belleza.
Por suerte, o eso había pensado ella al principio, Philip se las había arreglado para escabullirse de Londres y de las largas garras de su padre. 

        Lo había conocido en un baile, que era como las jóvenes conocían a los hombres casaderos, ya que era impensable que una mujer conociera a alguien del sexo opuesto apenas de otra forma.

        Él era guapo, simpático y bailaba de un modo que hacía que a Prudence le temblaran las piernas. Y eso no le había ocurrido nunca antes.

        Le había robado un beso detrás de una columna en el segundo baile, y le había metido la mano bajo el escote en el tercero. Después de un corto asedio baile tras baile, lo suyo había acabado en un levantamiento de faldas tras unos setos mientras sonaba un vals. Ella había pensado que había sido precioso y romántico, aunque doloroso al principio. Breve, eso sí, pero precioso. Luego habían vuelto al baile como si nada, aunque para Prudence todo había cambiado para siempre. Solo que entonces no lo sabía.

        Porque estaba enamorada.

        Escribía poemas y se chocaba con los marcos de las puertas porque no miraba por dónde caminaba. Respondía cosas absurdas cuando le hablaban porque no estaba escuchando y todas las cosas ridículas que se hacen cuando Cupido te lanza una flecha.

        No es extraño que todo el mundo notase que algo le ocurría. Solo había dos opciones: locura o amor.

        El misterio se desveló cuando su prima Lydia, que a la sazón solo tenía trece años, esa edad en la que no se saben guardar los secretos, soltó en una reunión familiar, que muy pronto habría una boda.

        Todo el mundo miró a Prudence.

        Y Prudence corrió a encerrarse en su dormitorio.

        Para entonces, Philip ya no la besaba ni le metía la mano por debajo del corpiño. Prudence había pasado varias noches en vela preguntándose el porqué de su actitud. Al fin y al cabo, ella le había ofrecido su amor, sus caricias, su virtud… Su todo. 

        Le había escrito hacía una semana, pero él no había respondido. No comprendía qué podía significar aquello…

        Ni siquiera se dio cuenta de que su padre había entrado en su dormitorio.

—Dime que no te has dejado engañar por algún sinvergüenza.

        No le gritó. La decepción en su voz fue peor que cualquier grito. En su mirada vio que conocía su corazón. Y lo peor fue que no le ofreció ningún consuelo para su corazón roto.

        —Él me quiere —dijo, aunque, ya entonces supo que no era así. De serlo, ¿dónde estaba? ¿Por qué no respondía a su carta?

        Sir Joshua se había limitado a suspirar y a cerrar la puerta a sus espaldas. Sí, había dicho lo de retar a duelo a su seductor, pero sin sentirlo. Todos sabían que jamás lo haría.

        Una semana después estaba en la mansión campestre de la familia.

        Prudence siempre había odiado el campo. Ella adoraba Londres, sus calles, el bullicio, poder entrar en cualquier tienda a comprar una fruslería, un libro o un poco de encaje. 

        Pero ahora estaba exiliada en un lugar inhóspito solo por… ¿por qué? Por haber amado, deseado, querido a un hombre. Un hombre que la había abandonado y del que jamás había vuelto a saber nada.

        Suspiró y miró por la ventana. El jardín estaba muy hermoso en primavera y era una de sus partes favoritas de la propiedad, junto con la biblioteca. Esa biblioteca que se había convertido en su refugio.

        Al llegar, había poco más que hacer aparte de leer, así que pasaba allí la mayoría del tiempo. 

        Casi no recibía ni cartas ni visitas. Su madre le escribía poco. La culpaba por la vergüenza que había causado a la familia. Una vergüenza secreta para todo el mundo, aunque muy real para ella. Se preguntaba qué le decía a la gente que le preguntaba qué había sido de su hija. Probablemente achacaba su ausencia de la ciudad a una salud frágil. Con el tiempo, era posible que se hubiera convencido de que era cierto. 

        Su padre era al que más veces había visto en todo ese tiempo. Al principio se limitaba a mirarla con reconvención, como si así fuera a lograr que confesara quién era el culpable de su caída. Más tarde, fue alargando sus visitas. Le gustaba que su carácter se hubiera hecho más tranquilo y callado, o que al menos lo aparentara en su presencia. Por su parte, Prudence agradecía sus regalos y las noticias de la ciudad, aunque cada vez le parecía más lejana.

        La muerte de su tío hizo que su vida cambiara de un modo inesperado. Durante años había pensado que guardaría rencor eterno a la persona que había sido el heraldo de su caída, pero, al saber que su prima Lydia había quedado desamparada y sin hogar, hizo saber a su padre que deseaba que fuera a vivir con ella.

        La muchacha, cinco años menor que ella, la miró con temor al cruzar el umbral de la casa. Por lo visto, Prudence se había convertido en una especie de temible leyenda familiar. Todos hablaban de una vieja loca ermitaña de cabello enmarañado y vestido ajado que habitaba una casa llena de telarañas. Debió de ser una sorpresa para ella el hecho de encontrarse a una joven atractiva, alta y vestida con elegante sobriedad.

—Espero que no te quedes ahí todo el día. La merienda espera lista en la biblioteca y te aseguro que el bizcocho está delicioso. Estoy convencida de que aquí serás feliz.
        Y habían sido felices durante tres años.

        Entonces su padre había muerto y había recibido la carta del abogado. La primera de muchas. 

        Prudence notó un pinchazo en la mano y se dio cuenta de que había estado apretando la pluma con demasiada fuerza.

        Bajó la mirada hacia la carta que había redactado. 

        No conocía a ese hombre y no sabía cómo dirigirse a él. Además, no era habitual ni digno que una mujer escribiera a un hombre. Pero ella no era una dama digna.

        Antes de poder arrepentirse, dobló el papel y lo lacró. Se levantó y le entregó la carta a un criado. Era mejor que saliera cuanto antes. No tenían tiempo que perder. Al menos en eso estaba de acuerdo con Roderick P., abogado.


               *                           *                   *

        Percy añoraba la tranquilidad de su casa y odiaba las goteras.

        La casa de su hermano tenía goteras, por eso le había ofrecido la suya a su familia mientras durasen las obras. De eso hacía tres meses y parecían tres siglos.
¿Cuánto podía tardarse en arreglar unas goteras?

        Un niño de unos cincuenta centímetros de altura chocó con su pierna y lo hizo bajar la mirada. Tenía los brillantes ojos azules de su madre y el cabello oscuro de su padre. Y también un hueco en los dientes frontales que pudo ver cuando le sonrió.

        —Hola, tío Percy. ¿Me llevas en hombros?

        Percy pensó que podría negarse. Si el resto de los niños, nada menos que tres, se enteraban de que había cargado a John, también querrían que los llevase a hombros, pero los pequeños monstruos no estaban a la vista, así que se agachó y se lo puso a la espalda. Incluso empezó a mascullar un ruidito que pretendió imitar el trote de un caballo.

        —¡Señor! Hay correo para usted, señor.

        Percy se giró hacia la voz que hablaba y tomó como pudo el sobre que le tendía. No conocía al remitente, unas simples siglas. Lo guardó en el bolsillo para leerlo más tarde con calma.

        Solo lo recordó cuando llegó la hora de acostarse.

        Era tarde y estaba agotado. Una larga discusión entre su hermano y su cuñada acerca de las obras de su casa lo habían hecho huir de su propio hogar. Lo aburrían las disputas domésticas, los niños y las charlas acerca de cortinajes, papeles pintados y muebles. 

        Primero había acudido al teatro y después se había pasado brevemente por un baile, aunque durante poco tiempo. Al final se había refugiado en el club, donde había charlado de cosas que le resultaban más reconfortantes, como las reformas del gobierno y el corte de un buen traje.

        Al regresar, agradeció el silencio de la casa. Añoraba cuando vivía allí solo, con el servicio, que conocía sus gustos y preferencias.

        Despidió a todo el mundo y se fue directamente al dormitorio. Por suerte, el de su hermano estaba lo más lejos posible del suyo.

        Disfrutó de la calma, pensando en lo grato que era vivir así. Había muy pocas cosas por las que cambiaría su vida. Solo algo muy bueno le haría replantearse lo que tenía.

        Se quitó la chaqueta y la colocó en el respaldo de una silla. Al hacerlo, vio que alguno de los criados había dejado en la repisa de la chimenea la carta que había recibido por la tarde. Quizás se había caído del bolsillo sin que se diera cuenta. 

        Se acercó a la lámpara y rompió el lacre con cuidado.

    Apreciado sir Percival,

    He empezado esta carta una docena de veces y el papel es demasiado caro como para decidirme a que este sea el último intento. Es mejor ser directa.

He sabido por mi abogado que hace poco usted ha hecho algo muy estúpido por mí, así que es posible que sea el hombre indicado como para hacer algo todavía más absurdo para ayudarme.

Cásese conmigo y yo le compensaré como pueda. Le aseguro que no le pediría algo así si no fuera estrictamente necesario.

Atentamente,

Prudence P.

PS. Visíteme en la siguiente dirección la semana próxima para más detalles. Sea discreto, se lo ruego.

        Percy releyó la carta media docena de veces sin acabar de comprender si aquello era una broma.

        Al final de la carta aparecían unas señas en la campiña de Kent que le sonaban terriblemente lejanas, aunque la distancia era prudencial, si tenía en cuenta que el tiempo estaba siendo bastante seco y no tenía gran cosa que hacer la siguiente semana.

       Se indignó consigo mismo al darse cuenta de varias cosas:

        1) Era muy posible que esa mujer fuera la misma que había escrito la carta subida de tono que leía Philip Wilkins en el club.

        2) Era muy cierto que había cometido una estupidez por ella: había retado a duelo a Wilkins por ella. De hecho, había herido a Wilkins por ella, aunque hubiera sido más bien un accidente cuando él había tratado de escapar y el arma se le hubiera disparado sola cuando lo había seguido para pedirle la carta, sin éxito.

        3) Esa dama era muy imprudente al escribirle y al proponer… ¡Dios, le había propuesto matrimonio a un desconocido!

        4) Si las cosas que había escrito en la carta y todo lo que Wilkins había insinuado era cierto, no era la esposa ideal, precisamente… 

    Sin embargo, por algún motivo, esa mujer lo había intrigado. Parecía inteligente y su letra era apasionada y bastante imperfecta, aunque fácil de leer. Jamás había conocido a nadie, y menos a una mujer, que se atreviera a escribir así.

    Releyó la carta y le alarmó ver, en esta ocasión, el temor en cada línea.

    Esa mujer, fuera quien fuera Prudence P., acudía a un desconocido con la lejana esperanza de que la rescatara de… ¿de qué?

    ¿Qué peligro podía acecharla en el campo? ¿Acaso el maldito Wilkins se había atrevido a acosarla?

    Apretó los labios y notó el disgusto en cada músculo de su cuerpo al recordar las risas de sus compañeros de club mientras Wilkins leía su carta.

    Era posible que esa mujer fuera imprudente e incluso lasciva, pero no merecía que ningún hombre la humillase así después de que ella se ofreciera a él.

