lunes, 24 de junio de 2019

«Dance me to the end of love»



Sonaron los primeros compases de Dance me to the end of love, del Maestro Cohen. Él le tendió la mano y la invitó a bailar. Ella dudó. Lo hizo con una sonrisa en los labios. Dudó un par de segundos más hasta que se decidió a aceptar la invitación. Mientras el pequeño altavoz portátil conectado al teléfono móvil amplificaba la voz del cantante canadiense, los dos se dejaron llevar por el momento. Se movieron por la habitación, por la que entraba el sol de la mañana, como si de la mejor pista de baile se tratara. «Oh, let me see your beauty when the witnesses are gone / Let me feel you moving like they do in Babylon», cantaba Leonard Cohen. Y ellos, agarrados, diciéndose tantas cosas con la mirada. El viento mecía las hojas de los cercanos árboles, que brillaban con la luz del sol. Finalmente, decidieron terminar la canción bailándola abrazados, haciendo caso a lo que les pedía el Maestro Cohen. «Báilame hasta el final del amor». Pronto cesó la música y se miraron extrañados; repararon que estaban abrazados, que habían bailado así. Se miraron de nuevo. Un destello de extrañeza asomó por los ojos de ella; el mismo destello que arrasó los ojos de él. Se separaron. Con brusquedad. Y la siguiente vez que se miraron, lo hicieron con la desconfianza de quien atisba al lobo husmeando las cercanías del corral de gallinas. Quisieron decirse algo, una disculpa. Incluso él abrió la boca. Unos segundos de silencio antes de que el teléfono móvil reprodujera una nueva canción que ya no les importaba.

Una enfermera abrió la puerta de la habitación y vio a la pareja separada por un par de pasos de distancia, mirándose en silencio; como dos extraños que se preguntan qué hacen ellos en un lugar como ese. Se acercó a la mesita donde él había dejado el teléfono móvil y el altavoz y lo manipuló para detener la música.

—Acuéstese, Helena. Le vendrá bien dormir un rato más. Y usted, Servando —se dirigió ahora a él—, venga, le acompañaré hasta su habitación.

Ella se dejó hacer. Se metió en la cama ayudada por la enfermera. Por un instante, sonrió al ver al hombre. La enfermera, también. Luego sacó al hombre de la habitación. Después de dar cuatro o cinco pasos, le vio sonreír. Y de su boca salieron las primera estrofas de Dance me to the end of love, de Leonard Cohen.

—Deje descansar a su mujer y haga usted lo mismo ahora. Les vendrá bien a los dos.


El hombre asintió. Y siguió tarareando la canción, cuya letra todavía navegaba por una cabeza dominada por un agujero negro que todo lo destruía, que todo lo absorbía.
Víctor Fernández Correas










1 comentario:

  1. Qué bonito. Me ha recordado el relato de mi amigo Sergio Aguado (no tiene nada que ver, solo el tema de fondo) que también me emocionó.

    ResponderEliminar