Sinopsis:

La autora:

Si queréis
conocerla un poco mejor, podéis visitar su blog carolinamolina.blogspot.com/
Mi opinión:
Este libro
cierra la trilogía que comenzó con Guardianes
de la Alhambra y continuó con Noches
en Bib-Rambla. Los tres volúmenes se pueden leer de forma independiente
pues la autora nos da suficientes pinceladas para que no nos perdamos.
El último romántico comienza en 1890 el día en el que La
Alhambra se incendia. De este desastre se culpa a Maximiliano Cid, el
protagonista.
A partir de
este triste suceso, se va desgranando la vida de este hombre tan especial, con
un honor fuera de toda duda y férreo defensor del patrimonio de Granada que,
con las nuevas ampliaciones de la ciudad, los «pelotazos» urbanísticos que ya
existían en el siglo XIX, las envidias y los políticos, están acabando con
buena parte de los monumentos históricos, tanto las casas típicas levantadas a
la orilla del río Darro, como las iglesias y palacios que desaparecieron para
la construcción de la Gran Vía.
Con este
panorama de fondo, y una creciente burguesía inculta que sabe más de toreros
que de escritores o pintores, Maximiliano, Max para los amigos, nos va contando
su historia en primera persona. Tanto lo que va ocurriendo, el día a día, como
sus recuerdos.
La autora ha
hecho una magnífica labor de documentación y ha conseguido unir los personajes
reales con los de ficción. Así se pasean en nuestra lectura Pérez Galdós, Juan
Valera, Emilia Pardo Bazán, José Zorrilla o Ángel Ganivet, entre otros, con los
inventados por la escritora, estableciendo una fluidez que nos hace dudar de
cuáles son los reales y cuáles no.
A mí me han
gustado particularmente las mujeres de esta historia. Empezando por Carmela
Cid, joven muy inteligente y audaz, Delmira, Greta e incluso Rosita, tienen un
protagonismo importante en la vida de Max, así como las que ya no están pero nos
cuentan su historia, como la madre de Max o Valeria. Mujeres todas ellas muy
bien descritas, tanto en lo físico como en el papel que desempeñan.
El lenguaje
que usan todos los personajes, muy cuidado, nos sumergen en el siglo XIX, lo
que ayuda a ir entendiendo la trama.
El capítulo
dedicado a Manuel, Lolo, el hijo de Max, es de una ternura poco habitual en una
novela histórica.
Creo que los
lectores granadinos añadirán un plus al leer esta historia, ya que caminar por
lugares conocidos ayuda mucho y yo he estado solo un par de veces en Granada y
no me sirve para imaginar los paseos de Max. A pesar de ello he aprendido
muchísimo sobre esta preciosa ciudad.
Aunque la
historia queda totalmente cerrada, el último capítulo me hace pensar que algún
personaje de esta novela pueda protagonizar una próxima.
Si os
apetece conocer a Maximiliano Cid, en el contexto histórico en el que le ha
tocado vivir, no dejéis de leer El último
romántico.
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