    Dobló la carta y la colocó en la mesita de noche. En su cabeza empezó a hacer planes para la semana siguiente.

    Si iba a visitar Kent, tendría que dejar arreglados varios asuntos. Además, se dijo para sí, su hermano y su esposa agradecerían tener la casa para ellos solos.

    Cuando se metió en la cama las frases de la carta le rondaban la cabeza.

    Cásese conmigo y se lo compensaré como pueda.

    Ridículo.

    Le explicaría a esa tal Prudence P. que era imposible. La ayudaría como pudiera en cuanto le explicara su problema, pero casarse era im…

    Se durmió antes de poder completar ese pensamiento.


CAPÍTULO 3: EL ENCUENTRO


Percival Huxtable contempló el paisaje desde la ventanilla del carruaje y se sorprendió de lo verde que era la hierba. 

Trató de recordar cuándo había salido por última vez de Londres. 

Su familia poseía una casa en el campo, como todas las familias pudientes, pero era su hermano el que la disfrutaba, junto con su esposa y sus hijos. Sin duda, los niños se beneficiaban de correr como salvajes por la campiña de Essex y dormían como angelitos por las noches. Ahora, en cambio, solo salían con la niñera al jardín de su casa y se mostraban mustios como perritos falderos ahítos de dulces.

Un bache terminó con el hechizo temporal que había sentido por la vida en el campo. De pronto recordó por qué no visitaba la fría casa de campo de los Huxtable: la humedad de la hierba, los insectos, el hedor de las heces del ganado, las distancias que había que recorrer para llegar a cualquier parte, la ausencia de diversiones decentes, la presencia ineludible de algunos miembros de la familia…

Por suerte, sus asuntos campestres terminarían rápido y pronto regresaría a su rutina.

Había enviado una nota a la señorita Prudence P. para avisarla de que acudiría a visitarla el miércoles por la tarde para hablar con ella acerca de su propuesta. Ella había respondido diciendo que lo esperaría a la hora del té y Percy había sentido una estúpida sensación de anticipación.

Y la sensación era estúpida porque su plan era rechazar su propuesta, no porque tuviera ganas de conocerla.

Se removió, incómodo, en el asiento del carruaje. En la última parada el conductor le había dicho que llegarían pronto.

Volvió a mirar por la ventana, pero no se fijó en lo que pasaba ante sus ojos. Solo podía pensar en la carta en la que Prudence P. le había propuesto matrimonio. No debería sentirse tan inquieto. Su charla sería breve y concisa. Le ofrecería a esa mujer su ayuda, si la necesitaba, con la esperanza de que le diera las gracias y lo despidiera con una palmadita. Con suerte, su relación terminaría esa misma tarde. Después, retomaría su vida.

Su vida que era… bien… ¿tranquila? ¿rutinaria?

Él lo había deseado así. 

—¡Ya estamos casi, señor! ¡Esa es la mansión de los Prynne, Whitehall!

Percy salió de su ensimismamiento para observar la fachada de la hermosa casa que se apreciaba entre la avenida de árboles. Aunque estaban lejos, se adivinaban la parte principal de la casa y dos alas, recogidas sobre una escalera de entrada majestuosa.

¿Había dicho Prynne? No podía tratarse la familia de John, su viejo compañero de universidad. Sin duda, debía de ser un apellido más común de lo que pensaba.

Cuando el carruaje se detuvo al fin ante la puerta de la casa, ante la escalera monumental, varios minutos más tarde, Percy sentía que la cabeza le daba vueltas ante la enormidad de lo que veía.

—¿Está seguro de que es aquí? —le preguntó al cochero, que le había abierto la puertezuela y esperaba pacientemente a que descendiera.

—¡Oh, sí, señor! Aunque dicen que la casa no ha vuelto a ser lo que era desde que el viejo señor murió. Ahora la administra su hija, y ya sabe lo que dicen de las mujeres. No saben de cuentas ni de tierras, si quiere saber mi opinión. Es una suerte para los aparceros que pronto se vaya a solucionar el asunto de la herencia y el señorito vaya a encargarse de todo. 

Percy descendió del carruaje y miró hacia la fachada. En su opinión, la propiedad no parecía mal cuidada. El césped ante la casa estaba verde y frondoso y el jardín lucía hermoso. Al paso del carruaje, el ganado le había parecido sano y gordo y los campos abundantes. 

Pero quién era él para opinar.

Le dio unas monedas y agradeció que eso le hiciera callar. Por suerte, un mozo de cuadras lo acompañó a las caballerizas y lo libró de él. 

Una vez a solas, pensó en lo que le depararía esa tarde. Según sus planes, una hora sería suficiente para solucionar lo que lo había llevado a aquella casa. Después, volvería a montar en el carruaje y viajaría hasta el pueblo más cercano. Había reservado una habitación en la mejor posada para esa noche y regresaría a Londres al día siguiente. 

—Usted debe de ser sir Percival Huxtable.

La voz provenía de la puerta entreabierta de la casa.

Percy ni siquiera se había dado cuenta de que se había abierto. Tras ella, distinguió a un hombre relativamente joven vestido de librea.

—En efecto —respondió—. Tengo entendido que me esperan.

La puerta se abrió un poco más para dejarlo pasar y Percy subió los peldaños de la escalera de entrada para entrar. Le entregó al hombre el sombrero y los guantes y él hizo una ligera reverencia de bienvenida.

—La señorita Prudence todavía no ha llegado de la escuela, pero me ha dicho que le gustaría que la esperase en la biblioteca, si no le importa.

—Será un placer.

Percy siguió al mayordomo por el enorme hall de la casa, decorado con elegancia, pero también con sobriedad, hasta un descansillo frío y lleno de cuadros con escenas de caza. Deseó preguntarle acerca de la señorita Prudence y a qué se refería con eso de la escuela, pero el mayordomo no dio pie a ningún tipo de charla. Lo único que pudo hacer fue seguirlo a buen paso descansillo tras descansillo por una casa que lucía rica y lujosa, aunque sin pasarse.

Y ella parecía ser la señora de la casa. Una casa magnífica, además, a pesar de lo que había insinuado el cochero. ¿Cuál podía ser su historia, la de la carta que había leído Wilkins en el club, y qué la podía haber llevado a hacer una petición semejante a un desconocido como él?

Lo dejaron en la biblioteca, una estancia que no tenía aspecto de ser un lugar solo decorativo. Había cuadernos y utensilios de escritura repartidos por varias mesitas y por los sillones y también lámparas de lectura. Los libros se amontonaban casi por cualquier superficie útil y las estanterías lucían vividas y gozadas, no como las de algunas casas que conocía. Ni siquiera la suya lucía así.

Poco después, el mayordomo regresó con una bandeja con un servicio de té y lo volvió a dejar a solas.

Percy caminó por la habitación, curioseando sin disimulo, en busca de pistas acerca del carácter de su anfitriona.

Se detuvo ante un atril cerca del gran ventanal que daba a un jardín trasero. Tuvo que acercarse más para acabar de comprender lo que mostraba la lámina que estaba colocada allí con cuidado, rodeada de cuadernos de notas, tintero y plumas.

—¿Hermoso, verdad? ¿Había visto usted un miembro viril con tanto detalle alguna vez?

Percy se irguió de golpe al escuchar la voz femenina, teñida por un ligero tono burlón.


                        *              *                   *  



Prudence corrió a través del jardín para llegar a la biblioteca.

A esas alturas, él ya debía de estar allí, porque le había dicho que estaría en casa a la hora del té.

Se había retrasado en la escuela porque ese día Lydia se había levantado descompuesta y había tenido que dar todas las clases sola. Por eso no había podido prepararse para la entrevista con sir Percival, como le habría gustado. ¡Oh, tenía tantos argumentos preparados para convencerlo de que debían casarse! Los había memorizado y ensayado en su cabeza mil veces, pero ahora que estaba a punto de verlo, no era capaz de recordar ninguno.

Atravesó las compuertas de la biblioteca y se limpió el sudor de las palmas en la falda del vestido. 

Podría haber pasado por su dormitorio para cambiarse de ropa y peinarse, pero eso habría supuesto retrasarse todavía más, y no quería hacerlo. En cualquier caso, toda posible belleza que hubiera poseído se había desvanecido hacía mucho tiempo y ya no sería un argumento a favor del matrimonio.

Al principio dudó. 

Potter le había dicho que sir Percival estaba allí y que incluso le había llevado el té, pero no lo veía. Y entonces escuchó un ruido cerca de su atril.

—¿Hermoso, no cree? ¿Había visto usted un miembro viril con tanto detalle alguna vez?

Se dio cuenta de que lo había asustado al ver su expresión.

Sir Percival era bastante más atractivo de lo que había imaginado, aunque en ese instante, con el rostro congestionado y los ojos abiertos de par en par, resultara cómico. En todo caso, era joven, elegante y acababa de avergonzarlo con uno de sus inoportunos comentarios.

—Quiero decir, que es una representación anatómica muy acertada —se calló al ver que esa frase tampoco era correcta. Cerró los ojos y sintió deseos de que la tierra se la tragase—. Es solo que creo que todo el mundo debería conocer el cuerpo como la maravillosa obra de arte que es.

—En eso le doy toda la razón. No hay nada más hermoso que un cuerpo femenino, si es que quiere saber mi opinión, señorita…

Prudence abrió los ojos y se encontró con que él había caminado hasta colocarse casi a su altura. Todavía tenía las mejillas algo coloradas, lo que otorgaba a sus ojos azules un brillo aparentemente febril. 

La mano de sir Percival flotaba entre ambos, esperando a que ella le ofreciera la suya. También su tono había sido amable y cálido. No recordaba cuándo había sido la última vez que un hombre, o una mujer, ya puestos, fuera de su círculo cercano, había sido así de cortés con ella.

—Prudence Prynne —respondió, ofreciéndole su mano al fin.

Pudo ver la ligera chispa de reconocimiento en su mirada, pero él no dijo nada. Se limitó a besar su mano y a retener sus dedos durante unos breves segundos. 

Su mano estaba caliente y casi fue un alivio que la soltara.

—Toda esta situación es muy irregular, señorita Prynne. Supongo que usted comprenderá que le diga que no pue…

Prudence no estaba preparada para que él se negara antes de que le explicara su situación.

Lo agarró de las solapas y lo acercó a ella. 

—Si no me ayuda, todo esto, la casa, las tierras, la gente, acabará en manos de un ser codicioso e imprudente. Y lo perderá en cualquier partida de cartas en menos de un año.

Pudo ver cómo las emociones recorrían su rostro: el desconcierto, la extrañeza, la curiosidad…

—No entiendo cómo podría ayudarla un matrimonio en eso.

Prudence lo soltó y suspiró. Se había prometido a sí misma ser prudente y comportarse como una dama, para variar. Se suponía que no iba a asustarlo, que iba a hablar de su situación con calma y sosiego, él lo comprendería y aceptaría como el caballero que había mostrado ser. Pero lo primero que había hecho había sido hablarle de miembros viriles y ahora atacarle. 

