lunes, 30 de noviembre de 2020

«La última sesión»

Una vez más, Fernando Martínez López nos cede un relato para esta sección. Un homenaje al cine de barrio, a los abuelos y al amor.


El día que a mi abuelo le anunciaron el cierre del cine respiró una nube de tristeza, y después, desde los pulmones se le transmitió a la sangre, a los huesos, más encorvada su figura, también a la mirada, tan afligida que los párpados los cerraba de continuo, como si fueran el telón que daba por finalizado el espectáculo de lo que constituía la ilusión de su vida. Y es que él había sido el proyeccionista del cine de mi barrio desde que la sala abrió sus puertas en los años cincuenta, aureolada por el brillo de lo que aún era la época dorada de Hollywood y de los emergentes directores europeos. Allí, en aquella pequeña habitación de luz mortecina y abigarramiento de rollos y carteles de películas, conectaba el proyector y su halo luminoso atravesaba el universo oscuro de la sala para recrear sobre la pantalla las más hermosas historias.

Yo, desde pequeño, fui el ratón que conocía cualquier recoveco de aquella sala de incómodos asientos de madera. Abría todas las tardes salvo los lunes, pero eran principalmente los fines de semana cuando se convertía en centro gravitatorio del barrio, algarabía de la muchachada en la sesión de tarde, mucho más calmosa la de la noche con los adultos, seductor James Dean en Rebelde sin causa, grandiosos Anita Ekberg y Marcello Mastroianni en La dolce vita, frío e infalible Cleant Eastwood en el spaghetti western. Con El baile de los vampiros de Roman Polanski di mi primer beso de amor a principio de los años setenta, a mis catorce, amparado por la penumbra de la sala y los sobresaltos que la película producía en Laura, y eso que más bien se trataba de una parodia del género de terror tan en boga en aquellos días. A mí eso me daba igual, lo que me interesaba era la cercanía de Laura, indiferente si los vampiros bailaban un minueto o si la silla se me incrustaba en los huesos. Veía a un joven Roman Polanski y al despistado profesor Abronsius sin que yo entendiera exactamente qué hacían por Transilvania, por qué tenían que rescatar a una bella Sharon Tate, y Laura cada vez más cerca, hombro con hombro, su mano posándose sobre la mía y luego las pupilas engarzadas, iluminadas por el reflejo de la pantalla antes de que nuestros labios se unieran blandamente por primera vez. «Eso también es la magia del cine, cuántos besos furtivos no se habrán dado en este patio de butacas. Acabarás siendo un galán como Paul Newman», me dijo mi abuelo sonriendo cuando le conté lo que había pasado, convencido de que no revelaría el secreto a mis padres, tal era nuestro grado de complicidad.

Aquella fue esa época feliz que cada uno atesora con cariño en el cofre de su memoria, a la que nos aferramos cuando llegan los días que se asemejan a farolas apedreadas, como los que sobrevinieron en los años ochenta. Por aquel entonces se hizo famosa la canción del grupo The Buggles El vídeo mató a la estrella de la radio, pero lo cierto es que no solo acabó con ella, sino que fue devorando paulatinamente la asistencia a los cines, la comodidad de elegir qué película ver en casa aunque careciera de la calidad y la atmósfera inimitable de una sala como en la que trabajaba mi abuelo. Eso fue solo el anuncio de lo que se avecinaba. Resultaba desolador comprobar cómo los fines de semana había pocos espectadores, casi nula la asistencia en jornadas laborables, y nuestro cine de barrio transformándose en una inmensa catedral vacía, demasiado espacio hueco donde las voces de los actores se convertían en algo así como espectrales psicofonías procedentes de un ultramundo próximo a extinguirse. Aquello fue mermando el ánimo del abuelo. Él, que ya se había jubilado de su trabajo habitual, oficinista, pero que nunca lo haría de su pasión, el cine, acariciaba el proyector que por aquella época estaba en funcionamiento, un modelo Victoria de la marca italiana Cinemeccanica, y lo revisaba y le cambiaba la lámpara como el cirujano que coloca una prótesis en un cuerpo que paulatinamente se va haciendo inservible.

