Es solo una taza de café, pero es mi fiel aliada a la hora
de despertar mis sentidos cada mañana. Mantenemos un dialogo cargado de
silencios y cargado de respuestas. Ella escucha y las palabras se convierten en
deseos. Deseos que surgen de las mismas entrañas, aquellas de las que Bécquer
aseguró haberse arrancado un amor. Sujeto la taza de café firmemente mientras
recibo su calor. Le pido en silencio que me siga llevando hasta ellos, hasta
mis personajes, esos que almaceno en el mismo lugar del que surgen los deseos.
Le pido más, le pido fidelidad, la suficiente para poder navegar cada día por
mi caos particular de comas, puntos, puntos y comas y puntos suspensivos; le
pido poder crear… para poder ser y para poder creer. Y así, como el que no
quiere, le hablo de historias, de las que me gustan.
Incluyo un guiño por cada sueño. Uno para los que se
perdieron por el camino —no podía ser de otra forma—, otro para los que fueron
madurando en la más absoluta intimidad, otro para los que siempre estuvieron y
permanecen intactos, aunque con más intensidad. Son los que tienen una coraza
indestructible. Están vivos y frescos. Son los que están cerca, los que casi…,
los que me arrancan una sonrisa cada mañana aunque haya tormentas, muchas de
ellas mientras acaricio el teclado.
Café y letras. Café y sueños.
Maite Ruíz Sarmiento
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