—Acompáñeme a tomar una taza de té, por favor.

Él la miró con desconcierto ante su cambio de actitud. La siguió hasta el sillón lleno de cuartillas y libros que ocupaba uno de los rincones de la biblioteca. Lo despejó en un momento y acercó el juego de té hasta la mesita. Luego tomó asiento frente a él. Sirvió el té y tomó una de las tazas. Si sir Percival notó el temblor de su mano, no lo demostró.

—¿Por qué no empieza por el principio? Dicen que suele ser una buena forma de hacerse comprender.

Prudence agradeció su sonrisa. Parecía darle igual la pechera arrugada y que el té estuviera frío. En esa biblioteca atiborrada se lo veía tranquilo y cómodo.

—Antes de comenzar con mi historia, quiero que sepa que le agradezco que haya venido hasta aquí —la voz se le quebró un poco al final, aunque mantuvo la mirada firme en él—. Ocurra lo que ocurra, quiero que sepa que le estaré siempre agradecida por haber defendido mi honor en aquel duelo. Yo me entregué Philip Wilkins porque pensaba que lo amaba, pero él no tenía ningún derecho a mostrar en público lo que yo le había escrito solo a él. —Vio que la taza del caballero se detenía a medio camino entre el platillo y su boca—. Es posible que yo ya no posea el tipo de honor que se entiende como tal entre la buena sociedad, pero aun así le agradezco que me defendiera.

Sir Percival volvió a dejar la taza en el platillo, con el té intacto.

—Ningún hombre tiene derecho a humillar a una mujer, aunque haya cometido un error.

Prudence clavó la mirada en la bandeja con pastas que había llevado Potter y que ninguno había tocado.

Emitió una sonrisa triste.

—El caso es que no me pareció un error en su momento. Porque yo creí que lo amaba, ¿entiende? De haber sabido cómo iba a cambiar mi vida, no habría sido tan idiota de confiar en él.

Él dejó la taza sobre la mesita, incómodo.

—No hace falta que me cuente nada de todo esto.

Prudence lo miró con los ojos serenos.

—Pero es necesario que sepa la verdad. Creo que se lo debo, independientemente de si usted acepta o no. Usted arriesgó su vida por mí, qué menos que saber el motivo…


CAPÍTULO 4: EL LATIDO


Prudence había pensado que se sentiría más tranquila cuando llegara el momento de hablar, pero eso había sido porque, en el fondo, pensaba que él nunca vendría.

Sin embargo, ahí estaba, mirándola con educada atención, como si ella no estuviera a punto de contarle el momento más estúpido de su vida.

Había decidido que era justo que sir Percival supiera la verdad. Toda la verdad. Era lo justo si iba a convertirse en su marido. Al fin y al cabo, al hacerlo, tendría que enfrentarse a ciertos inconvenientes por su culpa. Eso sin contar con que ya había arriesgado su vida por ella.

—Ya conoce usted al señor Wilkins…

—Por desgracia, lo conozco hace tiempo.

El tono de desdén de sir Percival hizo que lo mirase con curiosidad. Había pensado que había retado a Philip por mera caballerosidad, pero quizás no fuera ese el único motivo. Quiso preguntar el motivo de su antipatía, aunque luego pensó que era mejor acabar cuanto antes con el mal trago de su caída en desgracia.

—Supongo que podría justificar mi error diciendo que era una niña estúpida y que apenas tenía contacto con el sexo opuesto. 

—Ya le he dicho que no tiene por qué explicarme nada, señorita Prynne.

Ella desdeñó sus palabras con un gesto y sonrió.

—Tampoco fue una gran pérdida, porque la temporada estaba bien avanzada y no había recibido ni una sola oferta de matrimonio. Mi madre estaba desesperada. —Prudence bajó la mirada hacia sus manos, recordando todavía con vergüenza aquellos días—. Me gritaba tanto que mi doncella se pasaba horas consolándome todas las noches. Me decía que cualquier día un príncipe azul se presentaría con un montón de rosas para pedirme la mano y que mi calvario acabaría.

Sir Percival emitió una risa que hizo que alzara la mirada.

—Y usted pensó que el imbécil de Philip era ese príncipe.

Prudence se odió por sonrojarse, porque había pensado justamente eso. Jamás había recibido tanta atención por parte de nadie, ni le habían hablado con tanto cariño. Para Philip era hermosa, inteligente, no le importaba su pelo rojo ni sus pecas, que su madre tanto odiaba.

—Después de lo que pasó, intentaron que lo delatara para que se casara conmigo. Pero yo no quería que lo hiciera por obligación. Todavía entonces pensaba que él… —Prudence inspiró y apretó los labios. Se suponía que aquello ya no dolía—. Bien… es evidente que me abandonó.

Sir Percival no rehuyó su mirada. Sus ojos eran cálidos y curiosos, y ella dejó de sentirse avergonzada por sus sentimientos.

—Philip siempre fue un miserable, y lo sigue siendo. Pero eso no explica el resto, ni su propuesta.

Prudence sintió una inexplicable calma al ver que no la juzgaba. Era posible que no lo hubiera convencido, o no lo hubiera hecho todavía, pero no lo había espantado, y eso era un buen comienzo. Y no había muchos hombres que se tomaran con tan buen talante lo que le estaba contando.

—Mi madre no toleraba mi presencia cerca de ella, así que mi padre decidió enviarme al campo con la excusa de ocultar un posible embarazo y el escándalo, aunque nadie sabía lo que había ocurrido. Se suponía que serían unos pocos meses, pero los meses se convirtieron en años. Creo que mis padres descubrieron que se habían librado de un problema y su vida era mucho más sencilla sin mí. Y yo soy feliz aquí, no crea. Fue duro al principio, pero este es mi hogar. Pero ahora… —Prudence se acercó a él para tomarle una mano. Se acercó tanto que se diría que estaba casi recostada sobre él, con el rostro a escasos centímetros del suyo—, le necesito para no perder mi casa.

Por primera vez notó que él reaccionaba de una manera que no fuera la de sonreír con amabilidad o cabecear con simpatía. Sir Percival Huxtable dio un bote en el sillón y dio muestras de alarma al notar su contacto.

—Señorita Prynne, yo…

—Si no nos casamos en menos de un mes, mi primo John se quedará con todo esto y… ¡no puedo consentirlo! Lo perderá todo es una semana en una partida de cartas o, peor todavía, dejará que los campos se arruinen y los arrendatarios se mueran de hambre—. Prudence apenas conocía a ese hombre, pero ya no quedaba tiempo para buscar a alguien que pudiera ayudarlas a ella y a su prima. A nadie, al menos, que fuera decente—. Señor mío, es usted mi única esperanza.



Percy no era un niño y tampoco era, qué duda había, ningún inocente. Había tenido a más de una mujer en su regazo, pero ninguna le había suplicado con los ojos llorosos, unos hermosos ojos oscuros, además, ni le había dicho que él era su única esperanza.

La historia que Prudence le había contado no había sido tan escandalosa como ella pensaba. De hecho, esa mujer solo había pecado de inocente en manos de un canalla y después había sido abandonada por las personas que la deberían haber protegido.

Le habría gustado reflexionar a solas acerca de lo que le había contado, pero las últimas palabras que había pronunciado se lo impedían.

—¿Ha dicho usted su primo John? ¿Se refiere usted a John Prynne?

Prudence se apartó un poco para responder, con los ojos todavía más grandes por la impresión, si es que eso era posible. Nunca había visto unos ojos así. Podría pasar horas mirándolos.

—¿Lo conoce? —preguntó Prudence con voz temblorosa.

Por el gesto que hizo al escucharse a sí misma, supo que odiaba sentirse así. Supuso que había resistido la soledad, el abandono y las burlas apenas sin mostrar su debilidad. Era inteligente y valiente, pero todo hombre, y mujer, tiene su límite. El hecho de estar a punto de perder su hogar a manos de un sinvergüenza la había obligado a pedir ayuda a un desconocido y a mostrarse vulnerable.

¿Sabía que algunos de los vecinos de los alrededores veían al cretino de John como una salvación? Era posible. Tal vez eso la había obligado a salir de su cascaron, cuando casi era demasiado tarde.

Apretó su mano y la obligó a volver a su asiento, aunque su cercanía no era molesta, sino todo lo contrario. Necesitaba la cabeza clara y notar su perfume y esos ojos maravillosos clavados en él no ayudaban a su concentración.

—Me temo que tanto su primo John como Wilkins fueron compañeros míos en la universidad.

Ella hizo un mohín que no pudo evitar.

—Qué horrible casualidad.

A Percy se le escapó una risa revoltosa a pesar de las circunstancias.

—No lo sabe usted bien.

Prudence también rio y Percy sintió que algo palpitaba en su interior.

Se dijo que no podía ser su corazón, porque había acudido a esa casa con la clara intención de rechazar su absurda propuesta de matrimonio. 

Estaba claro que la situación de Prudence, ya solo podía ser Prudence para él, era terrible. Quedar a merced de un imbécil como John Prynne debía de ser lo peor que le podía pasar a alguien. Él haría todo lo que estuviera en su mano para ayudarla, estaba claro. Pero casarse…

—… fue un imprudente.

Percy tardó en darse cuenta de que Prudence estaba hablando. 

Ella no lo miraba. Se había levantado y le daba la espalda. Se había acercado al ventanal que daba al jardín y la luz del atardecer la enmarcaba.

Y ahí estaba otra vez. Fuera lo que fuera aquella cosa, palpitaba otra vez.

—Ya veo —dijo, por si ella necesitaba una respuesta, aunque no sabía de qué hablaba.

—El abogado de la familia, supongo que lo conoce, porque conoce usted a todo el mundo, el señor Roderick Pollock, dijo que los papeles de mi padre eran un absoluto desastre. Y de ahí esta situación.

—Creía que el viejo Pollock había muerto. Era un viejo carcamal y parecía que iba a vivir para siempre, pero murió borracho entre los brazos de una p… —Percy se calló al darse cuenta de dónde estaba y con quién hablaba.

Para su sorpresa, Prudence se giró hacia él y se encogió de hombros, quitándole importancia a sus palabras.

—Es lógico que fuera el mejor amigo de mi padre, porque murieron exactamente de la misma forma —respondió con tanta ligereza que cualquiera diría que le daba igual que el hombre que la había abandonado en una casa de campo por su conducta licenciosa hubiera muerto justo así—. Pero no hablo del viejo Pollock, sino de su nieto. Un muchacho simpático, mucho mejor en lo suyo que el viejo carcamal, como usted lo ha llamado.

Percy se preguntó hacia dónde llevaba aquello. A pesar de lo que ella pensaba, no conocía al joven Pollock. Supuso que era el que había descubierto que debía casarse para no perder la casa y las propiedades.

—¿Y está segura de que un matrimonio solucionaría todos sus problemas? Es decir… parece tan sencillo…

Prudence lo miró desde su lugar junto al ventanal. Rodeada de aquella luz anaranjada, con el rostro en sombras, su cabello parecía refulgir.