De alguna manera, aquellas tinieblas se fueron expandiendo y contagiando, al menos Laura y yo fuimos víctimas de su nefasta acción vírica. Tras un noviazgo precoz, también nos casamos demasiado jóvenes sin atender los consejos de mis padres y los suyos, tan apasionado era ese amor que germinó durante la película de Polanski. Luego, la convivencia diaria, por alguna extraña razón, lo fue enfriando, más distanciados los besos, las caricias, las risas que antes brotaban con frescura de manantial. El nacimiento de nuestro hijo incluso, lejos de mejorar la situación, la agravó. Tal vez comprendimos que con nuestro compromiso prematuro nos echamos encima una losa de responsabilidad y dejamos de saborear la inconsciente diversión propia de la juventud, esa de la que disfrutaban nuestros amigos. Comenzamos a contemplarnos como extraños, nosotros, que nos habíamos querido tanto, y eso era tan desagradable como la muerte de una golondrina. A mis padres no les dije nada, solo a mi abuelo, mi confidente, mi mejor amigo, y entonces él, apartando su propio desánimo, me comentaba que sería una crisis pasajera, y me hablaba de las películas en las que en una situación semejante el final había sido feliz, como si la ficción pudiese influir en la realidad.


Un funesto día, durante una comida familiar, fue cuando el abuelo nos anunció que el dueño del cine había decidido cerrarlo, que ya no era rentable y que tenía una oferta imposible de rechazar para derruirlo y construir allí un edificio. Ahí fue cuando respiró aquella nube de tristeza que lo transmutó en persona alicaída, un espejismo de lo que él siempre había sido. Lo pasó tan mal que somatizó la depresión, y todo se le volvió achaques y una peligrosa montaña rusa en la tensión arterial. Sin embargo, cuando se aproximó la fecha del colofón, su actitud cambió en cierta medida y nos invitó a la que sería la última sesión de aquel cine tan entrañable, no solo a la familia, sino a todo aquel que quisiera asistir: había convencido al dueño de que la última proyección, como homenaje a lo que había supuesto el local en la historia del barrio, fuese gratuita. Laura, con la distancia que mediaba entre nosotros, se mostró reacia a acompañarme, tenía que cuidar del niño, comentaba, pero ante la ilusión y la insistencia de mi abuelo terminé por convencerla argumentando que podíamos dejarlo con algún amigo durante unas horas.

Aquel sábado el cine de barrio resucitó, regresó la alegre aglomeración de antaño como si de un viaje en el tiempo se tratara, el patio de butacas abarrotado, jóvenes y mayores, nostálgicos de una época que ya agonizaba, parejas que allí se habían dado ocultos besos como Laura y yo. El abuelo también parecía resucitado, su mejor traje, ese vapor ilusionado en la mirada como el de los niños que descubren el mundo. Él mismo había seleccionado la película, una que supuso gustaría por igual a todos los públicos, Asesinato en el Orient Express. Sin embargo, cuando se hizo la oscuridad y el halo de luz del proyector se materializó en el aire, no fue ese el título que se mostró en la pantalla. Al principio hubo algunos silbidos y protestas, pero enseguida se silenciaron para disfrutar de una sesión de cine por la que no habían pagado nada, una sesión que sería la última, y allí estaban de nuevo un joven Roman Polanski, un despistado profesor Abronsius y una bellísima Sharon Tate interpretando sus papeles en El baile de los vampiros. No pude evitar que se me humedecieran los ojos ante el detalle del abuelo, que se tragó su propia tristeza para intentar que yo no tuviera que beberme la mía, y me asaltó la memoria aquel lejano día en que, ante la misma película, Laura y yo nos tomamos por vez primera de la mano, anudamos nuestras miradas y nos besamos, esa Laura cuya piel ahora me evitaba, la misma a la que sorprendí emocionada, retrotraída seguramente a un hermoso pasado que sin razón justificada habíamos decidido enterrar. Fue entonces cuando se repitió aquella lejana escena, cuando posó su mano sobre la mía, volvió la cabeza y de nuevo se encontró la carne de nuestros labios, un sabor casi ya olvidado, bendito abuelo, bendito cine que habían obrado una vez más la magia.

Lo extraño sucedió cuando finalizó la película, porque las luces de la sala no se encendieron. Pensé que el abuelo había decidido prolongar el postrer momento y proyectar tal vez otra película, pero nada de eso ocurrió. Alarmado, subí a la cabina y allí lo encontré derrengado en el suelo. Más tarde el médico aseguró que se había tratado de un infarto, esos problemas con la tensión arterial, y que apenas tuvo tiempo de sufrir. De eso tengo certeza, que apenas sufrió, porque en el momento que lo descubrí aún mantenía dibujado en su cara un rastro de felicidad, el mismo que gastaba cada vez que recreaba fantásticas historias en la pantalla, el mismo que me mostró aquella remota fecha en que le confesé mi primer beso durante la proyección de El baile de los vampiros.

Fernando Martínez López



 

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