Aquella cosa en su interior volvió a latir insistentemente. Era inconcebible.

—¿Sencillo? ¿De verdad le parece sencillo? —Incluso a esa distancia pudo notar la frialdad de su voz, y no le gustó—. Ya bastante complicado es que la ley de nuestro país se empeñe en convertirnos en poco más que niñas inútiles, incapaces de tener pensamientos propios, pero que encima nos niegue el derecho a la propiedad es un auténtico insulto. Estamos sometidas al capricho de nuestros padres, hermanos, maridos… y cuando estos no existen, de nuestros primos lejanos, o cualquier pariente sanguíneo de sexo masculino, por lejanos que sean los lazos, aunque sean unos imbéciles, derrochadores, jugadores y borrachos. Y no podemos hacer otra cosa que buscar a un hombre decente en apariencia que nos salve de la desgracia de quedarnos en la calle mediante un matrimonio de conveniencia. Así que, dígame, señor mío, ¿cree de verdad que todo esto es fácil?

Percy deseó no haber abierto la boca.

Notó cada palabra como una puñalada, porque todas y cada una eran ciertas.

Había pocas mujeres con la suerte de poder heredar, pero eran muy escasas y afortunadas. El resto, como Prudence había dicho, se tenían que conformar con someterse a los caprichos de sus familiares masculinos. 

Se levantó y se pasó las manos por el frente de la ropa, más que nada porque no sabía qué hacer con las manos.

—Prudence…

Ella dio un respingo al escuchar su nombre. No se había movido desde que había hablado. A su alrededor la luz había menguado tanto que casi no podía verla.

—¿Sí, Percival?

—Llámame Percy, por favor. Todos los que me quieren me llaman así.

Pudo notar cómo ella aguantaba la respiración.

—De acuerdo. Percy, entonces.

Él sonrió. Ahora aquel estúpido latido era como una sinfonía, pero ya no era molesto. O quizás se había acostumbrado.

Con paso tranquilo, más tranquilo, en todo caso, de como se sentía, se acercó hasta ella. 

La habitación estaba casi a oscuras. Sin que se dieran cuenta, debían de haber transcurrido un par de horas desde que estaban en la biblioteca, sin que nadie los interrumpiera. 

Sintiéndose totalmente ridículo, le tendió una mano.

—Supongo que esto es un trato.

Prudence la miró. Estaba claro que a ella le parecía un gesto tan estúpido como a ella para comenzar un compromiso. Al final, tras unos instantes de duda, tomó su mano y se la apretó con una fuerza sorprendente.

—Un trato —respondió.

Antes de que ella se pudiera separar, Percy se la llevó a los labios y le besó los nudillos.

Para su sorpresa, ella no se apartó, sino que lo tomó por la nuca y lo besó en los labios.

Percy lanzó un gemido de alarma al notar sus labios contra los suyos. Estuvo a punto de soltarla por la impresión, aunque pronto reaccionó y la sostuvo contra él con intención de prolongar el contacto.

Prudence lo besaba con los ojos cerrados, con tanta seriedad y concentración con la que pronunciaba sus discursos acerca de una lámina científica o los derechos de las mujeres. Era posible que solo hiciera todo aquello por ella misma, pero ahí estaba él para demostrarle que merecía la pena, que no era solo un hombre «decente en apariencia».

Giró un poco la cabeza para profundizar el beso y Prudence lo recompensó con un mordisquito delicioso y pasándole los brazos alrededor del cuello.

Ninguno de los dos se dio cuenta de que no estaban solos hasta que escucharon el carraspeo.

—Supongo que este es el señor Huxtable. Potter ha preparado un cubierto más a la mesa y el dormitorio de invitados, porque está claro que no se puede ir a estas horas.

Prudence y Percy se giraron hacia la adorable muchacha que portaba una lámpara de aceite y los observaba con una sonrisa inocente desde apenas unos metros de distancia.

Fue una suerte que Prudence tuviera más aplomo que él para apartarse de él y aparentar una total normalidad. De hecho, si no fuera por la leve sonrisa pícara que le dirigió, juraría que no lo conocía de nada.

—Lydia, querida, dile a Potter que el señor Huxtable se quedará, en efecto. Ya es demasiado tarde para que regrese a la posada. No queremos que te ocurra nada malo antes de la boda, ¿verdad, querido?


CAPÍTULO 5: CONDICIONES

—La verdad es que no me lo imaginaba a usted así, sir Percival.

Percy, que había seguido a Prudence desde la biblioteca y había ocupado la silla que le habían señalado en el comedor, no había abierto la boca en toda la cena. Se había limitado a comerse todo lo que le ponían delante con un saludable apetito, con la suerte de que estaba todo delicioso, y había agradecido a Potter y a los sirvientes cada vez que le llenaban el plato o la copa.

A su lado y frente a él, su ahora prometida y su prima charlaban sobre las novedades del día en la finca y en la casa como si él no estuviera delante. Por lo visto, había una escuela en la que ambas daban clase, lo que le pareció algo muy propio de la Prudence que había conocido en la biblioteca.

De vez en cuando Percy levantaba la vista del plato y la miraba de reojo, sin poder creerse todavía que muy pronto fuera a ser su esposa ni que se sintiera tan poco preocupado por ello.

—¿Y cómo me imaginaba usted, señorita Lydia?

Lydia se encogió de hombros y sonrió.

—Fuerte y atractivo. ¡Y más alto!

—¡Lydia! —exclamó Prudence, avergonzada por la poca vergüenza de su prima.
Percy rio.
—Es cierto que no soy el tipo más alto, y tampoco el más gallardo, pero visto bien y sé algo de muselinas. Además, no soporto que se hable mal de ninguna dama en mi presencia.

—Y, por lo que he visto, besa usted muy bien. ¿Verdad, prima?

—¡Lydia, eres incorregible!

—No, solo estoy verde de envidia. ¿Qué haré yo cuando tú vuelvas a Londres?

Percy vio cómo Prudence bajaba la mirada y la sonrisa se borraba de sus labios.

—Percy y yo todavía no hemos hablado de eso, querida…

—En realidad no hemos tenido tiempo de hablar de nada. Aunque creo que la mesa no es el lugar idóneo para hacerlo, ¿no crees? —dijo Percy, notando la incomodidad de Prudence.

Ella se lo agradeció con un leve gesto de la cabeza. 

Si Lydia notó algo, no dijo nada al respecto. Siguió acaparando la conversación, aunque ya no volvió a hacer ningún chiste sobre ellos.


Whitehall quedó en silencio muy pronto, pero Percy descubrió que no podía dormir.

De haber estado en Londres, a esa hora estaría en un teatro, o en su club, pero en esa casa en medio del campo, que además desconocía por completo, se encontraba a merced del aburrimiento o de sus pensamientos.

Después de la cena, Prudence había insistido en que debía de estar cansado después de su largo viaje desde Londres, así que prácticamente le había obligado a retirarse temprano. A él le habría encantado quedarse charlando con ella, e incluso con su descarada prima, a quien encontraba divertida y fascinante. Lydia Prynne sería un auténtico peligro en cualquier salón de sociedad, aunque tampoco parecía aburrirse en ese apartado rincón inglés.

Cuando ya llevaba una hora dando vueltas por su dormitorio sin saber qué hacer salvo recorrer cada rincón con la mirada, decidió hacer una incursión por la casa en busca de compañía. Y, si no tenía la suerte de encontrar a nadie con quien hablar, a la caza de un buen volumen sobre la trata de ganado.

Por desgracia, Whitehall parecía una de esas casas que era más grande por dentro que por fuera. Cuando ya llevaba más de diez minutos dando vueltas y había perdido todo sentido de la orientación y ni siquiera sabía cómo regresar al lugar por donde había venido, se detuvo en mitad de un descansillo, lámpara en alto, y se dio la vuelta para mirar hacia atrás.

—Llevo un rato escuchando tus pasos y esperando a que me descubras.

Prudence todavía llevaba el mismo vestido que había llevado durante la cena, mientras que él se había quitado la chaqueta y se había aflojado el lazo y tenía un aspecto deplorable.

Se pasó una mano por la pechera, pero había poco que pudiera hacer para mejorar la impresión que debía de dar en medio de ese pasillo, con una lámpara de aceite en la mano, despeinado y la ropa arrugada y descolocada.

—Espero no haberte molestado.

Ella sonrió y le hizo un gesto para que la siguiera.

—Supongo que no puedes dormir. Yo tampoco.

Para sorpresa de Percy, Prudence no se dirigió al salón ni a la biblioteca, sino que siguió hacia una zona más oscura de la casa, donde la decoración dejaba de existir y la iluminación era mucho más escasa.

De pronto se encontró en una zona que jamás se le habría ocurrido visitar, las cocinas. Eran amplias y conservaban el calor residual de los fogones donde se había guisado la cena. Los utensilios de cobre brillantes estaban colgados, limpios y en orden, de ganchos habilitados en las paredes, a mano de las cocineras.

—La cocinera siempre deja agua caliente para mí durante la noche. ¿Te apetece un té?

—Sí, gracias. ¿Puedo ayudarte en algo?

Ella sonrió y él se dio cuenta de lo agotada que estaba. Era posible que solo estuviera allí porque sabía que él seguía despierto y no quisiera dejarlo solo. No porque no se fiara de que deambulara solo por la casa, sino porque era incapaz de saber que se aburría y ella no estaba ahí para entretenerlo.

Sintió otra vez ese latido extraño en su pecho.

Aunque ella había dicho que no necesitaba ayuda, sintió que tenía que hacer algo, por estúpido que fuera. De modo que cargó la enorme tetera de cobre, todavía caliente, y llenó la más pequeña, de porcelana, que Prudence había preparado.

—Siéntate. Ahora mismo este es el lugar más acogedor de toda la casa. Y a esta hora se está muy tranquilo, parece increíble el movimiento que puede llegar a haber aquí durante el día.

Percy sirvió el té y miró a su alrededor. 

—Reconozco que no recuerdo cuándo fue la última vez que pisé una cocina. Ni siquiera la de mi casa.

—Los hombres no suelen preocuparse de ese tipo de cosas —respondió Prudence, aunque sin crítica aparente—. Pensáis que son asuntos de mujeres. A no ser que algo vaya mal, claro.

Probó el té y la miró por encima de la taza. Estaba claro que sus experiencias con los hombres no la habían hecho demasiado propensa a confiar en las aptitudes de ninguno de ellos.

—Supongo que deberíamos tratar de las condiciones de nuestro compromiso —dijo, con voz suave—. Ya que ninguno de los dos va a dormir, es un buen momento como otro cualquiera de zanjar el asunto.

Prudence se levantó para vaciar la tetera.

—Imagino que querrás vivir en Londres…

—¿Acaso no quiere todo el mundo vivir en Londres?

Percy se dio cuenta enseguida de que no era el momento de bromear. 

Prudence le daba la espalda, pero se la veía tan tensa que parecía estar a punto de salir corriendo.

—¿Sería demasiado horrible que yo siguiera viviendo aquí, como si nada?

Percy se obligó a permanecer impasible. Tomó otro sorbo de té y cruzó las piernas. Se dio un golpe contra la pata de madera y ahogó un gemido de dolor, pensando que, si hacía algún gesto de molestia, se rompería la seriedad del momento.

—Hay muchas parejas que se casan y siguen viviendo separadas después de un tiempo prudencial —comenzó, con tono calmado, mientras se masajeaba la rodilla dolorida—, pero me gustaría que me explicaras tus motivos para ello. Y que me miraras mientras lo haces.

Prudence irguió la espalda y se giró para mirarlo. Percy fingió indiferencia, como si estuvieran hablando del tiempo y no de que ella planeara dejarlo después de su boda. Aunque no comprendía por qué le molestaba tanto ese hecho si ni siquiera quería casarse. O no quería hasta esa misma tarde.

—No quiero… encontrarme con ellos.

Percy sintió tal ramalazo de ternura que tuvo que contenerse para no abrazarla.

—¿Te refieres a Wilkins? Puedo pegarle otro tiro, si quieres. Te juro que no hay nada que me apetezca más ahora mismo.

Percy lo dijo con tanta calma que se sorprendió a sí mismo, porque no era así como se sentía. Más bien tenía ganas de disparar, sí. Y también de besar a esa mujer y borrar toda la angustia que veía en su rostro.

Para su sorpresa, ella negó con la cabeza.

—No, hace tiempo que he olvidado a ese idiota. Me refiero a mi madre y a… —Prudence cerró los ojos y dos enormes lágrimas cayeron por sus mejillas— otras personas que dijeron que eran mis amigas y no lo eran. Y sé que tendré que verlos si voy a Londres. —Soltó un hipido que hizo que Percy reaccionara de una manera curiosa. Se levantó y la abrazó. Ahora no quería disparar solo a Wilkins, sino a todos a los que le habían hecho daño a su prometida—. Y me siento como una niña tonta por tener miedo, pero no puedo evitarlo.

Percy la abrazó con fuerza y le besó la frente.

—Tómatelo como una cruzada, Prudence —dijo, obligándola a mirarlo—. No solo lograrás mantener tu casa y tus tierras, sino que te enfrentarás a tu madre y a todos los que te fallaron. Les demostrarás que eres fuerte y mejor persona que ellos. Y también que has atrapado a un marido de lo más interesante.

—No podré hacerlo…

Él rio.

—Eres la mujer que escribió a un hombre desconocido para pedirle matrimonio. No puedes estar hablando en serio.

Prudence se sonrojó.

—No debería haber hecho lo que hice. Además, tú no eres un hombre normal. Ningún otro habría aceptado mi propuesta.

—No sé si sentirme ofendido por eso de que no soy un hombre normal —dijo con una sonrisa torcida—. En cuanto a lo otro, supongo que me alegro de que sea cierto. Me alegro de que Wilkins huyera y que yo haya podido conocerte, porque creo que formaremos un matrimonio de lo más interesante.

Prudence lo miró como si acabara de enloquecer.

—No puedes estar hablando en serio. 

—Querida, yo jamás hablo en serio, salvo cuando hay que hacerlo. Y ahora es uno de esos momentos. Créeme cuando te digo que, si no hubiera querido casarme, no habrías podido cazarme ni con un atrapa mariposas.

Esas palabras lograron hacerla sonreír al fin.

—Mañana mismo enviaré una nota al abogado Pollock para anunciarle las buenas noticias. Creo que será un alivio para él, después de tantas cartas anunciando nuestra inminente desgracia.

—Yo mismo visitaré al joven Pollock cuando vuelva a Londres. Tengo ganas de conocerlo para ver si es tan diferente a su difunto abuelo. 

—Si no fuera por él, jamás habría sabido de ti.

—Entonces, aprovecharé para darle las gracias por eso también. Y para informarme de las cláusulas del testamento de tu padre y si hay algún modo de que te libres de mí y mantengas las tierras y la casa.

Prudence se apartó de él, dolida.

—Has dicho que querías casarte conmigo…

Percy sonrió y le apartó un mechón de la frente.

—Aunque te parezca increíble, tengo ciertos conocimientos de leyes. Si hay una mínima posibilidad de que puedas mantener tus derechos sin obligación de que hagas algo en contra tu voluntad, me gustaría saberlo.

—Pero…

Le dio un beso leve en los labios.

—Quiero que comprendas que me casaré contigo si tú lo deseas, pero que, si no deseas hacerlo, que si puedes mantener la casa sin necesidad de casarte, no me ofenderé y hasta consideraré un honor por el hecho de haber sido tu prometido durante un tiempo. 

Ella cerró los ojos y apoyó la frente contra su pecho.

—No te merezco, Percy.

Él rio.

—Claro que sí. No soy tan buena persona como parezco. Soy bastante egoísta, en realidad. Me gustas y pienso que seríamos felices juntos, así que no sé si quiero que ese abogado encuentre o no una cláusula en el testamento. Ahora mismo estoy en un sinvivir.

Prudence no pudo evitar reírse ante su tono burlón.

—Digas lo que digas, jamás podré creer que eres un egoísta.

—Ah, puede que cambies de opinión cuando te diga lo que acabo de pensar.
Prudence lo miró con curiosidad.

—Si al final nos casamos, quiero ser yo quien le diga a tu primo John que no heredará las tierras y la casa y que yo seré tu marido. Ver su cara me compensará todo lo que he tenido que soportar a su lado durante los años de universidad.

Ella asintió y no dijo nada más. Se refugió en sus brazos y suspiró, tranquila. 


CAPÍTULO 6: LA MAÑANA SIGUIENTE

Prudence contempló el amanecer sobre los jardines de Whitehall envuelta en un chal. No debían ser más de las seis o siete de la mañana, y ya había visto al jardinero pasar camino a la rosaleda, acompañado de su joven ayudante. También había escuchado pasar a alguien del servicio por el corredor, probablemente rumbo a la cocina o al comedor. 

Llevaba tanto rato junto a la ventana, sentada en el saliente que a veces utilizaba como rincón de lectura, que se le había dormido el pie derecho. Lo movió con aire distraído para recuperar la circulación mientras pensaba en lo que le esperaba ese día.

Lo que menos le preocupaba, para su sorpresa, era el hecho de tener que viajar con un casi total desconocido durante horas. Si había algo que le ayudaba a tranquilizarse ante lo que le esperaba, ese era Percy.

Era increíble que alguien a quien solo conocía desde hacía unas horas se hubiera convertido en una persona en la que podía fiarse sin ningún tipo de fisuras. Al menos en lo que concernía a su seguridad personal.

Apoyó la frente en el cristal y cerró los ojos. 

Tal vez se estaba precipitando.

Al fin y al cabo, Percy no podía ser tan… 

Se le escapó una sonrisa. Lo recordó sentado en la mesa del comedor, recibiendo el interrogatorio sin piedad de su prima. Nadie con mal fondo estaría dispuesto a soportar aquello sin defenderse.

Se levantó y cojeó hacia la cama. 

Contempló los vestidos que había escogido para el viaje. Con cuatro bastaría, más uno de noche. No tenía intenciones de quedarse mucho tiempo en Londres. Y no iría siquiera si no fuera necesario.

Dio un respingo al escuchar que alguien llamaba a la puerta. 

—Adelante.
Lydia asomó su cabeza despeinada. Parecía haber dormido tan poco como ella misma. Se deslizó en el dormitorio y cerró la puerta tras ella.

—Voy a ir con vosotros.

—¡Ni hablar! —respondió Prudence—. Alguien tiene que quedarse para cuidar de todo aquí. Y la escuela…

Lydia chasqueó la lengua contra el paladar y se dejó caer redonda sobre la cama.

—Cualquiera de las niñas mayores puede encargarse de las clases, y la casa no va a desaparecer solo porque no estemos aquí. Serán solo unos días.

Prudence bajó la mirada y miró los vestidos que había escogido. Las telas eran de tonos prácticos y de estampados discretos, y los modelos habían dejado de estar de moda hacía tiempo. Sin darse cuenta, se había convertido en una de esas solteronas de las que ella y sus amigas se reían en los bailes, aquellas que se quedaban sentadas en las esquinas, sorbiendo limonada, cuchicheando entre ellas, mirando con envidia a las muchachitas o a las parejas que bailaban.

Le habría gustado llevar algo más bonito y elegante, pero no tenía nada semejante. Los vestidos que había usado en los bailes y en las fiestas habían quedado atrás cuando la habían mandado a Whitehall y nunca había considerado necesario encargar ninguno nuevo. ¿Para qué, si jamás acudía a ningún evento, aparte de colectas para la iglesia o algún té en casa de de sus arrendatarios?
Acarició el ribete de uno de los vestidos y pensó que le daba igual. La ropa había dejado de interesarle hacía tiempo, y muy pronto estaría de regreso, en cuanto todo el asunto de la herencia se hubiera solucionado.

—No va a ser ningún viaje de placer, Lydia —insistió Prudence, aunque era consciente de que era absurdo discutir con su prima. Una vez que había tomado una decisión, jamás cambiaba de opinión—. Vamos a Londres a reunirnos con el abogado Pollock y me temo que pasaremos la mayoría del tiempo en su despacho, hasta arriba de papeles polvorientos.

Lydia se giró y se colocó de costado.

—No conseguirás engañarme, primita —dijo con una sonrisa impertinente—. Por mucho que quieras hacerlo parecer la cosa más aburrida del mundo, hace mucho tiempo que no había visto brillar tus ojos de ese modo.

Prudence sintió que se ruborizaba. Disimuló su nerviosismo al empezar a doblar los vestidos, aunque solo consiguió convertirlos en bolas arrugadas.

—Te recuerdo que Percy y yo no… que lo nuestro no es real.

Lydia suspiró y volvió a dejarse caer de espaldas sobre la cama.

—Pues a mí la forma en que os miráis me parece muy real. Ojalá hubiera alguien como Percy para mí. 

Prudence dejó de tratar de doblar los vestidos de forma correcta y se tumbó junto a su prima. Le tomó la mano y pensó en que, de no ser por ella, a esas alturas Lydia podría estar casada y podría tener su propia familia. Sin embargo, estaba encerrada con ella en una casa en el campo, alejada de la buena sociedad, de la diversión, obligada a cargar con sus excentricidades.

—Estoy segura de que lo hay. Y será el hombre más maravilloso del mundo. Y rico.

Lydia bufó.

—Me da igual que no sea rico. O no tan rico —puntualizó con una sonrisa rápida—. Pero ojalá fuera agradable. Y divertido. Y, sobre todo, que sepa bailar. Echo mucho de menos bailar.

Prudence le apretó la mano. Lydia no parecía pedir demasiado, pero era complicado encontrar a alguien de esas características allá donde estaban. 

Se preguntó si Percy podría ayudarla también en eso.

Levantó la cabeza de la almohada y miró a su prima.

—Si vas a venir con nosotros, será mejor que prepares tu equipaje. Saldremos después de desayunar.

Lydia la miró como si fuera tonta.

—Querida prima, lo preparé anoche.

Prudence no pudo menos que sonreír. La abrazó y se levantó para terminar de hacer los preparativos para el viaje. Quizás, pensó, no era tan mala idea que Lydia los acompañara. Al fin y al cabo, Percy era poco menos que un desconocido y, aunque quería fiarse por completo de él, le habían hecho demasiado daño como para poder hacerlo.

—Pru…

Prudence miró a Lydia, que estaba junto a la puerta, a punto de marcharse.

—¿Sí?

—¿Por qué tardaste tanto en acostarte anoche?

Prudence se quedó paralizada ante la pregunta de Lydia. No sabía si sospechaba que había estado en la cocina con Percy o si lo preguntaba por mera curiosidad. Conociéndola, cualquiera de las dos era posible.

Solo por si acaso, decidió ser sincera.

—Percy y yo teníamos asuntos que tratar a solas.

—Asuntos como besos y caricias…

Prudence pensó que Lydia era una romántica y que estaba encantada con lo que estaba ocurriendo. Por ello, no iba a contarle que uno de los motivos por los que Percy quería visitar al abogado era para buscar una cláusula en el testamento de su padre para poder librarse del compromiso. Era posible que él no quisiera verlo así, pero era realista. Nadie en su sano juicio querría comprometerse con una mujer como ella, y menos de un día para otro.

Él era un caballero, y al casarse su reputación quedaría manchada de por vida, y también la de su familia. Si podía evitarlo, le ayudaría a librarse. La posibilidad de que hubiera una cláusula era la mejor, ahora lo veía claro.

—Asuntos legales, Lydia. Y ahora, ve. Es posible que Percy nos esté esperando, a estas alturas.

Su prima se encogió de hombros.

—Ningún caballero decente se levanta antes de mediodía.

Prudence estuvo a punto de replicar, pero Lydia se escurrió antes de que pudiera decir nada.


Es posible que, como decía Lydia, ningún caballero decente se levantara antes de mediodía, pero para cuando Prudence bajó al comedor, Percy ya estaba allí, con una taza de té en la mano, un plato lleno de delicias y un libro abierto sobre la mesa.

No la escuchó llegar, así que se permitió el lujo de contemplarlo a placer.

Y pensar que el día anterior a esa hora esperaba su llegada, nerviosa, sin saber que esperar de él. Jamás, ni en sus más recónditos sueños, habría imaginado que todo saldría así, ni que Percy sería tan… Percy. En todas sus reuniones de sociedad, en sus bailes, en sus tés… nunca había conocido a ningún caballero como él.

De hecho, era muy posible que por entonces no se hubiera fijado en Percy, porque no era tan guapo como Philip Wilkins, incluso como su primo John. Era posible que Percy fuera de esos que se quedaban en las esquinas, charlando en lugar de bailar, o que fuera de los que se limitaban a hacer acto de presencia para contentar a sus madres antes de largarse a los lugares que les interesaban de verdad.

—¿Vas a quedarte ahí mirándome toda la mañana o te vas a sentar a mi lado?

Prudence sonrió al ver que él levantaba la mirada del libro. Era muy posible que hubiera notado su presencia desde el principio.

Se sirvió unas tostadas y una taza de té y le sorprendió la naturalidad con la que se adaptaban a la presencia del otro.

—Buenos días, señor Huxtable.

—Creía que era Percy, querida. Por favor, dime que lo de ayer no fue un sueño. Seguimos comprometidos, ¿verdad?

Prudence sintió que se sonrojaba ante su mirada cálida y divertida.

—Seguimos comprometidos, Percy. Al menos por ahora.

Él se levantó apenas de la silla y se inclinó hacia Prudence para darle un beso ligero en los labios.

—Me alegro.

Prudence quiso decir lo mismo, pero no se atrevió. 

Intentó desayunar, pero la perspectiva del viaje a Londres le cerró el estómago. Se tomó el té y mordisqueó la tostada mientras contemplaba cómo Percy y después Lydia devoraban con un sano apetito todo lo que tenían en el plato.

Pronto estuvieron listos para partir.

Por suerte, Percy no pidió ningún tipo de explicaciones ante la presencia de Lydia, más bien al contrario. Mientras Prudence dejaba instrucciones a Potter sobre la casa y las tierras, los vio charlar animadamente y se sintió más tranquila. 

—Cuidaré de todo, señorita, no se preocupe.

Prudence se giró hacia Potter, sorprendida por sus palabras. 

Lo conocía desde niña y jamás se había preciado por ser un hombre cariñoso. Sin embargo, por primera vez en su vida, pudo ver un trasfondo de emoción en sus ojos azules rodeados de arrugas.

—Gracias, Potter.

El mayordomo le dedicó una inclinación tan minúscula que casi podría decir que era imaginaria. Su dedicación y fidelidad eran un consuelo cuando sabía bien que muchos de los empleados de la zona estaban deseando que se largara y que las tierras y la propiedad pasaran a manos de John.

—Si por casualidad hubiera alguna visita… indeseada… me encargaré de que se largue con viento fresco.

A Prudence no se le había ocurrido que John pudiera aprovechar su ausencia para visitar Whitehouse. Ese nuevo temor se instaló en su pecho y debió de reflejarse en su mirada, aunque la frialdad de Potter y el desdén con el que habló de lo indeseable de su posible nuevo dueño, la tranquilizó un poco.

—Solo por si esa visita indeseable quisiera entrar en la casa —se negó a nombrar a su primo, aunque el brillo ligeramente divertido de los ojos de Potter le hizo comprender que sabía de quién hablaba—, me gustaría que pusieras a los hombres sobre aviso. Solo a hombres de confianza —añadió, con intención.

La reverencia de Potter fue más profunda en esta ocasión. Vio un nuevo respeto en sus ojos y sintió que se emocionaba.

—Hay algunos estúpidos que se han creído las mentiras de ese pisaverde, pero la mayoría del personal de la finca sabe separar la paja del oro, señorita. No sufra demasiado y trate de divertirse un poco en Londres.

Prudence le ofreció la mano y él la miró con sorpresa. La tomó tras una ligera vacilación y tras mirar a su alrededor, por si alguien lo veía. El apretón fue breve pero reconfortante, y Potter desapareció enseguida después de eso. Pensó que no debería de haberlo puesto en ese brete, pero necesitaba mostrarle su reconocimiento de algún modo, y en ese momento no tenía otra forma de hacerlo.

Al reunirse con Percy y Lydia, él le sonrió y miró sobre su hombro con curiosidad.
—Un buen tipo, ese Potter. Sería un honor ganárselo.

Prudence pensó que no era extraño que Percy hubiera notado lo que ocurría. Ese hombre parecía darse cuenta de todo.

No dijo nada. Se limitó a subir al carruaje y a sentarse junto a su prima.

Percy se sentó frente a ellas y pronto estuvieron de camino hacia Londres, un lugar que Prudence no había pisado desde que había perdido su reputación y le habían roto el corazón. Durante unos minutos, mientras dejaba atrás la casa que había sido su refugio, deseó pedir que se detuvieran, porque en esa ciudad solo había dolor.



CAPÍTULO 7: REGRESO A LONDRES


Prudence no se había alejado de Whitehall en los últimos diez años, y no se había dado cuenta de hasta qué punto había estado alejada del mundo hasta que el tráfico empezó a aumentar a medida que se acercaban a Londres.

—Es tan emocionante… —dijo su prima, pegada a la ventanilla del carruaje—. Estoy deseando visitar las tiendas. ¡Y las confiterías! Y quiero hablar con gente interesante, para variar.

—Gracias por la parte que me toca —respondió Prudence, con gesto ofendido.

—Oh, ya sabes que te adoro, pero en casa hay una insufrible falta de… —Lydia calló de pronto, como si recordara que no se encontraban en su propio salón, sino en un carruaje, camino a Londres, para luchar por su independencia y su futuro. Bajó el tono y se acercó a ella— caballeros.

A juzgar por la sonrisa de Percy, Lydia no había sido tan discreta como hubiera deseado.

No podía negar que su prima tenía razón. Whitehall no era precisamente un lugar por donde hubiera un enorme tráfico de gente, y mucho menos de caballeros interesantes. Para alguien en la flor de la vida como Lydia, esa casa tenía que ser un total aburrimiento. Comprendía que estuviera tan feliz con el viaje a Londres, aunque los motivos no fueran los más halagüeños. 

Tendría que arreglárselas para que tuviera trato con hombres casaderos y tratar que fuera feliz, aunque la echara de menos.

Suspiró y miró por la ventana, aunque emoción no era precisamente lo que sentía por estar de vuelta en la ciudad.

A medida que se habían ido acercando, había caído en la cuenta de que había olvidado un detalle importante: el alojamiento.

Era cierto que todo había sido muy rápido, que nadie podría culparla por haber olvidado escribirle a su madre para avisarla de que muy pronto estaría de vuelta en casa, pero no había tenido ningún problema para recordar escribir a su abogado.

Una hilera de casas conocidas pasó ante la ventanilla y notó cómo su cuerpo se tensaba.

—Es aquí cerca —dijo, agarrándose a la cortinilla para mantener el equilibrio.
Percy se acercó para tomarle la mano. Le acarició los nudillos, blancos por la tensión, hasta que soltó la cortina.

—Pensé que te lo había dicho, querida. Nos alojaremos en mi casa. Le escribí a mi hermano y nos esperan. —La miró con una de aquellas sonrisas que había aprendido a conocer en tan solo un par de días—. Aunque, si lo deseas…

—¡No! —Prudence se avergonzó de haber hablado tan rápido, pero él no se burló de ella, sino que le apretó la mano con más fuerza—. Si tienes sitio en tu casa para nosotras y no somos ninguna molestia…

—A mí no me apetece nada quedarme con la tía Ophelia, así que te lo agradezco. Es una bruja.

—¡Lydia!

—No disimules, estás encantada de no tener que verla.

Prudence le dio un codazo nada disimulado para que se callara. Era posible que le hubiera contado a Percy más cosas de las que necesitaba saber acerca de su familia, pero había otras que no era necesario que conociera… al menos no todavía.

—Cuando lleguemos a casa a lo mejor te arrepientes de haber aceptado quedarte con nosotros.

Percy había levantado la barbilla y había dirigido su mirada hacia el infinito, con clara intención de generar misterio para apartar la conversación de un tema espinoso. 

—No pueden ser tan horribles como nuestra familia —insistió Lydia, haciendo que Prudence sintiera algo de vergüenza.

Él, sin embargo, pareció tomárselo como un reto. Esbozó una sonrisa torcida y unió las manos ante sí.

—Mi hermano George está casado con una chica encantadora que se llama Georgina. Se pasan todo el día diciéndose cosas empalagosas que avergonzarían al mismísimo Byron. Pero lo peor de todo es que él la llama George. Así que, cuando alguien grita George, se giran los dos al mismo tiempo.

Prudence pensó que el afectado tono de fastidio con el que contaba aquello era tan falso que no entendía cómo Lydia podía creer que de verdad le molestaba el romanticismo de su hermano y de su cuñada.

—Además, tienen tal cantidad de hijos que ni siquiera llevan la cuenta de cuántos son ni se saben todos sus nombres. Los niños son idénticos a George, y las niñas, lógicamente, idénticas a George. Corren y gritan a todas horas escaleras arriba y abajo y están agotando mi reserva de mermelada de frambuesa. 

Prudence asintió, compasiva.

—Nos ganas, sin lugar a duda. Tienes una familia espantosa.

—Espero que vuestra presencia en casa los calme un poco. Le escribí a George para avisar de que os quedaríais un tiempo con nosotros, así que debe de llevar horas esperando en la puerta para ver cómo eres y si mereces entrar en la familia.

—¿Cuál de los dos? —preguntó Lydia, realmente intrigada.

—Los dos.

                  *                               *                            *

—Tiene que ser una broma. Percy lleva años diciendo que no quiere casarse.

Georgiana Huxtable releyó la nota que habían recibido a primera hora mientras saboreaba un bollo untado con la deliciosa mermelada de frambuesa de su cuñado.

Cuando por fin pudiera regresar a su casa, tendría que pedirle el nombre del comerciante que la vendía, porque ya no podía vivir sin ella.

—¡Oh, no me digas que ya te habías hecho a la idea de que ibas a heredar cuando tu hermano se hiciera matar en otro duelo!

George la miró con ojos desorbitados.

—¡Por Cristo bendito, George! ¿Cómo se te ocurre algo semejante? Jamás, escúchame, jamás vuelvas a decir algo así.

Georgiana dejó el bollito y corrió a abrazarlo. A él le dio igual que le manchara la camisa, antes impoluta, con restos de mermelada de frambuesa. Desde que era padre, estaba acostumbrado a ir siempre engalanado con manchas de todo tiempo.

—Lo siento. No debería bromear con algo semejante. Es solo que me ha pillado por sorpresa. Lo del duelo ya fue extraño, pero esto es… no sé ni qué pensar.

Él suspiró y la abrazó, tratando de pensar cómo explicarle el carácter de su hermano.

—Tú has conocido al Percy apático, que no se inmuta por nada —comenzó—, pero a veces siente impulsos que…

—¿Impulsos que lo obligan a intentar matar a otro hombre? Francamente, querido, no sé si me gusta esta faceta de Percy. Casi lo prefiero cuando solo nos pregunta cuánto falta para que terminen las obras de nuestra casa.

George rio. 

—No puedes negar que esas obras se están alargando demasiado. Si una familia de salvajes hubiera invadido mi casa, yo también estaría deseando recuperar la calma.

Ella chasqueó la lengua contra el paladar.

—Exagera. No somos tan invasivos como dice. Además, eso de casarse por sorpresa solo para echarnos me parece exagerado, ¿no crees?

—Dudo que se case por eso —murmuró él, besando un resto de mermelada en una de las comisuras de su boca—. En todo caso, no es asunto nuestro.

Ella se apartó, aunque solo un par de centímetros.

—Lo es cuando no sabemos quién es ella ni por qué es todo tan repentino. Digas lo que digas, hay algo misterioso en todo este asunto.

George volvió a acercarla.

—Hagamos un trato; la recibiremos como merece una futura Huxtable, pero trataremos de averiguar si hay algo turbio en el compromiso. Y, si lo hay, convenceremos a Percy de que no se case con ella. 

Georgina levantó la barbilla para besarlo, satisfecha.


                 *                      *                    *

—Hemos llegado —dijo Percy, señalando lo evidente, porque el carruaje se había detenido ante la fachada de una elegante casa de Mayfair.

Lydia fue la primera en salir con su ayuda. Prudence permaneció dentro del carruaje unos instantes.

Al ver que no salía, Percy volvió a entrar y se sentó a su lado.

—Tengo miedo.

Él le tomó una mano y se la llevó a los labios.

—Yo también, pero es normal. No todos los días se atreve uno a cambiar su vida, y tú lo has hecho.

Prudence notó que los ojos se le llenaban de lágrimas.

—¿Y si no sale bien?

—Al menos lo habremos intentado. Tenemos un mes para conseguirlo, y no va a ser fácil. Vamos, ven. Es casi la hora de cenar y mi familia se lo comerá todo si no llegamos a tiempo.

Ella rio y se sintió mejor al instante.

Lo acompañó hasta la puerta, sintiéndose consciente de su ropa arrugada y anticuada al ver la belleza de la puerta y los parterres que la flanqueaban. Todo en ella clamaba riqueza a los cuatro vientos. A su lado, Lydia hablaba sin parar de sus planes para su estancia en Londres, sin notar, al parecer, que no la escuchaban.

Cuando la puerta se abrió ante ellos, lo primero que Prudence notó fue que había mucha gente mirándola a la vez. Y lo segundo, que algunas de las miradas no eran del todo amistosas. Sin embargo, no se sintió mal por ello, más bien al contrario. Si pensaba en cómo había hablado Percy de su familia, a pesar de su tono de fastidio, eran un clan unido, se preocupaban los unos por los otros, así que lo normal era que sospecharan de que una extraña apareciera en su puerta como la nueva prometida de su hermano. Una prometida de la que no conocían ni siquiera su existencia hasta hacía unas horas. En su lugar, ella se sentiría igual que ellos, o más hostil.

—Hermanos, sobrinos, os presento a mi futura esposa, la señorita Prudence Prynne. Y esta es su encantadora prima, Lydia. Por razones que no vienen al caso, se quedarán con nosotros durante su estancia en Londres.

Durante un incómodo instante, Prudence tuvo la impresión de que no la iban a dejar entrar en la casa. Los Huxtable de menor edad, que no fue capaz de contar porque algunos se escondían detrás de la falda de su madre, la miraban con mayor severidad que sus progenitores, si es que eso era posible.

Se agachó para ponerse a su altura y abrió su bolsito. Fingió rebuscar con afán, como si fuera incapaz de encontrar lo que buscaba, para atraer su atención, hasta que una niña se acercó a ella y se asomó al borde del bolsito.

—¿Qué tienes ahí?

—¿Te gustan los caramelos de menta? Los he hecho yo misma.

Ella la miró con interés. Por el rabillo del ojo vio que otros niños dejaban de lado su actitud hostil y mostraban mayor interés. 

—¿Sabes hacer caramelos de menta? ¿Me enseñas a hacerlos?

Prudence fingió pensar sobre el asunto.

—Lo haré si tu madre me da permiso. Aunque para ello tendré que saber cómo te llamas, porque podría estar dándole lecciones a la hermana equivocada sin darme cuenta.

Las mejillas de la niña enrojecieron de furia.

—¡Yo soy Augusta y soy la mayor!

Prudence ahogó una sonrisa. No quería ofender todavía más a la niña riéndose.

—¡Oh, es un honor, señorita Augusta! Yo soy Prudence —se presentó, tendiéndole una mano.

Augusta hizo una reverencia torpe pero encantadora en su dirección y luego le tendió la mano con mirada orgullosa.

A Prudence le encantó ver aquella muestra de poder femenino. Rebuscó en el bolsito y dio con la cajita de caramelos de menta. Se la entregó a condición de que la repartiera entre sus hermanos y se los comieran después de la cena.

George Huxtable, el hermano de Percy, se adelantó y la tomó entre sus brazos con una energía sorprendente.

—Sin duda, tiene usted un don con los niños, querida Prudence. Permítame darle la bienvenida a mi casa… —se calló ante el carraspeo de Percy, aunque no cesó en su papel de anfitrión, como si, en efecto, aquel fuera su hogar—. Supongo que estarán ustedes cansadas. Pasen, pasen. La cena estará en un instante, pero tendrán tiempo para cambiarse y refrescarse. Estoy deseando saber cómo se conocieron mi hermano y usted.

Percy se interpuso entre George y ella.

—Estás cansando a mi prometida, hermano. No entiendo cómo te quedan energías para nosotros a esta hora.

George le dio una palmada en el hombro que estuvo a punto de tumbarlo.

—Hagas lo que hagas, acabaremos enterándonos.

—¡Oh, sí, lo haremos! —insistió Georgina, mirando a Prudence con una sonrisa tirante.

Prudence se obligó a sonreír y agradeció cuando una criada la instó a seguirla escaleras arriba hasta el que sería su dormitorio. Había pensado que esa casa sería un refugio, pero quizás no iba a ser tan sencillo.

Percy esperó hasta que estuvieran fuera de vista para volverse a su cuñada.

—Si crees que mi prometida me ha tomado por un idiota para robarme mi fortuna, olvídalo. Esa mujer es adorable, inteligente, y necesita nuestra ayuda, así que espero que no creas que he perdido el juicio de golpe, o tendré que pediros que os marchéis de mi casa.

Lo dijo con tal calma que Georgiana tardó en comprender sus palabras. Ante las firmes miradas de su marido y su cuñado, tuvo que reunir todas sus fuerzas para mantenerse firme.

—No podré hacerme una idea de su carácter e intenciones hasta que pueda hablar con ella. Tienes que comprenderlo, Percy. Me preocupo por ti.

Él se acercó y le dio un beso en la mejilla. 

Georgiana lo miró con sorpresa.

—No te querría si no hubieras dudado, al menos.



CAPÍTULO 8: LAZOS FAMILIARES

Después de instalarse y de tomar un delicioso té con pastas y bocadillos para recuperar fuerzas, Prudence alegó el cansancio del viaje para librarse de la cena y de las garras de Georgiana. Habían pasado una hora tensa en el que había esquivado como había podido sus preguntas acerca de cómo se habían conocido Percy y ella, teniendo en cuenta que ella vivía en el campo a todas vistas y Percy no había salido de la ciudad desde que tenía memoria.

—Nos presentaron hace años y la chispa ha regresado de golpe cuando encontré nuestras viejas cartas —explicó Percy con un gesto vago mientras masticaba una pasta—. Tanto, que me han entrado de golpe unas ganas tremendas de casarme.

Prudence ocultó su rostro tras su taza de té. No podía ignorar la estupefacción en la cara de los dos George, aunque, mientras que el hermano de Percy parecía encantado por las circunstancias de su compromiso, su esposa parecía claramente suspicaz.

—Nunca nos habías hablado de ella. 

—Tampoco te hablo de cuando encargo mis camisas, querida, y no me preguntas por ellas. Por cierto, estas pastas están deliciosas.

Sabiendo que se encontraba ante un muro inexpugnable, George se volvió hacia Prudence y su prima, que tenía la pechera llena de migas y masticaba como si jamás hubiera comido nada tan delicioso y alguien fuera a llevarse la bandeja en cualquier momento.

—Y bien, queridas, háblenme de su hogar. Debe de ser un sitio precioso y Londres debe de parecerles enoooorme…

Lydia dio la primera señal de que estaba atenta a algo más que a lo que estaba comiendo, porque empezó a toser y estuvo a punto de ahogarse con la galleta que estaba devorando.

—Vivíamos a… —empezó a decir, aunque Prudence empezó a palmearle la espalda con tanta fuerza que lo que estaba diciendo fue incomprensible.

—Pobrecilla, no ha comido nada en todo el día por los nervios y ahora devora todo lo que tiene a su paso. Hay que saber medirse, prima. 

Si George notó en algún momento que Prudence le apretaba la mano a Lydia para que no hablase más para que no delatase su nacimiento en la ciudad, al menos por el momento, no lo aparentó. Dio un sorbo a su té y se recostó en el sofá, deliciosamente tapizado con una tela de brocado de flores.

—Me encargaré de que te lleven un buen cargamento de pastas a tu dormitorio si me prometes que comerás con moderación.

Prudence estuvo a punto de reír a carcajadas al ver la mirada asesina de Lydia.

Estaba claro que Georgina podía ser encantadora si así lo deseaba, pero que creía que eran pueblerinas y estúpidas y que no merecían sentarse en su salón. Y tal vez así fuera. Mirando sus vestidos anticuados y desgastados, era evidente que estaban muy lejos de parecerse a las señoritas que habían sido un día. Sus años en el campo habían hecho de ellas unas mujeres alejadas de la moda y tal vez algo vulgares, que habían olvidado los modales refinados que reinaban en la buena sociedad.

Dejó la taza sobre el platillo y pensó en una buena manera de sortear a la vez el interrogatorio de George y pensar en todo lo que quedaba por hacer.

—Espero que no se ofendan, pero estoy agotada y me gustaría retirarme hasta mañana.

Ignoró la cara de decepción de su prima, que habría estado encantada de disfrutar otra vez de una auténtica cena londinense. Incluso habría estado dispuesta a sufrir más esnobismo por parte de Georgiana si para ello podía disfrutar de sus manjares. Se juró que la compensaría más adelante, pero no estaba preparada para soportar un interrogatorio a fondo por parte de la cuñada de Percy.

—Haré que te lleven una bandeja a tu cuarto, querida. Descansa, mañana será un día agotador.

Mientras recibía un beso en la mejilla por parte de su prometido, Prudence no pudo menos que notar que Percy encontraba la situación bastante divertida. Quitarle la presa de las manos a Georgiana cuando la joven estaba sin duda deseando interrogarla debía de ser muy frustrante para ella. Sin embargo, había escogido darle más tiempo a ella, casi una desconocida, de preparar una historia que contarle, si así lo deseaba.

Notó que los ojos se le llenaban los ojos de lágrimas y bajó la mirada para que él no lo notara.

Si no volvía a verlo cuando todo aquello estuviera solucionado, iba a echarlo muchísimo de menos.

—¿Ocurre algo? —preguntó él, levantándole el rostro.

Prudence se obligó a sonreír, aunque se temió que jamás podría engañar a ese hombre, por mucho que lo intentara.

—Pensaba que soy feliz de haberte encontrado —respondió sin pensar.

Se dio cuenta de que lo había dicho en voz alta cuando vio su cara de sorpresa. 

Notó el roce suave de sus dedos en la frente.

—Eso es muy bonito, amor mío —dijo él, con un leve sonrojo.

Prudence pensó que a Percy se le daba muy bien parecer superficial y frívolo, pero que solo había que esforzarse un poco para notar cuándo estaba emocionado. Había un leve temblor en su voz y un brillo muy particular en sus ojos que lo delataba.

—¡Va a resultar cierto que estáis enamorados! 

La voz del hermano de Percy hizo que se sobresaltaran y se separaran de golpe. 

Prudence recordó que se suponía que estaba agotada y que deseaba retirarse. De no ser por el hecho de que quería escapar del escrutinio de su cuñada, se quedaría para disfrutar de la compañía de Percy.

Arrastró a Lydia escaleras arriba mientras su prima rezongaba y se dijo que, después de todo, no le vendría bien alejarse un poco de él para pensar con calma.

Apenas había entrado en su dormitorio cuando Lydia, que todavía seguía masticando, bufó y se dejó caer sobre la cama de cuatro columnas.

—Supongo que, ahora que estamos solas, es el momento de decirte que escribí a la tía Ophelia para decirle que veníamos a Londres.

Prudence, que seguía apoyada contra la puerta pensando en Percy, miró a su prima, como si el significado de sus palabras se negara a penetrar en su cerebro.

—¿Que has hecho qué?

Lydia volvió a levantarse y se acercó a ella, la viva imagen de la culpabilidad.
—Lo siento, pero tenía que hacerlo.

—¡Pero si hace apenas unas horas dijiste que no querías quedarte con ella porque es una bruja!

Lydia enrojeció hasta la raíz del pelo.

—¡Y lo es! Para cuando dije eso ya era tarde. Le escribí antes de salir de casa, en cuanto supe que veníamos. Me arrepentí nada más dejar la carta en el correo, te lo juro, pero ya no podía recuperarla.

Prudence sintió que las manos le temblaban. Cerró los ojos y notó que la boca se le secaba.

—¿Qué le decías en la carta?

Cuando vio que su prima no respondía. Abrió los ojos para enfrentarla, pero vio cómo Lydia apartaba la vista.

—Yo… no…

La tomó por las muñecas y la sacudió.

—¿Qué le has dicho, maldita sea? —le preguntó, con la voz rota por la angustia.
—Que íbamos a ver al abogado para tratar de salvar la casa.

Prudence trató de pensar a toda prisa. 

Su madre no sospecharía nada solo con eso, ¿verdad? 

John siempre había sido su favorito, aunque ni siquiera fuera su hijo. Recordaba a su primo acompañado de su madre, hermana de Ophelia, sentado junto a su madre, contándole cada pequeño logro como si fuera algo increíble, y cómo su madre lo recompensaba con monedas o regalos, mientras que a ella la ignoraba o regañaba cada vez que la veía leyendo o dibujando. De haber podido escoger, lady Ophelia Prynne se habría quedado con John en lugar de con su propia hija como heredero. Y ahora lo lograría, si ella y Percy no encontraban antes una cláusula en el testamento de su padre que dictara que Prudence podía heredar los bienes de Joshua Prynne. 

No dudaba que su madre avisaría enseguida a John de lo que iban a hacer, pero era posible que todavía no fuera tan grave.

—¿Le hablaste de Percy?

—¡Claro que no! Te lo juro, prima. Jamás haría algo así… Te juro que no pensé que fuera nada malo —dijo Lydia con los ojos llenos de lágrimas—. Tu madre… ella me hizo prometer que la avisaría si en algún momento volvías a Londres o no me dejaría seguir viviendo contigo. Por favor, perdóname.

Prudence suspiró.

Le habría gustado dudar de las palabras de Lydia, pero sabía de sobra que su madre era capaz de amenazarla con algo así y también con cosas peores.

—Tenemos que adelantarnos a ellos… John es estúpido, pero mi madre no lo es en absoluto. Intentará fastidiarnos y…

Lydia le tomó la mano y se la apretó.

—Prudence, ¿crees de verdad que tenemos alguna posibilidad?

Se obligó a sonreír.

—Ya me echaron de mi casa una vez —comenzó, con más fuerza de la que sentía de verdad—. Me robaron mi vida, me dijeron que tenía que permanecer callada, quieta y resignarme. Y a ti te obligaron a hacer lo mismo y a acompañarme en mi exilio solo por ser pobre. ¿Sabes qué? Me he hartado de callarme, de estar quieta y de vivir resignada.

—Tú nunca te has resignado a nada en tu vida, primita —dijo Lydia con una sonrisa temblorosa, a pesar de las lágrimas de arrepentimiento que seguían cayéndole por las mejillas.

Prudence ignoró sus palabras.

—No voy a negar que tengo miedo de mi madre, porque es cruel y no tiene ningún tipo de escrúpulos, pero he descubierto que hay cosas por las que merece la pena luchar.

Lydia se limpió las lágrimas de un manotazo, contagiada por el espíritu luchador de su prima.

—Por nuestra casa y nuestras tierras.

—Por ti y por mí —dijo Prudence.

—¡Y por Percy!

Prudence miró sorprendida a su prima. Al escuchar su grito emocionado, había notado algo en su pecho que no había estado ahí hacía unas horas.

Notó una sonrisa cómo una sonrisa entusiasmada se dibujaba en sus labios.

—¡Oh, sí, por Percy!

***

Lady Ophelia Prynne arrugó la nota que había recibido hacía unas horas con el correo de la tarde.

La misiva en sí era insípida como la propia autora, llena de provincianismo y candidez, pero la había dejado sorprendida por la urgencia de lo que contaba.

Entre miles de circunloquios, noticias vacías y nuevas acerca de gente que no le importaba en absoluto o a la que no conocía, decía que Prudence regresaba a Londres.

Al fin y al cabo, había servido de algo amedrentar a la pequeña Lydia para que la mantuviera informada en el caso de que eso sucediera. Nada como mantener a los débiles, los pobres y a los estúpidos bajo el tacón para que las cosas no se desmandaran.

No perdió el tiempo antes de enviar aviso a John de que acudiera a cenar.

Tuvo que añadir que era importante al mensaje para que ese mentecato hiciera caso y no decidiera que había algo mejor que hacer que ir a verla. No sería la primera vez que sucedía. Desde que su hermana Joan había muerto, hacía unos meses, John había perdido la poca capacidad de raciocinio que había poseído, si es que la había tenido en algún momento.

Mientras la peinaban para la cena, se preguntó si de verdad había algún modo de que Prudence conservase el legado de Joshua.

Era tan improbable que una mujer heredase en sus tiempos, que se le antojaba casi increíble que hubiera alguien que siguiera intentando buscar métodos de hacerlo. Sin embargo, no podía dejar de recordar el carácter de su hija. Siempre había sido testaruda y algo extraña. Si tan solo hubiera sido como las demás, manejable como la tonta de Lydia, habrían podido casarla bien y añadir un buen dinero a la fortuna familiar gracias a su matrimonio, pero había sido más estúpida de lo normal y se había dejado seducir por un sinvergüenza.

Un sinvergüenza sin fortuna, además.

No habían tenido otro remedio que enviarla lejos de los curiosos ojos de la sociedad hasta ver si la había preñado. Y después… después simplemente… había sido más cómodo mantenerla lejos. 

Prudence había empezado a ser demasiado molesta con sus peticiones y su empeño en ser distinta a las demás jovencitas. Ahora que estaba usada ya no les servía de nada. Buscar a un viejo ricachón para ella habría delatado que ya no era pura y Ophelia se había negado a que Joshua la humillara de ese modo. Su hija desaparecería de la vista para siempre y un día todo Londres olvidaría que había existido siquiera.

Suspiró y despidió a su doncella después de que la vistiera.

A pesar de su edad, se conservaba bien y sabía que seguía siendo deseable. Incluso había recibido alguna propuesta de matrimonio, que había rechazado, porque una viuda poseía más poder que el que ninguna esposa poseería jamás.

Escuchó la campana que anunciaba que su invitado había llegado y se puso en pie.

Una batalla que había esperado en el fondo de su corazón había comenzado y estaba segura de que la ganaría.
 
Continuará


Arwen Grey


El